martes, 19 de mayo de 2015

Recibiendo PROSPERIDAD

Viendo caer los copos de nieve por el ventanal del salón, danzando curiosos en un baile mágico, que acababa con la muerte de cada una de sus bailarinas sobre la alfombra del suelo o sobre las arizónicas del jardín, Manuel no pudo zafarse de la añoranza. Recordaba cuánta alergia le daban a su mujer por mucho que las cortara, o cómo solía crecer la hiedra por la pared, provocando no pocas veces las iras de sus vecino de al lado, que se pasaba la vida recordándolo que tenía que arrancar de cuajo aquella mala hierba.
Nunca lo hizo. De hecho, siempre había sido proclive al ya lo haré mañana, o cuando esté menos cansado o ocupado que hoy.

El gato de su vecino rumano apareció pisando sigiloso la nieve virgen de su rellano. Lo miró a los ojos con aquellos caramelos llenos de fuego y algo se le quebró dentro. Se apoyó las manos en su espalda. ya de por sí dolorida. para enderezarse un poco. Sentía el terrible peso de la más absoluta soledad.
El iris del gato le ofreció la película de su vida pasada, esa que en blanco y negro le recordaba un tiempo que ya no iba a volver. Un tiempo de prisas, de sensación de que el reloj había acelerado sus manecillas y corría contra él mismo, contra su llegada al trabajo, o a la hora que tenía que entregar los informes, incluso cuando iba a la compra a por víveres y había demasiada cola de mujeres desocupadas. ralentizando su llegada a casa, cuando a él le faltaban minutos para acabar el día.

Años en los que la casa estaba llena de niños, de gritos, de coches tirados por el suelo, que solía pisar en cuanto venía del trabajo, cansado, harto y de mal humor.
Su mujer, en chándal y con el pelo sucio, trataba inútilmente de hacer los deberes con sus dos hijos mayores, mientras en el fuego se hacían los macarrones y la pequeña no dejaba de berrear en su cuna, pues reclamaba la atención de aquellos que tanto ruido hacían abajo.
Nunca estaba la cena hecha y pocas veces aquellos querubines le venían a recibir a la puerta con besos, dibujos o abrazos como en las películas americanas. Y eso que, siendo como era el cabeza de familia y trabajando como trabajaba, como un burro, hubiera merecido una exhibición de sus hijos al estilo holiwodiense, por lo menos.

Quizá por esa mezcla de desilusión, aislamiento, cansancio y por estar falto de amor su corazón, tardó poco en enfermar de resentimiento y de encolerizarse con la vida. Había dejado en el baúl de su decepción la compra de aquél coche que tanto le gustaba, las vacaciones en alguna paradisíaca playa del Caribe o tomar un café con los compañeros de trabajo, charlando animadamente de lo que en el fin de semana había pensado hacer. Le daba vergüenza reconocer que su vida personal se limitaba a arreglar las estanterías del cuarto del mayor, limpiar las hojas del jardín o ir a buscar leña más barata al pueblo de enfrente.
Se pasaba la vida discutiendo con Clara en lugar de llevarla a un spa o a las rebajas a comprarse un buen traje para ir al teatro o al cine ellos solos. No había enseñado a patinar a sus hijos por el parque. No había gastado su dinero más que en lo razonable y su racanería llegaba a límites tan exagerados como para engrosar su cuenta corriente hasta cifras que ya al final de su vida, jamás llegaría a aprovechar.

Tenía tantos ceros en su cuenta corriente como soledad acumulada en sus hombros doloridos. Ni sus hijos ni su ex mujer, ni siquiera sus hermanos o amigos, habían aguantado sus malas pulgas, sus arranques de cólera o sus quejas continuas cuando, por designios del Destino, su matrimonio no pudo tirar de la cuerda un poco más o su trabajo le dejó en la estacada entrado ya en la cincuentena, sin darle margen para encontrar algo mejor donde aferrar su experiencia y sus años de bilis contenida que siempre acababa por resolver los problemas de su jefe.

Manuel se había sentido estafado por todo y por todos. Apenas le quedaba ya resquemor que desperdiciar más que con la vecina del final de la calle, con la que se ensañaba de vez en cuando, porque dejaba las basuras desperdigadas, o con el del banco, cuando comprobaba que sus acciones no habían subido lo que hubiera deseado y eso que llevaba toda una vida de fidelidad.

-¡Viejo amargado!, le habían llamado el otro día en un bar donde había desahogado parte de su negatividad, tratando de contarle a una mujer ebria lo mal que le había tratado la vida.

Realmente lo era, y no había ya marcha atrás.
Había aceptado tanto su condición, su papel en la vida, que ni siquiera había considerado la invitación de su hija a cenar en Navidad con sus nietos, siendo tan cobarde incluso, que había inventado una nueva discusión con ella. Todo, con tal de no aceptar que en realidad no había dejado de sorprenderle su generosidad, pues después de todo el daño que le había hecho, por lo menos un gracias hubiera sido de ley alegar.

Pero Manuel no era capaz de ver ya más allá de los copos de nieve del jardín o del gato de los vecinos rumanos, que tanto ruido hacían los sábados por la noche. Su bilis se hacía presente en las múltiples denuncias, en su genio y en hacer la vida imposible a cuantos se acercaban a su espacio.
Se bañaba cada noche en su propia decepción, tragándose esa sopa de arrogancia que cada día le hacía más daño a su úlcera de estómago.

Sólo había algo que le hacía dudar de su cordura, de su vida llena de experiencias o de su malestar fundamentado en una vida vivida sin mucha suerte, quizá porque recién maltratado por la vida, Manuel no había llegado a conocer ni a sus progenitores ni una buena universidad donde fundamentar sus saberes, ni nada más que lo que se hubiera ganado él con el sudor de su frente.
Ese algo, mejor dicho,ese alguien, se llamaba David y era un vecino del pueblo que no tenía más disfraz que sus ropas viejas y su gorro de felpa.
Acudía cada día, en su paseo matinal por la montaña cercana al chalet de Manuel, haciendo el mismo recorrido y con la misma sonrisa.
Sin saber muy bien por qué, cada mañana, le esperaba impaciente asomado a la cristalera de su salón para verle aparecer.
Le saludada amablemente si se lo cruzaba cuando iba a tirar la basura, y trataba de darle conversación, sin mucho éxito, por cierto, pues Manuel no era proclive a amabilidades y mucho menos a pegar la hebra con desconocidos de poca monta y menos posibles.

-Buenas, vecino, ¿ha visto qué día más bonito hace hoy?. Voy a ver si cojo un poco de leña y así de paso hago ejercicio, que buen resultado me da, para seguir en forma a nuestra edad.

Manuel, aunque la nieve llegaba a un palmo y jamás hubiera pensado que eso era un día bonito, decidió obsequiarle con algo parecido a una sonrisa.

-Este paisaje es una bendición de la vida. ¿Le apetece venirse a dar una vuelta conmigo?- le sorprendió David invitándolo sinceramente.

Manuel sintió tambalear su seguridad. Ni loco. ¿Una vuelta?, ¿a estas horas y con todo nevado?, ¿con un desconocido, a la montaña?. Debe pensar que soy un tarado o que estoy lo suficientemente solo y desesperado como para cometer un desatino.

- ¡¡Hay que estar dispuesto, vecino, a recibir prosperidad!!, aseguró, mirando los ojos de un asustado  Manuel con más franqueza y verdad de lo que recordaba haber visto nunca.

Una pregunta obligó a su mente a abrirse a la evidencia. ¿Cuántos años hacía que no daba una vuelta por aquella montaña?.
Enseguida lo recordó, hacía más de veinte años que no paseaba por aquellos bellos parajes que tenía la suerte de poder disfrutar cada día desde su ventana, y que en ese momento reconocía en la vidriera de su salón.

En unos minutos se vio con su zamarra de invierno, sus botas nuevas de hacía más de veinte años y su palo de peregrino, aquél que compraron en Santiago en su luna de miel. Apenas podía creerlo, no era capaz de imaginarlo y sin embargo era verdad. Allí estaba él, haciendo algo inesperado, recorriendo parte del camino con un desconocido sonriente y locuaz que no hacía sino elogiar el paisaje nevado, ilustrarle con la descripción y el nombre de las plantas y pájaros que tenía en el repertorio de sus saberes y sintiendo sobre sus mejillas el fresco aire del viento azotando sus mejillas.

Por vez primera, sintió cada uno de sus miembros helados, cada célula de su cuerpo, cada uno de los copos que se quedaban pegados en su barba. Algo le inquietaba extremadamente, sin embargo. Muerto de frío, con aquél ridículo aspecto, tenía que reconocer que sentía algo parecido al bienestar. Sentía orgullo, se sentía bien consigo mismo. Jamás hubiera pensado que era capaz de aquél esfuerzo que había olvidado que podía hacer.

David parecía inmensamente feliz. Como si se concediera el derecho a aprovechar el momento, como si fuera capaz de tragarse de un solo golpe toda la dicha que le rodeaba, sin dudar un segundo en que todo aquella maravilla era en parte ese reino mágico donde todos somos capaces de hallar nuestro sitio y brillar.
Incansable, parecía no hacer ningún esfuerzo. De vez en cuando se paraba simplemente a mirar a su alrededor, a aspirar el aire puro, a sonreír.

Manuel no pudo menos de mirar a su alrededor. Aquellos parajes eran el paisaje que veía desde su ventana, aquellos que recorrían sus hijos con palos y con sus mochilas, aquellos que había evitado ver porque tenía mucho trabajo, venía cansado y no tenía ganas ni tiempo para recorrer. Aquel paisaje consabido, conocido y cercano, era un mundo nuevo que, a sus setenta y tantos años, veía por primera vez.

-¡Creo que me he perdido muchas cosas en la vida, sabe!- aseguró bajando la cabeza, como si sus ojos se hubieran abierto de pronto y no pudiera soportar tanta luz.

David le miró con condescendencia.
-Vivimos aquello que necesitamos vivir. Ningún tiempo es perdido, ninguna oscuridad está carente de luz. Lo que hemos vivido es precisamente lo que somos...

Aquello era más de lo que un viejo amargado como él podía llegar a soportar. Tuvo ganas de echar a correr, bajar la montaña y refugiarse a arroparse bajo sus mantas en su cama incómoda de seguridad. Olvidar un día nevado como aquel en el que un desconocido, indigente y sin lugar donde caerse muerto, le estaba enseñando lo afortunado que era en verdad.
Sin embargo, sus pies estaban clavados en el suelo.

...sin un lugar donde caerse muerto, recayó Manuel mirando los harapos de su vecino.

-Tengo un abrigo que no me pongo y un jersey que me tejió mi suegra hace años que no me he puesto nunca, quizá puedan servirte a ti, propuso casi avergonzado.

David sonrió.
-Si no lo usas, quedaría muy agradecido...

Le acompañó a su casa y ese día comió caliente, se duchó en una ducha de verdad y salió vestido con toda la ropa que Manuel le entregó sin dudar ni un segundo que él le daría mucha más utilidad que su armario apolillado.
Cuando su invitado se hubo marchado, prometiéndo que volvería al día siguiente, sin saber muy bien por qué, cogió el teléfono y llamó a su hija. Sin que ella acertara a entender la razón tampoco, aceptó la invitación de su padre a pasar un fin de semana en su casa, con sus hijos, no muy convencida si todo aquello iba a funcionar.

Manuel respiró aliviado y se dio cuenta de que estaba muy cansado. Había sido un día en el que había vivido con intensidad.
Cerró los ojos agradecido y durmió toda la noche de un tirón.








lunes, 23 de marzo de 2015

Instantáneas para la eternidad.


Ayer leí un artículo sobre la necesitad que algunas personas han creado de hacerse un selfie, colgarlo en internet o en sus móviles y mandarlo a sus amigos. Son imágenes de todo lo que hacen, de lo que comen, de dónde han estado y lo felices que son.
Parece ser que la mayoría de esas personas, según las encuestas, lo hacen como exhibición, para colgarse un trofeo, y la causa intrínseca está en que no acaban de disfrutar, de ser felices ni en sus momentos más especiales. 
He estado pensando en ello...

Suena el móvil, estoy de camino al colegio, a recoger a mis hijos. Lo abro pensando que es algo importante. Ah, no pasa nada, es una foto mandada por whatssap de un amigo que está comiendo en un restaurante con su chica.
-"Que disfrutéis mucho", voy dando a las teclas mientras camino deprisa por la acera de la derecha, de la Nacional VI.
Casi me tuerzo un pie con una piedra en el camino, menos mal que ha sido un simple tropiezo.
Al instante llega otra instantánea. Es un selfie de ellos dos sonriendo.

Recojo a mis hijos, volvemos a casa y después de comer suena el móvil de nuevo.
En esta ocasión es mi hermano. Está dando un curso de esos que da de programación o no se qué en Arabia Saudí. Es una nota de audio.
La enciendo y sale un rezo prolongado, profundo e incomprensible. Me pone los pelos de punta.
Es la oración que mis alumnos están haciendo ahora mismo, escribe mientras nos envía una foto de cuatro tipos inclinados sobre sus alfombras con salvase a la parte en primer plano.
Alucino. En el mismo día he visto un chuletón de buey a la pimienta y unos tíos rezandoa Alá, con tan sólo pulsar un botón.
Le envío una foto de mis hijos comiendo sus macarrones con tomate y con la boca sucia y una nota de audio con Danito, diciéndole a su tío Luis que venga pronto su hijo Oscar, que hace mucho que no le ven porque viven en Barcelona.
Miguel le contradice.
-No hace tanto, Dani,¡ le vimos la semana pasada en Skype!.

Tiene razón mi hijo. El mundo está cambiando, y nosotros con él. Ayer mandé una factura por whatssap y me mandaron del colegio un informe que tengo que escanear y firmar, y volverlo a mandar sin pasar por la oficina. No conozco al novio de mi vecina todavía pero he visto cómo hace la compra, conduce su coche y cómo se encontraron hace dos semanas, porque me lo mandó todo en directo por whatssap. Tampoco he visto a los hijos de mis primos y sin embargo tengo fotos de ellos vestidos de pastorcillos en la función de su colegio.

Hace años que no veo a muchos amigos, unos viven en Malasia y los otros a escasos kilómetros de mi casa, y sin embargo saben casi todo de mi porque hablamos todas las semanas por el móvil, y les mando fotos de las cosas que hago y digo, aunque no los he abrazado hace décadas.
He vivido un año en Barcelona y mis padres nos veían a diario por skype, y aunque no habían estado en mi piso, sabían cómo era tan sólo por pulsar un botón. No he visto la reforma de la casa de mi hermana en directo y sin embargo he visto hasta el último rincón por los vídeos que nos ha mandado. Y aunque no he ido al hospital, he visto cómo entraba mi padre al quirófano con su gorro verde segundos antes de que el camillero traspasara el umbral. He visto los primeros pasos de mi sobrino, la caída de mi otra sobrina en la bici y cómo se viaja en un trineo sin subirme a él porque con una cámara tienes esa misma sensación.

-¡Si el abuelo levantara la cabeza!, le digo a mi madre, recordando a su progenitor, loco de la tecnología, la fotografía y las fotos bien hechas, en los albores del siglo XX, que si hoy pudiera tener acceso a todo esto, pensaría aquello de que "haberlas hailas, como las meigas".

Nada de esto nos extraña, es lo normal, le explico a la foto de mi abuelo, reflexionando que mis necesidades  y las de los hombres de mi tiempo son otras y también la forma de percibir el mundo, la realidad, a los demás.

- Pero, ¿somos más o menos felices?. ¿Por qué lo hacemos?. ¿Son estas personas seres infelices que se dedican a mostrar lo que viven a los demás por exhibicionismo, como decía el artículo, o es que estamos inmersos en una clase de realidad que nos ha cambiado a nosotros mismos y la manera que tenemos de relacionarnos con nuestros seres queridos?.

Un poco de todo, seguramente.

Analizo lo que yo hago, tratando de no juzgar a mis semejantes, partiendo de mi propia experiencia.
Hasta el mes de agosto pasado no tenía ni whatssap, ni datos en el móvil ni una cámara de vídeo con la que mandar nada. No sabía lo que era un selfie, ni mandaba notas de audio para no tener que escribir.
Con mi móvil por si me pasaba algo, y una cámara en ristre, que reservaba tan sólo para los viajes u ocasiones especiales, me dedicaba, y me sigo dedicando, a fotografiar todo aquello que merece ser fotografiado.
Un paisaje maravilloso, una puesta de sol, una palmera que rasca el cielo, un banco con dos ancianos que se miran eternamente, un monumento que me deja boquiabierta, la sonrisa de Miguel cuando mira a su hermano, a mi marido regañando a Danito, a mis hijos en los columpios. A Antonio sin corbata ni chaqueta, con mangas de camisa, tirado en la hierba con sus hijos volando sobre su cabeza.
Una estatua con mis hijos encaramados en ella, una foto improvisada cuando todos se ríen a carcajadas o un salto de esos en el aire que me hacía mi abuelo para verme volar, y que yo ahora me encargo de hacerles a mis hijos cada vez que vemos unas escaleras y yo imito a mi antecesor.

Con un abuelo como el mio, incapaz de salir de casa con sus nietos sin una cámara colgada del cuello, empeñado siempre en hacernos sesiones de fotos interminables que luego nos ponía en su proyector una y otra vez. Habiendo aprendido que la felicidad se puede volver a vivir, si eres capaz de inmortalizar esos momentos, seleccionarlos, sacarles una instantánea y luego rescatarlos del olvido encendiendo un proyector, quizá sea lógico que yo me empeñe en dar una oportunidad al momento para volver a ser, para destacarlo del fondo y vivirlo de nuevo, como revivía yo mi infancia cuando mi abuelo encendía su proyector de diapositivas.

Tengo un recuerdo imborrable de un cuarto de estar de fantasías. Mis hermanos y yo, mi abuela repasando calcetines y mi madre recosiendo un dobladillo, volvíamos a vivir esa visita al Monasterio del Escorial, o una merienda en el Pardo, el cumpleaños de mi hermano pequeño, la boda de mis padres, mi bautizo o el de mis hermanos, viéndonos crecer mientras comíamos un bocadillo de foi gras.
Hoy veo crecer a mis hijos en mi ordenador, envejecer a mis padres, hacerse adultos importantes a mis hermanos y llenar mi rostro de experiencias en esas instantáneas que hicimos para la eternidad.
Y mantengo un deseo incontrolable de compartir todo eso que una foto me enseña de lo vivido, lo aprendido y lo sufrido.

Quizá mucha gente no lo entienda, pero me paso, a veces, mañanas enteras recreando momentos mágicos, como me enseñó mi abuelo. Sentada frente al ordenador y abriendo archivos cargados con imágenes de mis hijos bajando la cuesta de la montaña nevada en trineo, soplando las velas en su cumpleaños o buscando entre los archivos las fotos aquellas del crucero que hicimos y en los que se nos ve más jóvenes e inmensamente felices.
Sonrío mirando al cielo, estoy segura de que mi abuelo está conmigo, disfrutando tanto como entonces con las fotos de su nieta con diez años, saltando en el retiro mientras le hacía una instantánea.

Me he desviado de lo que decía el artículo. En realidad me importa poco por qué la gente cuelga sus imágenes en internet o si quiere tener un trofeo.
Sentada frente a las fotos de un viaje que hemos hecho hace unos días, me siento profundamente agradecida a ser una mujer del siglo XXI, capaz de hacer magia con su cámara y poder dar color a imágenes a todo aquello que guardo en la memoria, en mis escritos y en mi imaginación. Todo lo que elijo como tapiz donde tejo mis recuerdos, mi felicidad ya vivida, mi capacidad para entender lo afortunada que soy por lo vivido ya.

Le doy gracias a la tecnología, al espacio y al tiempo por haberme hecho ciudadana de un mundo que explorando todo aquello en lo que mi abuelo soñaba a principios del siglo XX  es hoy una realidad.
Y mando un whatssap al cielo con la foto de mis hijos comiendo macarrones y un selfie mio, con una nota de audio que dice
-"Abuelo, tenías razón, se puede hacer una instantánea para la eternidad y al revivirla, volver a ser feliz".


jueves, 5 de marzo de 2015

Lifelines

Linea de la vida, carretera por donde las almas se lanzan a la gran aventura de vivir. Marcas que nos muestran el camino, señales que vemos, sentimos, intuimos como parte de ese mensaje que debemos aprender.
Destino. Carretera de peaje que ya nos gustaría recorrer a todos, con un porche a toda velocidad. Sin embargo, desde la más tierna infancia, nos empeñamos, o se empeñan algunos, que salgamos de la autopista para recorrer todas esas salidas que vemos a la derecha. Autopistas sin peaje, carreteras comarcales, secundarias, incluso caminos de cabras.
Elijamos lo que elijamos, suframos en el camino o disfrutemos del paisaje, vislumbro la vida en ese camino que recorremos, unas veces en soledad, otras acompañados por indeseables o con el amor de nuestra vida.
Sea lo que sea que veamos por la ventanilla, las veces que tengamos que parar para arreglar una avería o seamos conductores o no, siempre, un camino de esperanza, una línea que hay que recorrer, sin saber la mayoría de las veces, por qué algo o alguien se empeña en que lo recorramos.
Ignorantes, quizá hasta el final de nuestro camino, que esa línea, la hemos elegido nosotros mismos.



miércoles, 19 de noviembre de 2014

Cuarenta y siete años, sí...

Con el cuerpo apoyado en la barandilla de la terraza, la abuela Pilipam se revuelve impaciente. Espera ver llegar el coche que vendrá cargado con un poco de sentido a su cansada existencia. 

No sabe que es azul, ni por asomo imagina qué marca tiene o qué es un monovolumen, pero intuye que en cuanto de la vuelta y lo vea enfilar la calle, entenderá que su semana de médicos y noches sin dormir, se teñirá de colores y sabrá que de algo sirvió vivir más de la cuenta, cuando siente que poco pinta ya.

El timbre de la puerta la sobresalta en lo más íntimo y abandona su puesto bruscamente, para lanzarse al telefonillo a contestar. No escucha nada pero abre la puerta. Supone que si no se trata de la familia, ya detendrá alguien en el camino al intruso que se atreva a entrar.

Dos muñecos irrumpen en su regazo en décimas de segundo, el tiempo necesario para abrir la puerta y dejarla entornada, pues empieza a hacer frío ya.

- ¡¡Abuelaaaaaa!!, grita Danito aferrado a su faldón gastado, a su delantal lleno de lamparones y a sus débiles rodillas que parecen acusar el golpe con la misma ternura con que unas manos pequeñas son capaces de demostrar.

Sus ojos enterrados en arrugas, apagados, débiles y casi en penumbra, se llenan de lágrimas de felicidad que nublan la visión de Miguel, que ha subido los escalones con su PSP entre las manos y que está enfadado porque su padre y yo no le dejamos que la ponga en marcha todavía, hasta que no salude a su abuela y terminemos de comer.

-Pero madre, ¿es que no oías?. ¡¡Que llevamos llamando más de diez minutos!!. Me he dejado las llaves en casa y ya creía que te había pasado algo. No están los tíos y no sabíamos qué hacer.

La abuela Pilipam no escucha, de sobra sabe que su hijo la vuelve a regañar por algo que no tiene que ver con lo que es su responsabilidad. Abraza y besa embelesada a Miguel, el niño de sus ojos, cogiéndolo de la mano y arrastrándola hasta el cuarto, que fue de sus hijos, hoy lleno de juguetes, muñecos y toda clase de peluches que ha ido recolectando, Dios sabe de donde, y que esperan a que sus nietos los vengan a utilizar.

-¡¡No hago más que pensar en vosotros, mi vida, mira lo que te he comprado en el Corte Inglés el otro día!!. Estaba deseando que lo vieras para ver tu reacción.

Miguel, que ya es un entendido informático y que sueña despierto con Minecraft y con la Nintendo 2DS, desgarra un paquete que lleva en sus entrañas un tren que ya le compró hace unas semanas, y que se cargó su hermano nada más abrir la caja.

Con esa decepción poco contenida, como sólo sabe expresar un niño, la mira incrédulo, con un poco de resquemor en la mirada, leyendo enseguida su abuela, que no ha acertado en su elección.

-¡¡Ya lo tenemos, abuela!!. Pero si nos lo compraste hace menos de un mes, la mira casi reprochando a su abuela, que se haya confundido tanto en lo que le gusta a él.

Pilipam siente que un mazo aplasta de un golpe su ilusión y baja los ojos.

Danito sin embargo, diciendo a voz en grito que ya lo tenemos pero que le gusta, rompe la caja y se dispone a destrozar el juguete nuevo, en los mismos términos que ya lo hizo la vez anterior, esta vez sin dar tiempo siquiera a poner las pilas que Pilipam ha dejado sobre la mesa, metidas en un sobre, para que funcione la máquina del tren.

Los deja discutiendo sobre quién abre la caja o quién monta las vías y, renqueando, se llega hasta la cocina. Allí la espera la dichosa vitrocerámica, que la tiene harta, pues no se hace todavía con el fuego para hacer el arroz.

Entre suspiros y alguna queja que reclama al viento, la veo apoyarse con sus brazos poderosos, sobre la encimera de la cocina, sin atender a entender qué dejó listo y si tenía que echar el arroz o las gambas, que las tiene preparadas en dos cuencos que se entretiene en mirar.

Por un momento, su cabeza se ha quedado suspendida, perdida, buscando entre sus recovecos una orden que la empuje a actuar.

-¿Quieres que pruebe el caldo?. pregunto tímidamente, sabiendo que me alargará la cuchara casi inmediatamente, como hace casi todas las veces. Ya sabes que yo soy muy sosa, Pilar, pero lo pruebo si quieres, que tiene muy buena pinta.

-No, hija, tú no eres mala, no, me dice y me deja un poco perpleja. Eres como un ángel que cuida de mis niños y que haces todo lo que puedes por ellos. Me paso la vida rezando para que Antonio vuelva a casa y estéis todos juntos. Que esos niños no crezcan sin su padre, dice con lágrimas en los ojos.

Un nudo en la garganta me aprieta fuerte. Sé que Pilipam está sufriendo por nuestra situación, por mucho que no se entere bien lo que está pasando. Sé que apenas recuerda que hoy es mi cumpleaños, que hemos venido con los niños con una tarta con velas. Sé que no sabe ni qué hace apoyada en la encimera o que no recuerda que pastilla tiene que tomar a cada hora si no es porque su hija le pone todo escrito en unas cajitas con etiquetas y carteles.

Sé que apenas me ve, me oye o sabe cómo me llamo. Que ya no se rige ni por el reloj ni el calendario colgado en la cocina. Que lo mismo le da comer magdalenas y café a la hora de comer, que pescado en el desayuno.
Sé que a sus ochenta y un año, que hoy parecen pesarles más que nunca sobre sus robustos hombros, apenas reconoce a la señora de pelo gris que aparece cada mañana mirándola en la ventana trasparente del baño, desde donde la mira incrédula y un poco decepcionada.

La veo reflejada en el cristal de mis gafas, indefensa, con el disco duro recién formateado, pero con conocimiento suficiente como para entender que no es su tiempo y su espacio este donde vive, Que ya no es la protagonista de su propia vida. El tiempo la ha convertido en un personaje secundario, casi molesto e inútil, de esos que el guionista no tardará en prescindir.

Un escalofrío, conocido y cruel me alcanza. Intuyo la certeza terrible de que tarde o temprano todos llegaremos a ser ese personaje secundario que ya no brilla en escena, que no está en su cenit.

Miro en sus ojos toda esa vida vivida que me ha contado mil veces y que siempre repite cuando alguien se acerca a escucharla, consciente además de lo difícil que es escuchar.

Veo a una mujer fuerte, valiente, decidida, joven, recién llegada a Madrid con ansias de comerse el mundo con un delantal para servir. Veo su imagen emprendedora, abriéndose camino en un mundo nuevo que nunca imaginó desde la explanada del Espolón de Toro, lugar del que salió sin atreverse a soñar que allí llegaría a conocer hasta el mismísimo Gregorio Marañón.

Veo a la madre protectora y exigente que se afanaba en que sus hijos aprendieran de los libros todas esas lecciones que ella no puedo aprender. Veo a la mujer coqueta con su abrigo rojo, camino del encuentro con su enamorado. Hombre que le acompañaría durante toda su vida, en las penas y las alegrías, en el trabajo y los sinsabores. Y la veo, en el pasar de las estaciones, envejecer, apoyando en silencio al trabajador infatigable que llegaba a casa a comerse el plato de comida y a tumbarse un rato la siesta en su sillón de orejas, ese que ocupa ahora ella, porque él se marchó.

Pilipam, una niña asustada con cabeza plateada, agarrada a la barandilla del parque viendo cómo juegan los niños a su alrededor. Temerosa de integrarse en el paisaje, buscando entre las caras de los otros un espejo donde mirarse y donde reconocer una cara amiga.
La veo cansada, abrumada por un tiempo que ya no entiende, soportando dolores de un cuerpo que ya no es el suyo, pero que le recuerda a cada momento lo que abusó de él. Que le recuerda tantos años que ya no volverán.

-¡¡¡Bendita juventud!!!, exclama haciéndose eco de mis pensamientos, mirando mi vestido algo escotado y mis zapatos con un poco de tacón. Elogiando, a su manera, pues no es Pilipam mujer que se prodiga en halagos, más bien todo lo contrario, que sea siga siendo tan joven y que mi presencia de alguna manera insulte la suya.

-¡¡Pero, si ya no soy joven Pilar, acabo de cumplir 47 años!!, digo a voz en grito, como hago siempre ahora, que por ser mi cumpleaños parece que me siento en la obligación de aclarar mi edad a la gente que no se atreve a preguntar. Como si una mujer madura, no se atreviera a confesar tamaña realidad.

.¿Que tienes ya 47 años ?, pregunta con los ojos abiertos, mirándome de arriba a abajo, comprobando que efectivamente no debe estar en el mundo real.

Cuarenta y siete, sí...pienso con gran orgullo, mirando a mis hijos discutir por el tren o a mi marido leyendo el periódico en la mesa del salón. Sin complejos o sin temer haberme perdido nada en mi ya terminada juventud. Intuyendo qué no daría la abuela Pilipam en este momento por detener el tiempo y retroceder hasta aquellos tiempos en los que tenía 47, como yo.

Cuánta vida volvería a vivir de la mano todavía de su marido, asustada y temerosa de que un futuro incierto esperara a sus hijos, como realmente fue, pero con tiempo todavía para salir por el barrio, para correr las calles, para sentir el sol en la piel. Para regañar al panadero porque si te descuidas, te da el pan duro de ayer o para elegir una por una las mandarinas y recriminar al frutero todas las peras que tuvo que tirar ayer.

Con tiempo para reír a carcajadas o llorar amargamente. Para subirse a un coche, para dirigir su propio presente. Para decidir qué poner de comer o lo que iban a hacer el fin de semana en su casa de la sierra. Con tiempo para seguir regañando a sus hijos o meter en un sobre los ahorros para el veraneo en la playa. Con tiempo, para ser la protagonista de su espacio. Para llevar la comida a su madre, para preocuparse por la prima Amelia o por su hijo que no tenía un trabajo todavía y no sabía lo que iba a ser de él.

- Con más tiempo, me dicen sus ojos siempre llorosos, cada día más pequeños, sin usar palabras o discursos, tan sólo por su triste mirar.

Pienso en mis ya cuarenta y siete años.

No me parecen, si hago repaso rápido a mi existencia, más que un parpadeo en el tiempo, por mucho que me cuesta cada día llegar a las diez de la noche y ver a mis angelitos en la cama durmiendo después de una dura jornada de colegio, deberes y caretas de Halloween que hay que terminar para mañana.

Observo a la mujer del espejo que me mira con vehemencia.

Quisiera preguntarle qué piensa de lo que soy, de este personaje adulto, que va directo a la cincuentena, que ahora de pie, en la cocina de Pilipam se afana en poner la mesa y en darle a cucharadas el arroz a Danito, mientras escucha a su suegra la misma cantinela de cada Domingo que se acercan a comer con ella.

Me da miedo. Lo mismo la mujer del espejo se atreve a abrir la boca y contestar.

Como si me escuchara hablar en voz alta, como siempre ocurre, desde que hace doce años su camino se cruzó con el mio e hizo que camináramos juntos por el mismo sendero que me ha conducido hoy hasta aquí, veo en la ternura con que me mira Antonio, todas esas respuestas que no dejo a mi yo trasparente pronunciar.

Vida vivida. Tiempo que merece la pena vivir, pienso mirando a mi suegra arrastrar su cuerpo hasta la cocina, con los platos sucios. Merece la pena, ocurra lo que ocurra.

Ocurra lo que ocurra, reverbera el eco en mi interior.

Tiempo que se nos concede. Años que llenamos con nuestros actos, nuestros pensamientos y deseos, que siempre quedarán impresos en unos ojos empequeñecidos por el paso del tiempo.
Consecuencias que dejamos con letras de molde en el libro de nuestra vida, en la gente que conocemos, en quien influimos, en los hijos que dejamos por el camino de la vida que no veremos cómo terminan sus propias historias, porque el tiempo se nos acabará.

Anécdotas, encuentros y desencuentros, personas que marcaron nuestro camino y otras que nos hicieron dudar sobre nuestro papel en la función que representamos queramos o no.
Errores, equivocaciones, caminos que quisiéramos haber evitado para no tener que aprender determinadas lecciones que marcaron nuestro destino.
Unos renglones escritos en las líneas de nuestras manos, en las patas de gallo de nuestros ojos, en los surcos de nuestro rostro. Imagen que ven los demás de nosotros, que ignoramos e ignoraremos siempre lo que piensan de verdad.

Aventuras que vivimos y otras muchas que nos hubiera gustado vivir. Emociones que no experimentamos, lotería que no llegamos nunca a ganar, lugares que no llegamos a visitar o personas que no llamaron a nuestra puerta o pasaron de largo.
Sueños que todavía no se han hecho realidad y nos ayudan en el día a día, como a la abuela Pilipam, en el filo ya de su historia, a seguir adelante, aunque sólo sea por volver a ver los ojitos emocionados de un niño sacando un regalo de su envoltorio de colores.

Vida que nos hubiera gustado protagonizar, historias paralelas y felices que todos guardamos en el desván de nuestros recuerdos, que nos fueron ayudando a soportar horas de trabajo, dificultades económicas o momentos de máxima tensión cuando algo en nuestro interior se truncó.

Todo eso, todo lo vivido, lo sentido, lo imaginado, lo anhelado. Todo lo bueno y todo lo malo.
Los rencores por desencuentros, las desilusiones con los demás, los encuentros apasionados que acabaron en lágrimas de decepción, los malentendidos, las discusiones que duraron años, mantenidas con los hilos de las justificaciones.

Todo lo que vivimos y lo que no. Lo que fue real para nosotros o lo que soñamos formará parte de nosotros, de nuestro cuerpo, nuestro puesto en el mundo cuando dejemos de ser los protagonistas de nuestra historia y como Pilipam asistamos mudos a representar un papel secundario que no tardará en desaparecer.

Nuestra vida pasará como una película repetida, como un bucle incesante que hasta el final nos recordará lo que fuimos, lo que hicimos, lo que fuimos capaces de soñar.

De momento 47 años, sí, aunque espero ver pasar muchos más...








domingo, 19 de octubre de 2014

Compasión

Confieso, con un poco de vergüenza, que no tengo mucho tiempo para reflexionar. El tiempo y el devenir de la existencia me ha convertido en un personaje muy alejado de aquella mujer interesante, enigmática y aventurera que siempre quise ser. Me ha convertido en una ama de casa que debate la sinrazón de sus días en llevar a los niños al colegio, hacer las tareas de la casa y cuidar la economía familiar, para poder llegar a fin de mes.
Mi cerebro se pasa la vida haciendo cuentas, planeando nuevas estrategias, diseñando platos más baratos, pensando en soluciones que puedan estar a mi alcance en el mundo real, ese que está generado por el dinero que tenemos y lo que podemos gastar.

Es una pena...

Como se pierde la vida en lo cotidiano, en lo urgente, en lo evidente.
Cómo nos engañamos a nosotros mismos con lo visible, con lo que otros nos convencen de que es real, con lo que por narices tenemos que mirar, entre otras muchas cosas, porque nos acosa dicha realidad.

Realidad que acosa, pienso pensando en que tendré que pagar la factura de la luz antes del día 22, si no quiero que me la corten. Realidad que nos acongoja, nos oprime, nos obliga a esperar sentados a que se resuelva una situación tras otra, que siempre tiene que ver con terminar de pagar un plazo, saldar una deuda, dar por finalizada una etapa que siempre tiene que ver con lo material. Curarse de una enfermedad, terminar una etapa de estudios o un trabajo del que te acaban por despedir.
Realidad que se impone, pienso, haciendo una pausa en mis pensamientos de siempre, porque llegó la hora de ir a buscar a los niños al colegio.

Con las gafas de sol, el pelo recogido, refugiada en mi anorak, porque va haciendo frío ya, podría ser cualquier mujer...
Sin vernos los unos a los otros, salgo al mundo real, a ese tan evidente donde nos perdemos todos y en el que nunca nos paramos a reflexionar.

Camino por el paseo lleno de hojas secas, ajena a los pensamientos de los demás. De mi vecina desconocida que camina deprisa y me ha rozado el hombro. Va deprisa y corriendo, camino del coche con las bolsas en la mano para ir a la compra. De un camionero que se ha parado en la cuneta para preguntar si va bien hacia la Nacional II. Del frutero, que con dificultad, porque es evidente que le duele la espalda, saca del camión las cajas de manzanas y peras y las va colocando en el escaparate.
Hay un niño que espera en el coche a que su madre entre en Correos y me saluda con la mano.
Apenas le reconozco y le devuelvo el saludo ignorando si sabe quién soy. Camino más deprisa, sorteando a una mujer muy mayor que camina despacio, temiendo que a cada paso, puedan romperse sus huesos como el cristal. Al tropezar conmigo me ha mirado como si fuera una delincuente común.

Hoy, sin saber por qué, los he mirado uno a uno, a través del cristal oscuro de mis gafas de sol.

Para el espectador soy una más. Formo parte del paisaje. No he hablado nunca con ninguna de esas personas, que como yo, siguen vivos y deambulando por San Rafael.
Es curioso. Todos vamos a lo nuestro, hacemos las cosas que se supone que hay que hacer y seguimos adelante.

El viento arrecia y siento una profunda tristeza. Estamos solos, pienso mirando a la señora de cristal cruzar la calle sin escuchar las protestas de los coches, que la pitan porque se ha dedicado a pasar sin mirar en plena Nacional. Sin poder evitarlo, siento que la melancolía invade mi corazón.

Cuando vivía en la gran ciudad pensaba que en los pueblos todo el mundo sabe de todo el mundo, que había más cordialidad, que la gente se saludaba al pasar. No es así, por lo menos en el mío, concluyo casi en la verja del colegio, donde los grupos desperdigados de mujeres esperan a que salgan sus querubines, saludando un poco por cortesía otro por curiosidad, a la vecina de siempre, a la peluquera o a la mujer del Teniente Alcalde.

Me uno a ellas en un corro que se forma alrededor del pabellón de los pequeños. Los niños salen en fila y apenas reconozco a la profesora y algún niño que habla con mi Daniel.
Le abrazo y siento su amor, su calor. Escucho cómo me cuenta que un niño le ha empujado en el tobogán y que la profa le ha regañado porque se ha portado mal.

-¿Dónde está Miguel?, pregunta siempre, mirando por todos lados a ver si ya ha salido su hermano.

Yo no le escucho, aunque tira de mí camino del pabellón de los mayores. Me he perdido en una conversación ajena. Me ha parecido escuchar que un grupo de mujeres está hablando de otra. Podría ser cualquier mujer, pero sé que hablan de la misma de la que habla todo el mundo, de la que le han quitado a los hijos por incapaz y por no tener recursos económicos.
Es la comidilla del pueblo, y aunque yo no sé quién es quién ni reconozco la autoridad de nadie en este pueblo donde todo se sabe, me he cruzado con ella varias veces en el autobús, esperando a los niños o en la cola del supermercado.

Me hundo en lo más profundo, pensando en una mujer que apenas conozco, que sin saber muy bien por qué me parece entender más allá de lo razonable. Me parece que puedo oír su lamento de desesperación.

-"Todos hacemos lo que podemos", no puedo evitar decir al pasar por el grupo de mujeres que me miran sin saber por qué me he metido en su conversación.

Hay un hombre, aparentemente joven, que me sonríe cómplice y me guiña un ojo. Sé, porque me lo ha contado él, que acude todos los días al cole porque lleva ya mucho tiempo sin trabajar. Está siempre animoso, y lejos de hundirse en la desesperación, actúa como un buen padre atento a sus hijos. Está hablando con una de las mujeres que más dinero tiene del pueblo que va con los pantalones gastados y una gabardina de hace treinta años, y no le importa que sus hijos vayan a un colegio público, porque todos sus amiguitos están allí.

Miguel viene con la mochila llena y sonriente, aunque enseguida me dice que es injusto que siendo tan pequeños tengan tantos deberes, que la profa no sabe lo que es quedarse casi hasta las nueve haciendo cuentas y esquemas de cono, con lo difíciles que son.

-¡¡Si, lo sabe, sí!!, digo recordando que yo misma los hice a su edad y he mandado muchos deberes a muchos alumnos que también me llamaban injusta.

Por un momento, me fundo con la masa de niños y padres, de abuelos, vecinos y familias que ocupamos el patio del colegio de un pueblo cualquiera de Castilla y León.
Desde arriba, desde las alturas, somos un punto en el entramado de un mundo que se pierde en el horizonte, fundiéndose con otros horizontes que apenas llegamos a imaginar.
Una inmensa red nos une a todos en un tiempo y en un espacio donde somos simples motas de polvo en el tapiz colorido que forma la Humanidad en la Tierra, parte del Sistema solar.

Aterrizo después en mi cerebro, en el armario lleno de perchas que reconozco como mío, y que sé que tiene cada una de las personas que hoy me rodean, que apenas se han percatado de que existo. Reconozco un universo infinito de sensaciones, de palabras, de pensamientos, de actos y de consecuencias que tenemos que entender, que comprendo convierte nuestros adentros en un Universo tan grande como el que me atrevo a imaginar hoy a mi alrededor. Ambos tan parecidos, tan complejos y difícil de comprender como el que tengo en mi interior.

Una red que nos mantiene a todos unidos, en la misma sintonía, formando parte de un todo. Un Universo diminuto que es una copia del Universo gigantesco que comprendo hoy.

¿Cómo comprender la bastedad de este Universo, cómo comprender a sus pequeños universos, cómo comprender mi propio e infinito Universo?. ¿Cómo reconciliarse con la soledad, con los Universos incapaces de acercarse al nuestro o el nuestro incapaz de acercarse al de los demás?, me pregunto mirando las acciones de mis iguales, camino de sus coches, de la mano de sus niños, arrastrando las mochilas que pesan tanto como la de Miguel.

Compasión, surge el vocablo en mayúsculas, encendido en neones y subrayado con bombillas de colores.

Compasión, entendida como comprensión del otro, como comprensión y admisión de que todo lo que nos rodea, incluso aquello que no parece identificarnos, en realidad forma parte de nosotros mismos, de nuestra naturaleza, de nuestro interior.

Compasión por el Universo. Compasión por nuestros semejantes, nuestros vecinos, nuestros hermanos o nuestros compañeros y rivales por un puesto de trabajo. Compasión por los que parece que se quedan en el camino o por los que no han sabido hacerlo. Compasión por los que tienen más que nosotros o por los que han jugado mejor sus cartas. Compasión por aquél que no soportas que te quite el sitio para aparcar todos los días o por el jefe que para salirse con la suya te pone la zancadilla y te hace quedar mal.

Compasión por quien no piensa como nosotros o por quien ha elegido un camino tan lejos del nuestro que apenas entendemos que pudiera haber caminos así.Compasión por esos políticos que se quedaron con todo el dinero y sacaron sus tarjetas negras para despilfarrar lo que otros tendrán que pagar con el esfuerzo de muchas jornadas trabajando sin tregua y con poco que llevar a sus hijos a casa.

Compasión, sobre todo, queridos lectores, por nosotros mismos, por nuestra forma de actuar, de equivocarnos, de sabernos en el mundo. Porque aunque todos hacemos lo que podemos, siempre pensamos que podíamos haberlo hecho mejor...


jueves, 2 de octubre de 2014

MÁS PERCHAS

Sabía que si me daba la vuelta para apuntarlo en la pizarra, las tizas y los bolis volarían de un lado a otro de la clase, como pasaba siempre. Así que me limité a decir en voz alta, apoyada en el borde de la mesa, que para el día siguiente tenían que leerse del libro un texto, en la página 48, y luego, lo comentaríamos en clase.

-Buaa, ¡qué largo y vaya coñazo!. Y a mí, ¿para qué diablos me vale esto?- contesta Rafa a voz en grito, con cara de asco, haciendo que toda la clase se ría a carcajadas.

Sin poder evitarlo, y con la misma cara de asco, sabiendo que en el fondo no es del todo culpa suya su ignorancia, le contesto segura y muy alto, mirándolo a los ojos.
-A ti, para absolutamente nada...

Ante la carcajada general de la clase, el empujón que le propina Diego, su fiel escudero, y la algarabía de voces, libros que se cierran, estuches que hablan a través de su cremallera y cabezas que se levantan para irse ya, aunque no ha sonado el timbre, una voz se distingue en lontananza.

Es el empollón de clase, el gafotas, aquél que siempre se sienta frente a mi mesa, que pregunta tímidamente.
- ¿Y de qué sirve, en realidad?- reflexiona un poco para si mismo y un poco también porque le importa de verdad.

Haciendo acopio de paciencia, de valor y de también osadía, pues hablar con los adolescentes no es tarea baladí, sobre todo cuando se trata de hablarles de una vida que ellos no comparten ni por asomo, tuve que pararme a reflexionar.

Me pregunté a mi misma una de esas cuestiones que al ser humano le inquietan y a la vez le fascinan. Una de esas cuestiones que surgen de lo obvio, de lo cotidiano, de lo sencillo. Una de esas cosas tan difíciles de contestar que requieren una reflexión profunda y sesuda. Una cuestión filosófica, vamos, que no tenía ni tiempo ni espacio para desarrollar en mi mente, y mucho menos con la mirada desafiante de Rafa, que por esa bocaza ya estaba insultando a Ramón, que a parte de sacar buenas notas, no sabía de la misa la media.

-Pues, mira, Ramón, es una de las preguntas más importantes y difíciles que me han hecho en la vida.
Es verdad que la ha pronunciado Rafa, que igual es más listo de lo que quiere aparentar, pero quizá incluso a él, que no le interesa la respuesta, quiera escuchar lo que te va a servir a ti en el futuro, eso de venir al colegio y aprender algo de un texto, de una poesía, o de una ecuación de segundo grado.

Vanesa, la delegada de clase, levanta la mano y me dice que sí, que les gustaría saber para qué narices tienen que estudiar tanto si luego se les va a olvidar todo en cuanto termine el curso. Que nunca ha entendido para qué se va a al colegio y para qué hay que aprender tantas cosas inútiles.

Ante un auditorio lleno de caras de expectación, que son más desafiantes que realmente interesadas en la respuesta, hube que recoger el guante.

El lance no tenía escapatoria, por mucho que miré el reloj y me percaté que todavía quedaban casi diez minutos para terminar la clase.

Acudí el repertorio de mi desván atestado de saberes, buscando una vía de acceso fácil de entender que pudiera servir a caminantes como Ramón, enfrascado en sus libros más que en la relación con los demás, un poco por ser el diferente, y un poco también porque en los libros había encontrado más respuestas que en su aburrida realidad.

-Dicen por ahí, que cuando estudias mucho, luego haces una carrera y te haces un hombre de provecho, ganarás mucho dinero, tendrás un puesto de trabajo estable y también interesante, y tu vida será mucho mejor...

-¡¡Eso, eso es lo que dice siempre mi padre!!, apunta Rafa, que con el historial que lleva de repetidor y con seis suspensos por evaluación, está convencido, y sus padres también, de que terminará ayudando a su padre que es pintor de brocha gorda.

La algarabía continúa y quien no asiente con la cabeza se lo dice al de al lado, y vuelve a organizarse un jaleo, que siempre termina porque yo me pongo seria y callada delante de la mesa, mirando el reloj con impaciencia.
Se callan todos al captar la señal. Saben que si no se callan, caerá examen sorpresa.

-Gracias, les digo cuando se hace el silencio. Decía que todo eso que nos dicen siempre, no me parece a mi razón suficiente para aprender. Ganar mucho dinero se puede hacer sin saber "hacer la o con un canuto", y ¿cuántos ingenieros y gente de valor, se pasa la vida en la cola del paro sin entender muy bien qué han hecho en la vida para no haber visto la oportunidad de hacerse millonarios con todo lo que saben?...

-No es eso, al menos no es eso sólo, les digo viendo que me dejan hablar, pues voy a  iniciar un discurso que no han oído hasta ahora, que no es la cantinela de siempre.
Ni yo misma estoy muy segura de lo que voy a decir.

Como yo lo veo, Ramón, el cerebro es un armario gigante esperando que colguemos perchas en él.
Cuando somos pequeños, nos ponen las perchas básicas, esas que nos dicen que sirven para hablar, para comer, para saber cómo es el mundo o para verlo con los ojos de un niño.
Luego, nosotros, al ir creciendo, vamos colgando unas cuantas perchas más.

-¿Perchas?, me pregunta Vanessa. ¿Por qué le llamas perchas?.

-Perchas porque en cada una de ellas se cuelga todo lo que tiene que ver con el conocimiento original, ese que colgó una nueva percha en la barra de nuestro armario.
Por sus caras, veo que no entienden nada.

Vamos a imaginar que alguien te habla de un videojuego nuevo de esos que os gustan a vosotros y que no sabíais que existe.
Si os interesa de verdad, colgaréis una percha en el armario de vuestro cerebro, y en ella todo lo que tenga que ver con él: funcionamiento, trucos que te cuentan amigos que ya han sabido como pasar la pantalla, cosas que os gustan, que os disgustan, Todo lo que tenga que ver de alguna manera con el juego o con algo similar. No os cuento nada si con la experiencia, jugáis con él una y otra vez y lo hacéis parte de vuestra vida. Habréis colgado una percha y en ella todo lo que tenga que ver con ese juego y todos los demás, pues me parece entender en mi pobreza, que son todos parecidos.

Asiente como si lo hubiera comprendido.

-Lo que mola de todo eso, como decís vosotros, está en que, cuando surja algo similar a todo eso que habéis colgado en la percha de videojuego nuevo, como otro similar o una realidad que viváis que tenga algo que ver, el cerebro irá a buscarlo allí y encontrará inmediatamente las respuestas. Se acordará de lo que habéis aprendido, y de esa manera, podréis ser los mejores jugadores o tener a mano todo lo que interesa para jugar a ese juego.

-...ya sé por dónde vas, alega Vanesa tirando el boli rojo encima de la mesa. Así que, cuanto más aprendamos, más perchas tendremos en la cabeza y más cosas podremos resolver. Es eso¿no?.

-Pues tampoco estoy tan segura de eso, les digo con cara de chiste, sabiendo que no por mucho saber, puedes resolver en la vida más problemas.

-Entonces, tronca, ¿para qué sirve saber muchas cosas?.

Pues para ir poniendo más y más perchas y poder tener una cosa, que los mayores a veces ni siquiera llegamos a tener. Para poder tener más criterio, les digo como si estuviera resolviendo el misterio de la vida misma.

Criterio.

La palabra queda flotando entre los tubos fluorescentes del techo y el ambiente cargado de mochilas, lapiceros, cuadernos y pupitres llenos de rayajos.

Nadie dice nada.Como si la palabra fuera algo nuevo para ellos o un tabú del que no se habla.

-Y ¿qué es criterio, me preguntarás, clavando tu pupila azul en mi pupila?- frivolizo, mirando a Ramón, que me mira alucinado, reconociendo en mi broma la famosa frase de las Rimas de Becker, esas que tanto les costó leer, y que casi todos le copiaron, cuando tuvieron que entregar el resumen y el comentario a la profa de literatura.

Criterio: libertad de pensamiento, sensación de que empiezas a entender el mundo que te rodea. Criterio, facilidad para entender la realidad, esa realidad cambiante, mutable y donde vivimos todos sin entender qué pasa o qué nos dicen los demás.
Criterio, capacidad para elegir los cambios, para decidir qué creer, para tratar de aportar algo nuevo a lo que se nos vende: en la tele, la vida, los adultos, los políticos, los anuncios, las modas que ponen otros, el líder que mola, que parece saber todas las respuestas y nos mantiene engañados por nuestra ignorancia.

Criterio para ser capaces de saber dónde estamos, quiénes somos, qué somos capaces de hacer con lo que llevamos dentro. Criterio para saber escoger qué prenda ponernos de la percha de nuestro propio armario, qué camino es el menos peligroso y el que más nos llevará a donde queremos ir.

Criterio para discernir qué es lo que somos, quiénes nos dirigen, si lo que sabemos es una manipulación de la realidad o es real tan sólo para unos pocos.

Criterio o capacidad para pensar, queridos alumnos. Criterio para darse cuenta que de alguna manera todo lo que sabemos, hemos experimentado o nos cuentan es mentira...

Criterio para ser especiales, diferentes, para no dejarnos engañar.
Algo que muy pocos tienen y que todos deseamos tener cuando empezamos a acumular en el armario muchas perchas y surge lo cotidiano, el día a día, los momentos en los que tenemos que tomar decisiones, elegir cuál es el camino mejor para nosotros o decir a otros o a nuestra antigua vida adiós.

Criterio para ser felices, para imaginar una realidad que pudiéramos rehacer para que fuera la nuestra. Criterio hasta si me pones, para amar.

-Ya tronca, y con eso ¿vas a ser millonario o te morirás de asco?. Quizá cuando descubras que todo lo que te cuentan es mentira como tú dices, entonces te darás cuenta de que vives en un infierno, como dice mi viejo siempre, que cuenta la misma cantinela que tú, que siempre está con lo mismo.

-Quizá a tu padre y a todos los que llegan a ese punto, con todos los respetos, les falten por colgar todavía muchas perchas...

El mundo que nos rodea, lo que somos, lo que vemos, nuestros sueños, inquietudes y deseos. Todo lo que tenemos en la cabeza, incluso nuestro lado oscuro, les digo mirando a aquellos a quienes llaman frikis porque son forofos de La Guerra de las Galaxias, es eso, todo lo que tenemos colgado en las perchas de nuestro armario.
Si en un momento no nos convence, si nos quedamos paralizados porque no sabemos resolver un problema o damos tumbos, caminando en círculos que no nos llevan a ninguna parte, tenemos una opción: colgar más perchas.
Por eso me parece a mi vital aprender, estudiar, reflexionar sobre lo que cuentan otros.

-¿Y esas perchas solo se ponen si estudiamos las capitales del mundo, las raíces cuadradas o la revolución industrial?, me pregunta incrédula Vanesa, tratando de entender lo que yo digo, relacionado con todo lo que estudian y les parece un rollazo.

-Todo eso: estudiar una lista de capitales, aprender los mecanismos que nos llevan a resolver una ecuación de segundo grado o entender qué pasaba en Europa en el siglo XVIII para que surgieran las condiciones en Inglaterra que propiciaran una Revolución Industrial, nos enseña cómo meter las perchas en el armario.
Una percha no se cuelga así porque sí. Un conocimiento nuevo tan sólo se integra en nosotros con un gran esfuerzo, con algo que hemos vivido y nos ha enseñado algo, o practicando una y otra vez un procedimiento, o una forma de pensar. Es difícil experimentar una ecuación de segundo grado, por eso hay que aprenderla en clase, hacer muchas, memorizar otras que nos ayudarán el el futuro o simplemente porque aunque ahora no entendamos de qué nos va a servir, tenemos que confiar en los sesudos gobernantes que han elaborado una enseñanza obligatoria, que la ley obliga a tener para pertenecer a esta sociedad.

Ramón asentía con los ojos bajos, como si empezara a entender.

Para mi sorpresa, al verbalizar mis conclusiones, yo también comenzaba a entender.

-El ser humano se pregunta cosas y quiere respuestas. Hay muchas respuestas que ya han dado otros, que ya han resuelto otros, y son esas las que nos interesan, las que nos ahorran mucho tiempo, investigaciones largas y costosas que de otra manera debería hacer cada ser humano cada vez que quisiera responder una pregunta.

Son las preguntas que resolvieron otros las que nos proponemos los educadores que aprendáis. Por muy rollazos que sean, por mucho que os aburran porque parecen no servir para nada, os aseguro que algún día os servirán.

Los empollones, los frikis, las pijas e incluso los malotes de clase, esos que seguían el juego a aquél que presumía de no saber nada y catear todo siempre, como si fuera un héroe nacional, salieron aquel día por la puerta sin alborotar, cuando sonó el timbre que me salvó de tener que responder a más preguntas.

Nunca sabré si aquello les sirvió para algo a aquél grupo problemático al que tuve la suerte de dar clase. Sin embargo, hoy, al recordar con unos amigos en la barra de un bar, por qué no quieren aprender nada nuestros alumnos, nuestros hijos o sobrinos, y por qué las cosas están como están, he recordado con cariño ese idealismo que me convirtió en una profa de Insti un poco diferente a los demás. Una heroína camicace que incluso cometía la desfachatez de reflexionar sobre la vida delante de sus alumnos, que sin que pueda entender yo cómo, me escuchaban sin parpadear.

Hoy tenía ganas de compartir este discurso en este blog, quizá para que me sirva a mi misma, en un momento, donde se impone colgar unas cuantas perchas más. He llegado a comprender, con el criterio que me dan los años y las perchas que ya tengo puestas, que el fondo de mi armario, ya no tiene todas esas respuestas que necesitan mis nuevas preguntas.

Aprender es la respuesta, añadir conocimientos nuevos. El mundo es un lugar mucho más grande del que podíamos llegar a soñar. Sólo depende de nosotros el verlo con otros ojos, y de paso, aprender a ser mucho más felices...


















jueves, 3 de julio de 2014

Acabar con el tiempo de silencio...

Llevo mucho tiempo sin escribir.

Llevo mucho tiempo callada, sin nada publicado, sin nada que hiciera ver que algo merece trascender los muros de mi casa y alcanzar el ciberespacio. Esa inmensa ventana coloreada que llega de un confín al otro de nuestro mundo, tan sólo por pulsar unas teclas y darle al Intro. Tan sólo por darle a un botón.

A veces da un poco de vértigo.
-¿Quién andará por los vericuetos de mi ciberespacio para fisgar en mi intimidad?. ¿Qué ser humano se acercará a mis letras y sacará sus propias conclusiones, mientras se instala en este monólogo sordo, que no escuchará los pensamientos de mis interlocutores, pues ellos, raramente, se deciden a contestar?.

Otras, sin embargo, me acerco a la intuición de un terrible vacío, un enorme silencio. La sinrazón de un mensaje que nadie escucha y que nadie leerá, como no leían mis hermanos mis diarios cuando los dejaba tirados por casa, con la infantil esperanza, no de guardar mis secretos más íntimos, sino más bien, de verlos publicados en primera página en el mazacine de mi realidad.

Eso me entristece profundamente. Entre el abismo de saberme descubierta y la certeza de un silencio absoluto, abogo por la necesidad de ser vista, reconocida, por mucho que me disfrace con gafas oscuras, pañuelo negro y camine cabizbaja, temerosa de descubrir que en el fondo, ya no queda nada de esa Greta Garbo que fui.

Soy en el fondo una exhibicionista. Soy una de esas reinonas del colorín que no se conforma con un reportaje en las páginas interiores. Una que vendería su alma al Diablo para que le publicaran un escándalo en primera página.

Se lo grito al Universo, para que en su eco, me devuelva multiplicado mi alarido, como clamor de auxilio que debí haber dado hace tiempo, y sin embargo no fui capaz..

-¡Universo, cuéntale al mundo que existo!. ¡Cuéntale que todo esto que vivo y que aprendo, trasciende mi propia realidad para alcanzar su sitio en la eternidad!.

El Universo no me responde. Quizá se quede perplejo ante el laberinto de palabras que quedan impresas en el espacio cibernético que llaman nube, encerrado en mi ordenador. Creo que no entiende de lenguaje literario, ni de metáforas o aliteraciones.

Dicen los que saben, de los que he leído mucho últimamente, que el Universo tan sólo entiende de palabras simples, de deseos que nacen del corazón. Entiende de longitudes de onda que se expanden sin explicaciones, sin muchas letras que completen un mensaje que se pierde como las ondas del río cuando mi hijo tira una piedra a la superficie del agua y se empeña en que rebote al menos una vez.

Mi mensaje llega amortiguado con las olas, se pierde entre las letras de mi ordenador. Se imprime con letras que enmascaran mis deseos y confunden al lector asustado por la profundidad de mis adentros.

Y el Universo no sabe entender más que de mi malestar, de mi angustia gritada, de mis letras esparcidas por un montón de post que publico sin orden o concierto en el blog de mis tiempos de silencio.

-Aclárate, me dijo una vez un alma caritativa, que al acercarse a mis conclusiones, decía que no se puede desear ser alpinista y no saber siquiera lo que es un piolet. Que determinados sueños invalidan otros y que sin saber qué es realmente lo que se quiere, no se puede ir a Lourdes de rodillas o ponerse en manos del bueno de San Antonio si es que no tienes intención de encontrar eso que creías perdido y que no recuerdas ni lo que es.

Era él experto en conclusiones y no en sensaciones, como lo es la que suscribe estas letras, y claro, como tal, más proclive a recoger lo que había sembrado y hacer de su cosecha una mina de oro.

Yo, aficionada a otro tipo de menesteres, viviendo mucho menos en el mundo material, soy en mi nube, la dueña de una floristería que ofrece miles de deseos, intenciones y sobre todo de disculpas.
Hago birguerías con las flores que cultivo en mi huerto. Las elijo como nadie para hacer ese ramo que cualquier novia quisiera tener.
Llevan mensajes variados: "lo siento, no se volverá a repetir". "He querido que entiendas mi mensaje con un puñado de flores". O un "te quiero", de esos que los humanos a veces tememos pronunciar y nos faltan las palabras.

Pero, siento que ese ramo, pocas veces llega a su destino, que pocas veces ocupa el lugar que yo quisiera.
Quiero imaginarlo en el centro de una mesa al lado de un gran ventanal, desde el que se ve el barrio y muchas casas a su alrededor. Desde donde una mujer pueda salir al balcón, y pueda verlo encima de la mesa, pintando de colores su horizonte. Desde donde unos niños curiosos, asomen su naricilla al cristal, desde la calle, a ver las margaritas abiertas, los capullos sonrosados, los lirios y las rosas en todo su esplendor.

Sospecho que la belleza de mi ramo se quedará dentro del envoltorio, escondido entre los demás ramos, que ni siquiera los más románticos se permiten enviar. Y me conformo en preguntarle al Universo dónde quedaron mis margaritas, mis palabras, donde quedó ese puñado de sensaciones que quise arrancarme del alma y dejar escritas entre las flores que elegí de mi jardín.

Nunca hay respuesta. El Universo es parco en palabras, con quienes, quizá, no le permitamos hablar.

Ante el malestar de mi propio fracaso, ante la evidencia de mis escritos malogrados, me instalo en este tiempo de silencio que me ha ocupado casi dos años de mi vida.

Pero, no ha sido sólo eso. Un escritor siente que el suelo se rompe bajo sus pies cuando no se apoya en palabras, cuando no camina entre letras.
Le falta el aire vacío de frases y se ahoga en el día a día cuando no tiene sus manguitos mágicos y se entretiene con su diario un rato cada día.

Se muere con los miembros atados, a no ser que viva algo con gran intensidad.

Compruebo, que mi buen amigo Terenci Moix tenía razón también en reparar, que son los tiempos de silencio en la escritura los más fructíferos que tiene el escritor en la realidad. Es, precisamente,  cuando acontecen muchas cosas, cuando las letras se vuelven vagas, se camuflan en la arena, y olvida el escriba sus bártulos al final de su baúl, creyendo éstos que quizá no volverán a ver la luz.
Afortunadamente, nada de eso ocurre. El alma inquieta, el escriba agotado, vuelve a sus herramientas cuando acaba el devenir de la existencia, el trajín de los acontecimientos o los romances más pasionales. Ahogado en la evidencia de su pasado inmediato, con el alma a rebosar de sensaciones que quedaron encerradas bajo llave, corre a beber en las mismas fuentes de siempre y vuelve a zambullirse en esos vocablos que no llegó a escribir. Buscando, sin duda, que esos vocablos justifiquen el tiempo de espera, el irresponsable pasar de los días que hemos dejado sin impronta, sin un mensaje que dejarle al Tiempo.

Confieso con Neruda, querido lector, que he vivido mucho en este tiempo, y que en ese devenir de acontecimientos, ha quedado poco espacio para las letras, para los deseos que no se lleva el viento.

-O vives o escribes, no hay término medio, que diría el autor de No me digas que fue un sueño.

¡Qué razón tenía el maestro!, pienso recordando que no me ha quedado un resquicio de tiempo en el día a día, para pararme a reflexionar.

Lo tengo ahora, o lo busco entre la maleza de la rutina. Lo rescato de lo irracional, para dejar una instantánea de mi personaje actual. Personaje que vive, que aprende, que llora y se queja al Universo, cuando las cosas no salen como estaba escrito en el guión de lo vivido. Personaje que se pregunta qué esperaba el alma, para no salirse de la cuadrícula de su rutinario y sosegado vagar.

Escribo también para entender, para salir del silencio prolongado, de quedarme absorta en esos anuncios que parecen hacer olvidar que la película que estamos viendo, era lo interesante de verdad. que era precisamente por verla, por lo que robamos al sueño una noche sentada delante del televisor.

Escribo para dar forma a esta película que protagonizo ahora y no consigo entender, por mucho que la viva en primera persona y sea la realidad de mis días y noches, alejada como estoy de lo que comprendía hasta antes de ayer.

Escribo para terminar este tiempo de silencio, en el que se interrumpió ese monólogo que protagonizo yo...




HOLA A TODOS, CUARENTONES Y DEMÁS ANIMALES...

QUERIDOS CIBERNAUTAS.
CONFIESO QUE ME HE LANZADO SIEMPRE A LAS MÁS TREPIDANTES AVENTURAS. HOY EMPIEZO OTRA, QUE PARA MÍ ES DE LO MÁS INTERESANTE Y ARRIESGADA: ESCRIBIR MIS IMPRESIONES Y MI VIDA POR INTERNET.
¿YO?. YO, QUE SOY CARNE DE DIARIOS ESCRITOS A PLUMA Y RATÓN DE BIBLIOTECA. YO, QUE ANTES DE BUSCAR UN DATO EN EL GOOGLE, SOY CAPAZ DE REVOLVER LA CASA ENTERA PARA ENCONTRARLO EN MIS LIBROS...
SIN EMBARGO, AHORA QUE ESTOY YA EN EDAD DE MADURAR, AHORA QUE HAY QUE IR CON LOS TIEMPOS Y QUE PARECE INEVITABLE EL DECLIVE, BUSCO UNA MANERA DE ENTENDER LA REALIDAD, UNA ALTERNATIVA A DEJARSE LLEVAR POR LO INEVITABLE.
PUEDE PARECER FRÍVOLO O IRREVERENTE, PERO CON MIS CUARENTA AÑOS, ME GUSTARÍA PENSAR QUE AÚN PUEDO APRENDER ALGO DE LA AVENTURA DE VIVIR.
COMO OS DIGO, DISPUESTA A LOS CUARENTA Y A LOS QUE ME ECHEN...