miércoles, 22 de diciembre de 2010

Pasando por las pantallas de la vida.

Eugenia ya estaba esperando cuando llegó Rebeca.
Sentada, con sus collares de perlas y su ropa de marca, se hayaba depositando suavemente la taza de té sobre el platito.
Se la quedó mirando llegar, atropellada, sin gracia, arrancándose de la cabeza el gorro de lana y los guantes con dibujos andinos.

Sus miradas se encontraron un segundo en el que Rebeca se sintió empequeñecida por la aureola plateada que desprendía su amiga de la infancia. Hacía muchísimo tiempo que no la veía, de hecho, hasta que se topó con ella y su marido en aquellos grandes almacenes, no había sabido nada de Eugenia, su mejor amiga del colegio de monjas.
Apenas la había reconocido: con el abrigo de visón, colgada del brazo de su marido, que miraba las corbatas de Loewe, hubiera dicho que era una empingorotada estúpida de esas que no soportaba ni ver en la puerta del colegio de Zoe, cada vez que iba a buscarla.
No se había equivocado, entendió al mirar sus ojos enmarcados de rimel carísimo,
sin embargo, el hecho de aceptar su invitación a aquella cara cafetería madrileña, sólo tenía la intención de tratar de bucear un poco en sus adentros y encontrar en sus abismos un atisbo de aquella colegiala con coletas que tanto había compartido con ella en sus años escolares.

Eugenia, por su parte, no daba crédito tampoco. Era verdad que Rebeca había sido siempre un poco alternativa y bastante hippie, pero era de buena familia, estaba bien educada, concluyó. ¿Qué caprichos del destino le habrían hecho convertirse en ese adefesio que se acercaba a ella con el pelo sin peinar y enfundada a su edad en unos vaqueros gastados y un jersey de lana viejo?.

-¡Qué gorda te veo!, se le ocurrió decir por no decir algo peor.

Rebeca estuvo a punto de contestar, y yo que estúpida, pero se limitó a contestar:

-Embarazada de cinco meses, si es que no te parece mal.

-Pues hombre, ya a nuestra edad, como mínimo me parece una temeridad o un snobismo. Ahora, que tú sabrás, pero yo después de la última lipo como comprenderás, no voy a quedarme preñada y perder mi espléndida figura.

Rebeca sintió que las nauseas de los primeros meses volvían a su estómago.
Pero, ¿es esta la hija de la portera de casa, la que iba con mi padre en el coche todas las mañanas al cole?, se volvió a preguntar.

-Yo ya tengo a los niños creciditos. Sabes que Samuel está trabajando ya de ingeniero en Manchester y a Tesa la tengo en un colegio inglés que me cuesta un potosí, pero que espero que la convierta en una mujer hecha y derecha. A Javi, que está todavía en el Montesory, no tengo muy claro si mandarlo a Inglaterra o a Paris. ¿Tú que piensas?. Porque Andrés es partidario de que ingrese en una universidad americana, pero son tan horteras los americanos, que no quiero que se me malogre por su mala influencia.

-Ya, claro, supongo que pudiendo elegir...

-Sí, querida, es lo que tiene ser tan riquísima. Pero por favor, cuentame algo de ti. De mi marido y sus negocios seguro que ya sabes por los periódicos y aburrirte con la lista de nuestras propiedades me parece inadecuado, dadas las circunstancias...

Rebeca estuvo a punto de levantarse e irse. Con su amiga enfrente y ese tribunal de la santa inquisición mirándola a través de sus gafas de cerca, fijamente, se sintió tan empequeñecida como el día en que le dijo a su padre que no iba a seguir con el negocio familiar para irse a estudiar lenguas muertas muy lejos de casa.

Sintió que las piernas le flaqueaban y la voz, incluso, cuando el camarero vino a preguntarle qué quería tomar. Con un hilo de aliento le dijo que un té con leche no estaría mal, pero sin pastas, claro, dada la observación de su esbelta acompañante, que ya se había metido entre pecho y espalda las cinco que venían en el plato.

-Pues no sé qué quieres que te cuente, dadas las circunstancias...

Eugenia se deshizo en explicaciones
-Pues no sé, algo de tu vida, claro, que no sé de tí desde las monjas. ¿Te casaste?, claro, ¿tienes sólo este hijo o más?. ¿Qué hiciste al final?. Un resumen, por favor, que tampoco vamos a estar aquí hasta mañana.

Rebeca no supo muy bien qué decir. Ni casada, ni un trabajo concreto, ni una casa propia, ni siquiera un poco de dinero todos los meses para comprarse un modelito o salir con las amigas. Por no tener no tenía ni teléfono fijo en casa, que no estaban los tiempos.

-Pues poca cosa, la verdad. Dejé la carrera de ingeniería química por Filología, para desgracia de mi padre. Luego, estuve en Israel unos años, volví a casa y no saqué las oposiciones, asi que me fui con unos amigos unos años para ver mundo. Fueron los mejores de mi vida, aunque eso sí, no teníamos un duro. Cuando volví no encontraba trabajo, pero, aquí me tienes, con una niña, otro en camino y mantengo una relación con David, un médico que conocí. Hace unos meses abandonó su consulta y se marchó a Haití, a ayudar con lo del cólera, para Medicos sin fronteras.

-¡Qué horror!. Quiero decir , pero tú ¿cómo le dejaste hacer semejante desatino?- expresó teatralmente, agarrando la taza de té y alargando la mano al camarero para que le trajera otro platito de pastas.

Engullendo una pasta con guinda encima, escuchó decir a Rebeca que no era que le dejara o no dejara hacer las cosas. Que conociéndolo, sabía que era su vida, que había sentido que su deber era eso y que no había podido detenerlo.
La había dejado, efectivamente, con una niña de cinco años y otro en camino, en su casa de Recoletos, su antigua consulta. Pagando un montón de deudas, facturas sin pagar que no eran suyas, con el poco dinero que le mandaba desde allí. Ganaba ella muy poco, en un puesto del Rastro los domingos y a base de clases particulares. Pero, quizá lo que más le dolía era la soledad. La soledad y la voz de la conciencia de su madre que no hacía más que recordarla que en realidad había hecho el negocio de su vida, pues ni casada estaba con él.

Es verdad que a sus cuarenta años no había conseguido gran cosa: ni hacienda, ni una futuro prometedor, ni trabajo estable, ni nada de nada, pero era lo que la vida le había estado dando y llevando de la mano. Su vida, lo que había aprendido y por lo que había luchado.
Sin embargo, era incapaz de explicar a quien era incapaz de entender, y quizá era verdad que había hecho el negocio de su vida, sobre todo comparada con Eugenia, tan segura de si misma, tan lleno estaba su bolso y su propio ego.

Así que volvió a sentirse desgraciada, como tantas veces, más que por su situación, que ya había pasado incluso por cosas peores, por el gesto de incomprensión de los demás, que compartían desde luego otra realidad: otra pantalla de ordenador, que, desde luego, no era la suya.

-Bueno, hija, si así eres feliz, no seré yo quien te diga lo contrario, ahora, imagino que tus padres no estarán lo que se dicen orgullosos de tu trayectoria...

Explicar a la ignorante de Eugenia que no se hablaba con ellos, más que para recibir reprimendas y que ni siquiera querían conocer a su nuevo hijo, se le antojó una carga dificil de llevar, así que cambió de tema.

-Y tú por lo que veo, te casaste con Andrés, y todo de maravilla. Imagino que terminaste tus estudios de arte, ¿no?.

-Pues no, para qué, querida. Me quedé embarazada a los 16 y la familia de Andrés no tuvo otro remedio que casarlo conmigo, más que nada por el escándalo. Desde entonces ¿para qué preocuparse de nada?, para eso hay servicio. Ni estudios, ni trabajo, ni nada más que ocuparse de las amistades y las reuniones sociales, hija, que tampoco son moco de pavo.

Rebeca no daba crédito, Eugenia no sólo comentaba sus exitos sin tapujos o mentiras, sino que lejos de avergonzarse, pensaba que era lo mejor que había podido hacer una mujer.

-Vamos que te saltaste unas cuantas pantallas en la vida, con unas cuantas trampas, y te instalaste en la tuya desde entonces hasta ahora, ¿no es así?.

-¡¡¡Qué pantallas, ni qué pantallas, hija, no entiendo una palabra de lo que dices!!!. Hablamé en cristiano y no en tus lenguas muertas esas, que no entiendo ni jota.

Rebeca se levantó de un respingo, ni una gota de té había podido tragar. Sin tener por qué, se deshizo en explicaciones. Zoe estaba con una vecina y se le había hecho tarde, no era cosa de hacerla esperar. Ya se verían otro día, pero ahora tenía que irse, estaba segura de que, si se quedaba un segundo más, seguro que perdería la educación y las formas.
Se puso el gorro y el abrigo de David, que le sobraba por las mangas.

-Me parece una sonada ordinariez que te vayas sin darme tiempo siquiera a llamar a mi chofer, para que venga a buscarme, pero me imagino que es lo que tenéis los pobres, que os sentís en el derecho de hacer lo que os de la gana sin preguntar a nadie más.

Lo que le faltaba por oír.

Sin apenas mirar atrás llamó al camarero:
-La cuenta por favor, esta pobre puede incluso invitar a esta ricachona a tomarse un té.

-Dieciocho con cincuenta, contestó el camarero sin inmutarse.

¡¡Por dos tés y unas pastas que no había ni probado!!. Alargó uno de veinte, sabiendo que no tendría ni para el autobus, y añadió morbosa, y traigame la vuelta, que vamos, cobrada está la propina.

Rebeca, apenas se atrevió a volver a mirar a su amiga para despedirse, estaba indignada, maltrecha y sin saber muy bien qué hacer, cuando sonó su movil que le llegaba un mensaje. Ojalá sea de David, pensó añorando que le dijera que volvía a casa y que se quedaría con ella.
Era del banco, para decirle que se había agotado el saldo de su tarjeta.

Se sintió morir, mientras se alejaba sin escuchar aparentemente, a Eugenia decir que le había decepcionado mucho el encuentro.
En realidad, lo entendía, pero seguramente, su amiga, nunca podría entenderla a ella.
El precio que supone no pasar de pantalla, pensó con amargura, dando por hecho que incluso para Eugenia, eso era lo mejor.

CONTINUARÁ...

Azaria, DICIEMBRE DE 2010
PARA UNA ESPECIE DE DESAFIO CON EL TÍO EUGENIO PARA HACER UN POST CON EL MISMO TEMA. No está concluído, pero me parecía una ordinariez hacerlo más largo.

p.d. El nombre de Eugenia, en absoluto tiene nada que ver con el Tío Eugenio, pues acabo de darme cuenta ahora que el subconciente es terrible. Pero, quiero aclarar, que en este caso, no me ha traicionado.

1 comentario:

Tío Eugenio dijo...

A mi me parece que va muy bien. Dime que al final la pija recibe lo suyo. Quedo a la espera de la segunda entrega
Un abrazo,
Ug

HOLA A TODOS, CUARENTONES Y DEMÁS ANIMALES...

QUERIDOS CIBERNAUTAS.
CONFIESO QUE ME HE LANZADO SIEMPRE A LAS MÁS TREPIDANTES AVENTURAS. HOY EMPIEZO OTRA, QUE PARA MÍ ES DE LO MÁS INTERESANTE Y ARRIESGADA: ESCRIBIR MIS IMPRESIONES Y MI VIDA POR INTERNET.
¿YO?. YO, QUE SOY CARNE DE DIARIOS ESCRITOS A PLUMA Y RATÓN DE BIBLIOTECA. YO, QUE ANTES DE BUSCAR UN DATO EN EL GOOGLE, SOY CAPAZ DE REVOLVER LA CASA ENTERA PARA ENCONTRARLO EN MIS LIBROS...
SIN EMBARGO, AHORA QUE ESTOY YA EN EDAD DE MADURAR, AHORA QUE HAY QUE IR CON LOS TIEMPOS Y QUE PARECE INEVITABLE EL DECLIVE, BUSCO UNA MANERA DE ENTENDER LA REALIDAD, UNA ALTERNATIVA A DEJARSE LLEVAR POR LO INEVITABLE.
PUEDE PARECER FRÍVOLO O IRREVERENTE, PERO CON MIS CUARENTA AÑOS, ME GUSTARÍA PENSAR QUE AÚN PUEDO APRENDER ALGO DE LA AVENTURA DE VIVIR.
COMO OS DIGO, DISPUESTA A LOS CUARENTA Y A LOS QUE ME ECHEN...