jueves, 29 de diciembre de 2011

Santa Claus is coming to town



Me ha invitado Tio Eugenio, con su blog y su entusiamo contagioso, a participar en un reto que a mi siempre me parece apasionante. El hecho de que alguien plantee un tema y te obligue a escribir, por no quedar mal o porque te pica el gusanillo, no es algo baladí, y mucho menos si se trata de un tema navideño.

Vamos que a mi me encanta. Y si bien es cierto que tengo poco tiempo, y que encima tengo que parar mil veces y pierdo el hilo de lo que escribo, porque un pequeño mostruito de ojos claros me reclama desde su cuna, no he querido dejar pasar esta oportunidad y recojo el guante.
Así, que Maestro, tomo la alternativa y me lanzo al toro...

Tengo que contar tres cosas que me gusten y otras tres que no me gusten de estas entrañables fechas. Se me ocurre a bote pronto que son días en los que el tiempo no sólo el pasa volando, que podía ser una de esas cosas que no me gustan, sino que parece adquirir su importancia tan sólo por colorearse de rojo en los calendarios durante casi tres semanas, porque no hay colegio o la gente trata de estar de vacaciones.

Sé que siempre peco de incoherente, pero, paradójicamente es la primera cosa que sí me gusta, eso de que se sean días señalados, pues de hecho me impulsa a colorear de otro tono estos días nada más comprarme la agenda que cae cada año para Reyes y que últimamente ilustra a todo color la fotógrafa Anne Geddes,

Lo hago porque quiero creerme que es un periodo mágico, querido lector, eso de inventarse un tiempo de paz y felicidad en medio de la mediocridad, del ruido y la materialidad de nuestra era. Un hecho que nos ennoblece y nos convierte en buenas personas, buscando siempre en creernos que todo es posible y que los demás, como nosotros mismos, en el fondo, tenemos buenas intenciones y deseamos a la humanidad lo mejor.

Pero, como no podía ser de otra manera, porque humanos somos, en la mayoría de los casos, se convierte un poco en luz de gas.
Quizá porque nosotros, faltos de recursos o buen gusto, convertimos la Navidad en un reducto de paz familiar que en la mayoría de los casos ni nos convence, porque en el fondo y la superficie, sabemos que es una falacia.

Porque ¿en qué cabeza cabe que en estas ilustres fechas se reuna alrededor de una mesa a toda la familia, incluyendo al primo de Cuenca?. ¿En qué cabeza bien amueblada cabe el llevarse a los niños, primos, sobrinos, amiguitos y demás animales, al circo o a ver las iluminaciones, a tomar chocolate con churros o a aporrear una pandereta en la puerta de los vecinos, así todos juntos, sin distinguir sexo o edad?.¿Y en enfundarse una y otra vez en un vestido de fiesta y pasarse la noche y el día siguiente comiendo y bebiendo, bailando hasta casi la extenuación para convencernos de que el fin de año hay que celebrarlo por todo lo alto o si no al año siguiente lo pagaremos con la peor de las suertes?.

Por mucho que estudio la naturaleza humana y sobre todo su devenir en la Historia, no alcanzo a comprender la mayoría de los desatinos que cometemos una y otra vez en cada época del año.

Pues es algo universal, con sus toques de masoquismo, especialmente entre la especie autóctona, que lejos de atrevernos a hacer un viaje a las Bermudas, por ejemplo o un crucero por el Báltico como sería de recibo, nos empeñamos en planear un tiempo de reencuentros familiares que casi siempre acaban en tragedias.

Nos empeñamos en reunirnos todos, sin que falte nadie, en la casa de una pobre sufridora, que el cielo se gana esa noche, preparando toda clase de viandas y parabienes, que no sólo incrementan en una cuarta nuestras nutridas cinturas, sino que provocan más de una indigestión.

Enfundados con el traje del año pasado con las costuras a reventar, nos acercamos al timbre, con la bolsa de regalos y la sonrisa pintada de carmín, que decía el bueno de Perales. La anfitriona nos abre la puerta con el moño ya torcido pues el sobrinito la ha dado un mamporro con el mando de la Wii, mientras daba a la pelota y se ha cargado en un momento los cien euros de peluquería. Con cara de asco, al ver que incrementamos sus mostruitos en dos más, nos invita a pasar.

Siempre, en los sillones del salón, ocupando el mejor sitio, está esa suegra que no soportas o la cuñadita contando sus grandezas, por no contar con el cretino del primo lejano, al que arrearías un buen porrazo con la barra del turrón duro, que al verte, te besa sonoramente.

Con una sonrisa, en los postres, y sin dejar de preguntarte qué has hecho tú para merecer esto, le alargas ese premio a sus impertinencias con un regalito. Por lo bajo, cuando tu marido, que lucha a brazo partido para que los niños no tiren abajo el árbol, le aclaras que es del todo a dos euros envuelto con papel celofán con lazo y todo. Seguramente no dará el pego más que un segundo, porque ya su mujer está cuchicheando con tu cuñada, que eres de lo más agarrada, pues en el chino de abajo cuesta menos todavía.

En fin, querido lector, esa es la segunda cosa que no me gusta de la Navidad. Lo que hemos transformado los humanos este tiempo entrañable lleno de magia, para ponernos todavía más enfadados con nosotros mismos.

Me encanta que todavía queden familias que saben encontrar ese espíritu Navideño, que se reunan todos sin discutir y que pidan sillas a los vecinos y cierren la puerta de la casa a cal y canto, porque sino no caben en la mesa. Aquellos a quienes les sirven hasta los regalitos de los chinos para sacarles una sonrisa, a quienes saben ser como niños y disfrutan con ellos en la cabalgata de los Reyes, en el Cortilandia y en el cine, viendo una consabida peli de Santa Claus.

Por aquellos que saben encontrar en la Navidad un tiempo de alegría y de reconciliación familiar, yo adoro la Navidad y me reconcilio una y otra vez cada año con el género humano, con su capacidad para sorprenderme y sobre todo para generar ilusión.

Y aquí entra la tercera cosa que no me gusta de la Navidad, que es precisamente no ser yo o mis encuentros familiares ese ejemplo a seguir que ya hemos visto en las películas. Que por cuatro tonterías, una discusión familiar, un fastidioso encuentro o por gastar demasiado y que la cuesta de enero suponga más de un problema, no pueda recordar este periodo como algo más que un tiempo de comilonas que luego pagamos en el gimnasio o con recoger la casa de espumillones y llevar a rastras a un niño de vuelta al cole, cuando ya se creía que se había acabado el cole para siempre y todo iban a ser regalos.

Crear magia, inventarse la ilusión de que todo es posible estos días, reconciliarse con la humanidad y tener fuerzas hasta para creer que Papá Noel sabe si te portas bien para traerte todo eso que deseas es lo que más desearía creer en Navidad. Un tiempo mágico, especial, que los humanos necesitamos después de un año de penurias y cansado caminar sin rumbo, para seguir creyendo en algo, aunque sea en esa estrella que iluminará nuestro camino hacia la esperanza.
Eso debiera ser la Navidad y eso es lo que me encanta de ella.

...el problema es que al levantarse, a menudo con resaca o vomitando los excesos, caemos en la cuenta de la realidad supera la ficción, y que o bien vemos otra vez la mítica película de Qué bello es vivir, por enésima vez, o olvidaremos enseguida que es Navidad y que los buenos propósitos no son más que eso, propósitos.

En cuanto a pasarle el testigo a otro blog, siento comunicar a mis lectores más fieles que pocos blog sigo yo en este momento de mi vida en el que no sigo más que el llanto de mi nene cuando se acerca a mi oídos mientras limpio el desastre que el otro me ha dejado después de jugar con los juguetes que le ha dejado el bueno de Papá Noel.

No quiero desaprovechar la oportunidad para recordar que si bien Santa seguramente no viene a la ciudad, bien me gustaría creer que este año va a traernos un poco de prosperidad, esperanza y sobre todo fé para creer que las cosas van a cambiar para mejor, después de estos años de crisis y desesperanza. Tengo la certeza de que eso debiera ser este año la Navidad, por mucho que haya caído ya en las trampas que cada año me atrapan sin que pueda evitarlo.

Tras las celebraciones, el turrón, la cartilla de ahorros con telarañas y el ánimo de ver a los primos y sobrinos más mermado que el año pasado si cabe, os deseo a todos que las estrellas y las campanas que iluminan hoy las calles de nuestras ciudades y pueblos que tanto nos gustan, iluminen nuestro ánimo y nos impulsen a creer que aunque no lo parezca: lo mejor está siempre por llegar.

¡¡¡¡Feliz Navidad a todos!!!!

2 comentarios:

Tío Eugenio dijo...

Bien niña, matarse entre los familiares es necesario para regular el número de miembros de la especie. Sólo los que tienen la casa más pequeña sobreviven, porque a ellos siempre les toca ir a las de los demás.
Ug

azaria dijo...

Sin embargo, con parientes petardos, navidades pesadas y ahora con catarros y virus incluídos en las fiestas más señaladas, yo sigo buscando el Espíritu de la Navidad. Haga usted el favor, y si lo encuentra, no deje de darme su dirección.
Un beso muy grande y gracias por el desafío, al menos he escrito un poco en los últimos tiempos.

HOLA A TODOS, CUARENTONES Y DEMÁS ANIMALES...

QUERIDOS CIBERNAUTAS.
CONFIESO QUE ME HE LANZADO SIEMPRE A LAS MÁS TREPIDANTES AVENTURAS. HOY EMPIEZO OTRA, QUE PARA MÍ ES DE LO MÁS INTERESANTE Y ARRIESGADA: ESCRIBIR MIS IMPRESIONES Y MI VIDA POR INTERNET.
¿YO?. YO, QUE SOY CARNE DE DIARIOS ESCRITOS A PLUMA Y RATÓN DE BIBLIOTECA. YO, QUE ANTES DE BUSCAR UN DATO EN EL GOOGLE, SOY CAPAZ DE REVOLVER LA CASA ENTERA PARA ENCONTRARLO EN MIS LIBROS...
SIN EMBARGO, AHORA QUE ESTOY YA EN EDAD DE MADURAR, AHORA QUE HAY QUE IR CON LOS TIEMPOS Y QUE PARECE INEVITABLE EL DECLIVE, BUSCO UNA MANERA DE ENTENDER LA REALIDAD, UNA ALTERNATIVA A DEJARSE LLEVAR POR LO INEVITABLE.
PUEDE PARECER FRÍVOLO O IRREVERENTE, PERO CON MIS CUARENTA AÑOS, ME GUSTARÍA PENSAR QUE AÚN PUEDO APRENDER ALGO DE LA AVENTURA DE VIVIR.
COMO OS DIGO, DISPUESTA A LOS CUARENTA Y A LOS QUE ME ECHEN...