lunes, 5 de marzo de 2012

El tiempo dilatado. Crónica de un acompañante...

Hoy no voy a hacer una entrada ni graciosa, ni ocurrente, ni siquiera bonita.
He vivido una de esas experiencias que se cuenta mil veces a los familiares o amigos, pero jamás entrando en detalles. Quizá porque todos hemos estado alguna vez acompañando a un familiar enfermo o hemos sido nosotros mismos enfermos.
En esos casos, no hacen falta explicaciones o detalles, pues todos sabemos lo que es y no necesitamos que nadie nos lo recuerde. Sin embargo, como la vida ha vuelto a su curso y en nuestras cabezas hemos decidido seguir adelante y no recordar, yo he pensado que igual no es tan mala idea reflexionar o hacer lo que todo escritor pretende, reproducir lo irreproducible...


Ramón, en los huesos y con el pijama medio abierto, se levantaba a trompicones para ir de nuevo al baño. Su hijo, Ventura, con cara sonriente y con ojeras, le agarraba del brazo, donde tenía puesta la vía y le ayudaba a empujar el suero de más de tres litros que colgaba del pie de tres patas.
Con el rostro cansado, sobre todo Ramón, nos saludaron al entrar en la habitación.

-¡Hombre, otro compañero!, le dijo Ventura a su padre.¡ No te quejarás, que así tienes compañía. Aquí cuando se va uno, enseguida te ponen otro amigo para que no te aburras!.

Saludamos secamente, atentos a la celadora de pelo rojo, que aparcaba la silla de ruedas al pie de la cama.

-Salga usted un momento, por favor, que le vemos en el escaner y luego vemos cómo actuar al respecto, me dijo un médico con traje verde y un bote de gel en la mano.

Salí al pasillo casi a trompicones, pues los demás estaban también invitados a salir. Me fui, dejando a mi marido encaramándose a la cama y a Ramón saliendo del baño.

Entré entonces en el universo del pasillo, donde los familiares, las enfermeras y los carritos con la cena, circulaban en todas direcciones sin interferir unos con otros.
Me aparté, nerviosa, pues aún no dominaba yo el tráfico o las reglas del juego.

Una enfermera, con cara de pocos amigos y mirando al techo, juraba en arameo porque Julián habia querido levantarse otra vez.

-¡Como no se esté quieto, le traigo las correas, así que usted verá!, le decía gritando a su mujer, que casi con lágrimas en los ojos, imploraba a la enfermera cruel que no volviera a atar a su marido a la cama, que luego tenía todos los brazos llenos de llagas y gritaba aún más.

La nieta de Ramón, se sintió en la necesidad de aclararme quién era Julián y por qué gritaba día sí, día también, para que lo sacaran de aquél infierno.

-Y tu marido, qué le ocurre. ¿Lo sabe ya? - me preguntó después, bajando la voz, como si el diagnóstico de mi marido fuera alto secreto.

En sus palabras pude adivinar que casi todos los diagnósticos, los de verdad, eran alto secreto entre aquellas paredes. Que la mayoría de los enfermos ignoraban total o parcialmente el diagnóstico de su enfermedad y que gracias a eso seguían las instrucciones que las enfermeras y los médicos les daban día y noche...

...excepto casos como el de Julián, que de pueblo, con muchos años y la cabeza casi perdida, tenía la lucidez suficiente, como para pedir a gritos que lo sacaran de ahí y le dejaran morir en su propia cama.

-Sí, sí, lo sabe. Como para no saberlo. Ha sufrido un cólico nefrítico, dije simplemente, antes de que un señor de gafas me empujara porque iba de espaldas, camino de la puerta.

Después de disculparse, se presentó, y en animada charla, la nieta de Ramón y él estuvieron bromeando durante un buen rato.
Bromas a mi entender de lo más macabras y de mal gusto, aunque supuse, con acierto, que aquella era la manera de liberar un poco tensiones, en un ambiente de hipocresía, de falsedad y sobre todo de mucho dolor.

En un segundo, me convencí de que, lo que pasaba en los pasillos y dentro de las habitaciones, constituía un universo paralelo en el que cada cual cumplía su papel.
Más allá del marco de la puerta, de las palabras de aliento, las obviedades, las sonrisas y quitar importancia a la enfermedad o al estado de tu propio pariente, las personas se adentraban en un río donde desnudaban su alma a los demás.

La tensión, el miedo, el cansancio y hasta el aburrimiento salían a borbotones por sus bocas, sin hacer distinción a conocidos o desconocidos, dando rienda suelta a una verdad tan dolorosa como insoportable. Temida y añorada a la vez, por el cansancio acumulado, las noches sin dormir, el tiempo dilatado en mil segundos que no parecía pasar por las dichosas manecillas de un reloj, que en lo alto del punto donde se reunían las enfermeras, parecía oxidado, perezoso, incapaz de moverse o hacer ruido, en un contexto donde el tiempo, hacía confundir todo momento vivido.

Confundir todo tiempo vivido, pensé mientras me contaban a dos bandas las enfermedades de su abuelo y su padre mis dos interlocutores, incapaces de escuchar al otro o de preguntar, aunque solo fuera por cortesía, de dónde había salido yo. Incapaces de saber ellos mismos, si deseaban algo más que salir de allí y dar por terminado un infierno que desde luego se saldaría con la muerte de sus familiares, al otro lado de la puerta, en el otro universo paralelo.

Me sentí identificada con su sentir en lo más íntimo. Me acordé de otro hospital parecido en otro tiempo, cuando yo era otro yo. Recordé el olor a medicamento, las caras de las enfermeras, la desesperanza de aquellos que ignoran lo que de verdad les está pasando en sus adentros. Recordé el tiempo dilatado, las horas que no pasan, el dolor que no cesa, el malestar que hace confundir los sentimientos de aquellos que acompañan al enfermo y culpan a la maldita enfermedad de todos sus males, de ese tiempo perdido y obligado, que nos empuja a reflexionar sobre nosotros mismos y el tiempo que nos queda.

El tiempo que nos queda para quedar ingresados, para ocupar una cama del universo paralelo de los médicos, de las mentiras, de los acompañantes que te animan a seguir o te regañan por quejarte tanto...

...¿cuánto tiempo me queda?, piensas mirando el reloj oxidado en el pasillo de los acompañantes.

El ambiente deprimente, la angustia y el miedo a que tu marido tenga algo más grave que un simple cólico nefrítico que se ha complicado y quieren saber cuánto, no te deja ver que ha habido un alta esta noche al final del pasillo.

-Es raro, pues el alta la suelen dar por las mañanas, cuando pasan los médicos, me dice el señor de gafas que me ha contado la vida y milagros de su padre y que sigue bromeando con la nieta de Ramón.

Igual es alguien que no está tan grave y que le dan la condicional, pienso, convencida de que salir de esa habitación es casi tan importante como salir de la cárcel y tener una oportunidad para hacer las cosas un poco mejor, en el tiempo que te queda.

Sigo pensando en el tiempo que te queda. Demasiado poco si recuerdas que ayer fue el día en que mi hijo de seis años vino al mundo. Y demasiado, sin embargo, si lo mides por el reloj del pasillo del hospital, en el que parece que no pasan las horas por la noche, cuando en el sillón de acompañante o en la mismísima cama de enfermo, no parece llegar nunca el alba. No llega la hora de la pastilla para el dolor o la dichosa enfermera que ha dicho que vendría luego con otro calmante y no viene. No llega nunca la hora de las visitas, ni el médico que pasa todos los días pero tarda una eternidad en decirnos algo, el resultado de las pruebas, el diagnóstico o cuándo nos da el alta.

Al menos en el Hospital el tiempo se dilata, no pasa, parece detenido, saco de conclusión positiva a mi espera eterna al otro lado de la puerta, de un diagnóstico que nos ofrezca otra oportunidad.
El doctor sale con evasivas y nos deja como estamos. Mañana harán más pruebas y si todo va bien no hay por qué preocuparse.

Me pregunto todavía con una sonrisa colgada de mi rostro descompuesto, qué será si las pruebas no salen bien.
Tiempo dilatado, como en el cadalso, concluyo convencida de lo que sentirá un condenado a muerte que por fín ha descubierto la manera de detener el tiempo y no sabe muy bien si ha sido buena idea.

Quizá entre estas paredes encontremos la fórmula de la inmortalidad, o al menos la sensación de que nada es tan eterno como la espera, como la enfermedad y el miedo que nos atenaza en la nada, en ese espacio transparente e incomódo que es el espejo donde nos miramos, adivinando con certeza absoluta,que somos nosotros mismos y que lo que ocurra, no siempre depende de lo que deseemos, busquemos o nos merezcamos...
...y que pase lo que pase, no habrá a quien reclamar.

1 comentario:

Tío Eugenio dijo...

Los hospitales se han diseñado para impedir el descanso de los enfermos y de sus familiares. De esta manera, no intentamos quedarnos más tiempo del estrictamente necesario y volver al trabajo es una liberación.
Me alegro de que ya estéis mejor.
Ug

HOLA A TODOS, CUARENTONES Y DEMÁS ANIMALES...

QUERIDOS CIBERNAUTAS.
CONFIESO QUE ME HE LANZADO SIEMPRE A LAS MÁS TREPIDANTES AVENTURAS. HOY EMPIEZO OTRA, QUE PARA MÍ ES DE LO MÁS INTERESANTE Y ARRIESGADA: ESCRIBIR MIS IMPRESIONES Y MI VIDA POR INTERNET.
¿YO?. YO, QUE SOY CARNE DE DIARIOS ESCRITOS A PLUMA Y RATÓN DE BIBLIOTECA. YO, QUE ANTES DE BUSCAR UN DATO EN EL GOOGLE, SOY CAPAZ DE REVOLVER LA CASA ENTERA PARA ENCONTRARLO EN MIS LIBROS...
SIN EMBARGO, AHORA QUE ESTOY YA EN EDAD DE MADURAR, AHORA QUE HAY QUE IR CON LOS TIEMPOS Y QUE PARECE INEVITABLE EL DECLIVE, BUSCO UNA MANERA DE ENTENDER LA REALIDAD, UNA ALTERNATIVA A DEJARSE LLEVAR POR LO INEVITABLE.
PUEDE PARECER FRÍVOLO O IRREVERENTE, PERO CON MIS CUARENTA AÑOS, ME GUSTARÍA PENSAR QUE AÚN PUEDO APRENDER ALGO DE LA AVENTURA DE VIVIR.
COMO OS DIGO, DISPUESTA A LOS CUARENTA Y A LOS QUE ME ECHEN...