En un resquicio del alma, en la misma puerta de la consciencia, ayer creí oír el eco de unas voces en la lejanía. Era un rumor lejano, una letanía. Un canto lento, pausado, casi callado que desde lo alto del acantilado venía amortiguado, cadente, silencioso y a la vez rítmico.
Al son de la música, planeando sobre nuestras cabezas, unos buitres leonados danzaban, mecidos por el viento. Al amparo de las voces que sujetaban su vuelo majestuoso, en un girar armónico, mágico, espectacular.
Me estremecí en lo más íntimo. Volvía a vivir, sin buscarlo, uno de esos momentos por los que merece la pena vivir, ser humano, ser precisamente yo...
Concentrada en la melodía, creí entender.
Eran las voces de los monjes del pasado. Eran sus cantos, evocados por el viento en su recordar melancólico, lo que escuchaba mi alma. Sí, mi alma ruidosa y ajetreada, empeñada siempre en los más baladíes menesteres. Olvidadiza, escurridiza, volcada en lo evidente, mi alma había olvidado lo que era importante.
Sin embargo, mi amigo el Universo se empeñaba de nuevo en que yo aprendiera, en que yo buscara entre la paja, lo realmente importante. Se empeñaba en enseñarme a pensar, a vivir, a apreciar la belleza en lo más sencillo, en lo que es de verdad.
Caminando entre las ruinas, sorteando piedras y tratando de imaginar entre los muros derrumbados, parte de la belleza de una ermita que se mantenía en pie tan sólo en sus cimientos, volví a sentir esa emoción, esa pasión, ese eco del pasado que no sólo me convirtió en arqueóloga, sino que me hizo como soy.
Arqueóloga del tiempo. Arqueóloga de las voces del pasado, de la impronta que dejaron otros para la eternidad. Arqueóloga de los sueños y las acciones del Hombre de antaño, de quienes vivieron antes que yo y construyeron con sus manos las esperanzas del mañana. Arqueóloga de los restos de hoy. De los restos que rotos pisan mis pies y los de mis hijos, sin pensar más que el tiempo ha hecho sus estragos y poco queda ya.
Simplemente, un eco para quien sea capaz de escuchar.
Un eco místico, sinuoso. Un eco callado que no pueden escuchar los cientos de turistas que vienen a ver La ermita de San Frutos en las Hoces del Duratón. Concentrados en captar con sus cámaras alguno de los buitres que se acercan, el cauce sinuoso del río que dibuja los contornos de las hoces a su paso o la belleza de Natura, que en todo su esplendor, nos desborda el alma, Desbordados con esa emoción contenida, no nos permitimos escuchar, no dejamos espacio al sonido de aquellas voces.
Ni siquiera yo. Pero, sin que pudiera evitarlo, por un resquicio de mi alma, se coló una nota ayer que me impulsó a agudizar el oído y seguir escuchando.
Sentada en la reja, asomada al balcón de mi misma, en el mismo acantilado de las hoces, yo me alejé del mundanal ruido y me sumergí en la letanía.
Eran las voces de los monjes cantando en latín.
Era su rezo profundo lo que escuchaba a lo lejos, que se iba haciendo patente y presente en mi misma abriéndose paso entre los velos de mi alma, tapada y abrigada de tantas cosas materiales que apenas dejaban al descubierto mi propia desnudez.
Los cánticos rítmicos y pausados parecían descubrir una paz en mi interior que había olvidado ya.
No era el mensaje lo que me abrumaba y me empujaba a sentir, sino más bien la cadencia la que me hacía olvidarme de todo y concentrarme en mis adentros, me invitaba a reflexionar sobre lo que realmente importa y lo que no.
-"Tumbas de los santos"-leyó en alto mi hijo,en la puerta del cementerio, mientras surgía inevitable la pregunta de qué era eso de ser santo.
Lejos de pensar en si mi hijo podía o no entenderme, a sus seis años, le contesté:
-Son Santos porque se alejaron del mundo y se vinieron aquí a rezar. A encontrar su propia esencia, su silencio. Porque dejaron todo atrás y apostaron por la pobreza, por vivir con poca cosa, sin apenas necesitar nada.
-¿Ni siquiera sus juguetes? - preguntó Miguel, incapaz de comprender que unos señores fueran capaces de alejarse del mundo y prescindir de sus juguetes para poder ser felices.
Pues sí que debían ser santos, sí, concluyó sin saber qué era eso de la santidad sino prescindir de tus juguetes y venirte a rezar a un sitio donde todo estaba roto y lleno de polvo.
Con sus zapatillas mágicas, con las que se corre mejor que el mismísimo Diego, que siempre le gana cuando va con botas, mi hijo se alejó corriendo, buscando entre las piedras del suelo alguna punta de flecha de los antiguos, pues en su mente, el pasado tiene la misma edad y confunde a los Neandertales con los monjes del siglo XVI.
Perdida en su sencillez de pensamiento, en la pureza de su razonamiento, escuché en mi alma a San Frutos, susurrarme al oído, que no hay como volver a ser niño, como confundirse con lo que nos rodea, con ser una piedra, un buitre leonado o con volar a merced del viento, pensamiento más perfecto y más adecuado para tratar de desentrañar esos enigmas complicados que el hombre del siglo XXI se empeña en descifrar.
Ayer, querido lector, hice caso al bueno de San Frutos y me dejé mecer por el viento entre las garras de un buitre que planeaba por los acantilados calizos. Me senté entre las ruinas de la ermita y escuché a los monjes cantar a maitines.
Dejé a un lado lo que importa, más allá del acantilado y por un resquicio del alma se me coló en lo más profundo, una añeja melodía de silencio.
Y sin entender muy bien por qué, fui feliz.
A LOS CUARENTA DESCUBRES QUE YA NO ERES JÓVEN, QUE EMPIEZA EL DECLIVE Y QUE QUEDAN POCAS AVENTURAS POR VIVIR. YO HE QUERIDO ENGAÑAR AL TIEMPO,SIN CIRUJIAS O MAQUILLAJES. TRATANDO DE VIVIR, DE OTRA MANERA...
lunes, 27 de febrero de 2012
miércoles, 8 de febrero de 2012
Perder el tiempo en escribir...

Está nevando fuera. Los copos de nueve, pequeños y a millares, sobrevuelan las casas y los árboles a gran velocidad, como si corrieran perseguidos por los otros, en una carrera al escondite donde todos ellos llegan a su meta a la vez, supongo que, muy lejos de aquí.
No parece que ninguno de ellos roce el suelo siquiera. El viento no los deja posarse ni en los árboles, ni sobre las tejas rojas de las casas de la urbanización, ni sobre el seto del jardín, que desde arriba parece aplastarse para ofrecer una cama a los copos agotados, que con tanto movimiento, no consiguen encontrar consuelo o un sitio donde posarse y pintar de blanco el paisaje, como es su obligación.
Desde los cristales, el silencio se llena con las manecillas del reloj recorriendo su camino rutinario. Si no las oyera, creería sinceramente que me he quedado sorda, pues no oigo a Daniel balbucear por el pasillo, ni su lloro desde la cuna. No oigo la Wii encendida o los dibujos animados a todo trapo de Miguel en el salón. Ni las teclas del ordenador sonando en mis dedos, porque he tratado de evitar hoy volver a perder el tiempo escribiendo algo, en esta mañana invernal, en la que el tiempo, parece haberse detenido.
Es curioso que todos los tiempos perdidos, todos los momentos inútiles, todas las jornadas de reflexión y silencio se parecen y se confunden en el tiempo. Sin mirarte a ti mismo en un espejo, abstraído en los pensamientos y observando la vida pasar, ignoras si eres adulto o un niño, si estamos en el siglo XXI o en el XVI, o si somos los que somos o por el contrario, representamos otro papel, ese que no imaginamos o lo que siempre quisimos ser.
Quién sabe si mirando un paisaje nevado, sin poder salir de casa y sumergido en el silencio, Gaudí acarició la idea de su SAGRADA FAMILIA, o si Vermer decidió pintar a sus mujeres en casa, esperando una carta. Quien sabe si Cervantes, en los fríos inviernos de Alcalá, acarició su Quijote en sus pensamientos o si Adolf Hitler, barajó su plan de conquistar al mundo, en una jornada de reflexión, una mañana solo, acompañado por las manecillas del reloj.
Las ideas más maravillosas o las más terribles pueden surgir en un espacio inútil, en un tiempo perdido, como observador callado de los fenómenos de la naturaleza. Como espectador pasivo, indefenso, abrumado por un tiempo que está por llegar y no sabemos lo que nos deparará, como los copos que corren desafiando al viento, sin saber si finalmente se posarán.
En la llanura del propio silencio, me pregunto hoy, cuantas yardas recorrerá mi imaginación, mi espacio transparente y vacío, para llenarse de historias, de sueños, de pretensiones de un tiempo mejor, que, seguramente, no se posarán.
En ese deseo, abrigando mis esperanzas con un polar morado, protejo mi corazón de las inclemencias del destino, de los caprichos del azar y de la inestabilidad, que fuera, hace tambalearse al vecino. El pobre iluso, ha salido enfundado hasta las cejas, para intentar arrancar su coche en la calle de enfrente.
Me siento pequeña, indefensa, llena de sensaciones que pretenden salir a la calle, y se quedan congeladas en el mismo quicio de la puerta, con miedo a poner un pie en el suelo y resbalar.
Siempre que reflexionamos, siempre que queremos dar un paso al frente o se perfila un sueño en nuestro espacio transparente, surge la inseguridad, la inquietud, este tiempo detenido como el de hoy, que confunde todos los tiempos que ya hemos pasado, en uno, ese tiempo que has perdido y que te empeñaste en escribir.
Escribir, me dicen mis dedos inquietos, martilleando el cristal de forma continua y casi rítmica, pues ya han planeado una historia, un momento, algo que necesitan plasmar sobre las teclas de mi ordenador. Este, caliente ya, espera con una página en blanco, a que los copos de mi imaginación encuentren su sitio y decoren de blanco el paisaje, como es su obligación.
Comprendo, en pijama y con mi polar morado, que es mi obligación hacer caso a mis dedos, que nunca se cansan de pulsar teclas, que se empeñan en hacerme entender que pienso, qué vivo, cómo es mi alrededor.
Y vuelvo a mi sitio. Vuelvo a perder el tiempo. Vuelvo a mi espacio en blanco que comienza a perfilarse con un caminito de hormigas, como decía Ana María Matute, que una detrás de otra, se dirigen al hormiguero, dibujando con su rastro una historia, que algún día, algún lector alcanzará a comprender.
O quizá no. Quizá mis letras, mecidas y alcanzadas por el viento, por la rutina, por el devenir de la existencia y el tiempo ruidoso, se las lleven muy lejos. Quizá, nunca alcancen a posarse sobre el seto del jardín de ningún lector. Quizá desaparezcan en la ventisca y hayan sido sólo una pérdida de tiempo. Quién sabe...
Sin embargo, con la cara pegada al cristal, viendo los copos caer, yo he podido ser hoy la mujer más valiente de la tierra, la creadora de una vacuna para el cáncer o la escritora más famosa de la historia, por ser capaz de plasmar, lo que nadie se atrevió a dibujar con palabras.
Hoy, embebida en mi propio silencio, ni he hecho la comida ni tengo la ropa de la lavadora, tendida en los radiadores, pero he disfrutado de un tiempo detenido que me ha permitido soñar, crear, ser...
lunes, 6 de febrero de 2012
España, país de pandereta

Hoy ha sido un día de perros. Mejor dicho, llevo una semana de perros, que precisamente empezó el pasado mártes, cuando unos técnicos de Alcampo, vinieron a instalarnos una Caldera de Condensación, supuestamente, e ilusos de nosotros, para mejorar nuestra calefacción y confort en la casa.
Contaros el calvario que hemos pasado, ofreciendo los pormenores que hemos tenido que sortear y las amenazas que de mi boca y la boca de mi marido han salido, para conseguir que nos pusieran con acierto la caldera y que efectivamente funcionara, me parece a estas alturas, hasta de mal gusto.
De mal gusto e inútil. Tan inútil como va a ser la denuncia que les vamos a cascar a semejantes energúmenos, pues imagino que, el juez, otro ejemplar de español comprometido, la archivará diciendo para sus adentros: vaya lata, otra más...
Mi reflexión de hoy, va más allá de la indignación, de la angustia, de la sensación de impotencia que tiene el consumidor al presuponer en este país, que tenemos algún derecho, por el mero hecho de gastar el dinero que por otra parte no tenemos, y meternos en el berenjenal encima de tener que pagar unos plazos que sea de nuestro agrado o no, estaremos obligados a pagar.
Amigos blogueros, estoy preocupada. Preocupada de verdad.
Es bien cierto que estamos en crisis, que no hay dinero, ni trabajo, que el país se va al traste y que no tenemos mucha solución. Quizá pueda achacarse todo a eso, o quizá no...
...quizá España ha sido siempre así.
Me pregunto si no es bien cierto que en España no hay profesionalidad, ni falta que nos hace. Si no hay integridad, ni humanidad, o simplemente si somos retrasados mentales y preferimos estar tumbados a la bartola mientras las cosas pasan, mientras el desastre ocurre, por muy responsables seamos de él.
Total, como la justicia es también un desastre...
Nunca me he considerado mujer exigente, y sin embargo, debo serlo. Debo serlo para este país de pandereta y cuchufleta, donde lo único que importa es escaquearse, colarse, hacer deprisa y corriendo el trabajo y de forma chapucera.
Total, para lo que me van a pagar y el tiempo que voy a estar en esta empresa...
Debo serlo, exigente e idiota, digo, porque yo me dejaba la piel en mi puesto de profesora.
Me importaban de verdad esos chicos, me importaba su formación, me importaba mucho que lo que oyeran de mi boca significara algo en su educación, en su criterio y en su capacidad de análisis de la realidad.
Me importaba aportar algo de respeto y de criterio en sus cabezas, me importaba que aprendieran lo que supone ser una buena persona. Me preocupaba porque supieran cuan importante es la educación.
No sé si con la sensación del trabajo bien hecho, alguno de los hijos de estos energúmenos que han venido a poner la caldera a mi casa, habrán aprendido algo, pero al menos lo he intentado.
He intentado entenderlos, he intentado informarles, he intentado dar de mi todo lo mejor, por muy poco dinero que me hubieran pagado o por poco tiempo que fuera a formar parte del colegio o instituto donde he tenido el privilegio de trabajar.
Es bien cierto que pocos me lo han agradecido, mucho menos sus padres, energúmenos que hoy hacen de las suyas en su puesto de trabajo.
La mayoría de las veces, este país de pandereta, ha antepuesto la envidia profesional a reconocer el trabajo bien hecho y han criticado mis métodos. Muchos padres molestos han cuestionado mi criterio en comparación con su manera de educar a sus hijos. Y es bien cierto que nunca he sido una profesora al uso porque he creído mi deber, ir todavía más allá que simplemente enseñar la historia de España.
Sin embargo, viendo como están las calles en mi pueblo, verdaderas pistas de hielo donde cualquiera puede romperse la crisma tan sólo por poner un pie, y la preocupación nula del Ayuntamiento por ayudar a sus ciudadanos, aunque sea con un poco de sal.
Viendo que decides poner una caldera y lo más que sacas es el favor que te han hecho por instalartela en cuatro días, en los que te has quedado sin calefacción, y eso que estamos en pleno temporal y con un niño de nueve meses en casa.
Viendo que decides protestar y prácticamente te insultan a ti y a tu criterio para evaluar la realidad.
Viendo lo que cuesta deshacerte de una línea de móvil o que te pongan el teléfono y el internet en casa si decides cambiarte de compañía.
Viendo que aunque pagues una sociedad médica, los médicos se equivocan a montones y no asumen su responsabilidad.
Viendo que encima a nadie le sorprende esto, y que por mucho que denuncies algo indignante, lo más que recibes es un "no te hagas mala sangre, que todavía había podido ser mucho peor..."
Viendo la realidad que me rodea, me avergüenzo muchísimo de vivir donde vivo, reivindico el buen hacer de los alemanes o la flema inglesa, que serán muy secos y aburridos, pero al menos no paran hasta que han terminado cualquier trabajo.
Reivindico el bien hacer y la exigencia personal en este país, porque por poca que sea, al menos nos hará a todos la vida un poco más fácil.
Invito a la reflexión de manera individual, a cuantos me leen y siguen, para intentar hacer de nuestro país un lugar mejor. Quien sabe si así salgamos un poco de esta crisis, que como todo, es culpa de la negligencia de nuestros gobernantes, que bastante trabajo tienen con mangar y sacar todo lo posible, como para considerar siquiera que lo que tienen que hacer, es sacar la economía adelante.
Es cierto que muy negativa estoy hoy con mi valoración de la realidad, pues buenos profesionales hay en todas partes, y mejores personas, también. Incluso en España.
Por todas ellas, or esas personas que hacen que el país prospere y las cosas mejoren. Por los que hacen todo el trabajo en una empresa, que haberlos hailos, me quito el sombrero y les doy las gracias, pues comparado con lo que abunda, hay que reconocer, que por lo menos su mérito, vale doble.
viernes, 20 de enero de 2012
TOTALMENTE DE ACUERDO CON LA UNIVERSIDAD DE HARVARD
ME HA GUSTADO HOY TODAS ESTAS RECETAS QUE LA UNIVERSIDAD DE HARVARD DA PARA LOGRAR SER MÁS FELICES.
Las comparto con vosotros por si os pudieran servir. Yo espero, que a una servidora le sirvan
Ahí van:
TIP 1
Practica algún ejercicio (caminar, trotar, anda en bici, ir al gym, yoga, natación, etc).
Los expertos aseguran que hacer ejercicio es igual de bueno que tomar un antidepresivo para mejorar el ánimo; 30 minutos de ejercicio es el mejor antídoto contra la tristeza y el estrés.
TIP 2
Desayuna.
Algunas personas se saltan el desayuno porque no tienen tiempo o porque no quieren engordar. Estudios demuestran que desayunar te ayuda a tener energía, pensar y desempeñar exitosamente tus actividades.
TIP 3
Agradece a la vida todo lo bueno que tienes.
Escribe en un papel 10 cosas que tienes en tu vida que te dan felicidad. Cuando hacemos una lista de gratitud nos obligamos a enfocarnos en cosas buenas.
TIP 4
Se asertivo.
Pide lo que quieras y di lo que piensas. Está demostrado que ser asertivo ayuda a mejorar tu autoestima. Ser dejado y aguantar en silencio todo lo que te digan y hagan, genera tristeza y desesperanza.
TIP 5
Gasta tu dinero en experiencias, no en cosas.
Un estudio descubrió que el 75% de personas se sentían más felices cuando invertían su dinero en viajes, cursos y clases; mientras que solo el 34% dijo sentirse más feliz cuando compraba cosas. Equilibra experiencias con cosas.
TIP 6
Enfrenta tus retos.
No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. Estudios demuestran que cuanto más postergas algo que sabes que tienes que hacer, más ansiedad y tensión generas. Escribe pequeñas listas semanales de tareas a cumplir y cúmplelas.
TIP 7
Atesora tus buenos recuerdos.
Pega recuerdos bonitos, frases y fotos de tus seres queridos por todos lados. Llena tu refrigerador, tu computadora, tu escritorio, tu cuarto….TU VIDA de recuerdos bonitos.
TIP 8
Sonríe, saluda y se amable con otras personas.
Más de cien investigaciones afirman que sólo sonreír cambia el estado de ánimo.
TIP 9
Usa zapatos que te queden cómodos.
“Si te duelen los pies te pones de malas” asegura el Dr. Keinth Wapner presidente de la Asociación Americana de Ortopedia.
TIP 10
Cuida tu postura.
Caminar derecho con los hombros ligeramente hacia atrás y la vista hacia enfrente ayuda a mantener un buen estado de ánimo.
TIP 11
Escucha música.
Está comprobado que escuchar música te despierta deseos de cantar y bailar; y eso te va a alegrar la vida.
TIP 12
Vigila lo que comes pues lo que se ingiere tiene un impacto importante en el estado de ánimo.
a) Comer algo ligero cada 3-4 horas mantiene los niveles de glucosa estables, no te brinques comidas.
b) Evita el exceso de harinas blancas y el azúcar.
c) Ten una alimentación balanceada.
TIP 13
Siéntete bonita(o) guapa(o)
El 41% de las personas dicen que se sienten más felices cuando piensan que se ven bien. ¡Arréglate y ponte guapa(o)
PONEDLO EN PRÁCTICA Y LUEGO ME CONTÁIS. Y de momento, A SER FELICES.
Las comparto con vosotros por si os pudieran servir. Yo espero, que a una servidora le sirvan
Ahí van:
TIP 1
Practica algún ejercicio (caminar, trotar, anda en bici, ir al gym, yoga, natación, etc).
Los expertos aseguran que hacer ejercicio es igual de bueno que tomar un antidepresivo para mejorar el ánimo; 30 minutos de ejercicio es el mejor antídoto contra la tristeza y el estrés.
TIP 2
Desayuna.
Algunas personas se saltan el desayuno porque no tienen tiempo o porque no quieren engordar. Estudios demuestran que desayunar te ayuda a tener energía, pensar y desempeñar exitosamente tus actividades.
TIP 3
Agradece a la vida todo lo bueno que tienes.
Escribe en un papel 10 cosas que tienes en tu vida que te dan felicidad. Cuando hacemos una lista de gratitud nos obligamos a enfocarnos en cosas buenas.
TIP 4
Se asertivo.
Pide lo que quieras y di lo que piensas. Está demostrado que ser asertivo ayuda a mejorar tu autoestima. Ser dejado y aguantar en silencio todo lo que te digan y hagan, genera tristeza y desesperanza.
TIP 5
Gasta tu dinero en experiencias, no en cosas.
Un estudio descubrió que el 75% de personas se sentían más felices cuando invertían su dinero en viajes, cursos y clases; mientras que solo el 34% dijo sentirse más feliz cuando compraba cosas. Equilibra experiencias con cosas.
TIP 6
Enfrenta tus retos.
No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. Estudios demuestran que cuanto más postergas algo que sabes que tienes que hacer, más ansiedad y tensión generas. Escribe pequeñas listas semanales de tareas a cumplir y cúmplelas.
TIP 7
Atesora tus buenos recuerdos.
Pega recuerdos bonitos, frases y fotos de tus seres queridos por todos lados. Llena tu refrigerador, tu computadora, tu escritorio, tu cuarto….TU VIDA de recuerdos bonitos.
TIP 8
Sonríe, saluda y se amable con otras personas.
Más de cien investigaciones afirman que sólo sonreír cambia el estado de ánimo.
TIP 9
Usa zapatos que te queden cómodos.
“Si te duelen los pies te pones de malas” asegura el Dr. Keinth Wapner presidente de la Asociación Americana de Ortopedia.
TIP 10
Cuida tu postura.
Caminar derecho con los hombros ligeramente hacia atrás y la vista hacia enfrente ayuda a mantener un buen estado de ánimo.
TIP 11
Escucha música.
Está comprobado que escuchar música te despierta deseos de cantar y bailar; y eso te va a alegrar la vida.
TIP 12
Vigila lo que comes pues lo que se ingiere tiene un impacto importante en el estado de ánimo.
a) Comer algo ligero cada 3-4 horas mantiene los niveles de glucosa estables, no te brinques comidas.
b) Evita el exceso de harinas blancas y el azúcar.
c) Ten una alimentación balanceada.
TIP 13
Siéntete bonita(o) guapa(o)
El 41% de las personas dicen que se sienten más felices cuando piensan que se ven bien. ¡Arréglate y ponte guapa(o)
PONEDLO EN PRÁCTICA Y LUEGO ME CONTÁIS. Y de momento, A SER FELICES.
martes, 3 de enero de 2012
La abuela gruñona...
Dedicado especialmente a mis primos, sobre todo a aquellos que por ser más pequeños no la conocieron como los mayores. A ellos y al espirítu de mi abuela van dirigidas estas líneas hoy.
Era la abuela una señora de negro, con el pelo azulado, con una onda que le partía de la sien hacia atrás. Vestía siempre de luto, casi riguroso, sobre todo desde que murío Padre y se permitía tan sólo un broche de media luna, que, a menudo, se prendía en el vestido o en una bufandita negra que se ataba al cuello y descansaba encima del pecho.
Se sentaba de frente, con las piernas juntas, como las "señoritas bien" que había conocido en su infancia y como mandaba el protocolo. No llevaba maquillajes, ni disfraces, siquiera la vi ponerse la máscara de la hipocresía o la mediocridad, enfrente de las visitas.
Andaba siempre con la cara lavada con agua y jabón, con la frente despejada y las ideas claras, no como las chicas de hoy en día, con demasiados pájaros en la cabeza y la mente llena de estúpidas ideas de emancipación de la mujer y de búsqueda de una misma.
-Las mujeres están para lo que están y tontas son las que se empeñan encima en trabajar fuera de casa, pues trabajo doble les tocará. Los hombres, por mucho que les enseñemos, poco han aprendido a lavar pañales o a hacer buenos guisos, de esos de alimento.
-"Una mujer como Dios manda es lo que tienes que ser tú", me recomendaba cuando veía que no me apañaba bien con la escoba o cuando se me caía la cuchara al dar vueltas a la masa de la empanada porque, ilusa de mi, me empeñaba en hacerlo con cuchara.
-La masa se hace con las manos, decía metiendo dos grandes remos que tenía por brazos y que mecían la dichosa mezcla de un lado para otro.
Yo, en mi pequeñez, que se hacía más evidente al lado de tan augusta señora, sabía, que hiciera lo que hiciera, poco iba a gustarle a mi abuela Flora. Ella, lejos de animarme o andar con paños calientes, bien se encargaba de demostrarme que las cosas siempre se podían hacer mejor.
Sin embargo, aunque la temíamos más que a un nublado, pues armada con su estropajo, nada más vernos por la puerta, nos llevaba de cabeza al fregadero a repasarnos bien las manos, las orejas y por encima de la frente, donde el pelo encuentra su límite, no recuerdo yo vez, que de la mano de mis padres, entrando por aquella puerta grande, pesada y ornamentada de su casa en Luis de Lucena, en Guadalajara, no dejara de inhundarme la emoción por volver a verla.
A ella y al siempre enigmático Abuelo Fernando, que sentado en un sillón de orejas, con su puro en ristre y la mirada clavada en la lejanía, barajaba encima de la camilla sus cartas para hacer de nuevo otro solitario.
-"Dad un beso a Padre y a jugar al cuarto de la Sole", nos recomendaba, empujándonos hacia el señor mayor,canoso y bastante guapo que se sentaba de espaldas a la puerta y del que sólo veíamos su estela de humo.
Muy deprisa y sin mirarle siquiera, le plantábamos un beso en la mejilla al dueño de la casa, padre de nuestro progenitor y enigmático abuelo, al que jamás recuerdo dirigiéndonos la palabra.
Luego, cuando los mayores se sentaban alrededor de la camilla y los oíamos departir sobre buenas nuevas, mis hermanos y yo o bien entrábamos al cuarto de la Sole, mítica doncella, que entrada en años ya por entonces, ni recordábamos o al cuarto del tío Gonzalo y el tío Pepe.
Desempolvando las míticas caretas de esgrima que desde arriba nos miraban desafiantes o el montón de tebeos que se caían de viejos, buscábamos entre los tesoros escondidos en los armarios, algún vestigio arqueológico de nuestros mayores, de cuando eran niños, o aquellas joyas que la abuela nos había dicho que había escondido, no recordaba dónde, pero que era "trapo y no era trapo".
Enseguida, venía a buscarnos para darnos la merienda. Bocatas de medio kilómetro con mucho jamón y queso o con foi gras Mina que había que comerse tras lavarse las manos a conciencia.
Temblábamos, sobre todo mi pobre hermana, al recordar momentos dramáticos de su infancia, no tan lejanos en el tiempo, camino del baño y del famoso fregadero. Pues sabíamos de sobra que el momento de la verdad había llegado y que la inspección de manos, orejas y cara, no iba a dejar ni un churrete en su sitio.
Remangados y encomendándonos a los dioses de nuestra niñez, pasabamos revista a la inquisitiva mirada de una abuela, que no recuerdo yo que estuviera satisfecha nunca con nuestro aseo o nuestros pelos.
A fuerza de tirones y peine mojado con agua,lograba bajarle el remolino a mi hermano pequeño y a mi hermana, con no sé qué artimañas, conseguía, no sin sacarle gritos, gimoteos y lágrimas de cocodrilo, que sus ondulados cabellos se alisaran como alambres, pues era de ley en una señorita no llevar greñás y mucho menos ondas que alborotaran las ideas.
Lustrosos y doloridos, porque quien no tenía las manos peladas tenía lágrimas en los ojos, nos conducía a la cocina a merendar los bocadillos kilométricos.
De pie, no sin recomendarnos que jamás en jarras se ponen los brazos y que la frente debe estar ergida y mirando al frente, nos zampábamos las viandas, atentos a su ir y venir a una cocina con fogones de hierro, donde tenía un par de cazuelas de las que salía un olor que no he podido olvidar.
Iba y venía con un par de trapos en los pies, pues mientras andaba, no podía evitar dar brillo al suelo. Y lo hacía con tal fuerza y firmeza que tan sólo recuerdo una vez que se resbaló de tan raro empeño y de bruces vino a caerse por las escaleras. A resultas de aquella caída, no sólo se rompió una muñeca, sino quedó resentido su orgullo en más de una grieta, ya que buena reprimenda recibió de mi padre y mis tíos, pues edad no tenía ya para semejantes malabares.
Pero, si algo recuerdo de aquella mujer exigente, trabajadora, valiente y entregada a las labores de su casa, a sus hijos y nietos y empeñada como pocas en educar y enseñar a sus congéneres a hacer bien las cosas, era aquellos momentos que se permitía a si misma de descanso o de sinceridad, que tuve la suerte de compartir con ella y que atesoro como el mejor de los regalos.
Melancólica y casi siempre inspirada, parecía una niña rememorando a su abuelo Jaime, sus tiempos locamente enamorada de su primo aunque no la hiciera mucho caso o sus años de guerra, ayudando a sus vecinas a repartir leche entre las parturientas y niños de pecho, para rebañar luego el cacharro y beberse todo lo que quedara de lechera. Habitada por mi padre y una solitaria estaba ella en los últimos años de guerra, que si no se comió la tierra del suelo, fue tan sólo por la dignidad que no había perdido.
Poemas que escribió a su amado Fernando, ilusiones que nunca se hicieron realidad, como aquél viaje a Canarias que nunca hizo antes de morir y que hubiera llenado de sentido su vida. Pensamientos que compartió con su nieta, mientras me enseñaba a hacer un flan de huevo que nunca me gustó, pero que a todos volvía locos. Vida compartida en un fin de semana, que mi hermana y yo vivimos con ella y con el amado tío Gonzalo.
Por ganar el afecto de tan querido tío, mi hermana y yo competíamos por que nos prestara un poco de atención. Y si bien mi hermana lo conseguía a base de historietas, mis dibujos nunca lograron interesar a alma tan talentosa, y más de una lagrimita derramé yo en silencio, que vino a calmar la abuela, que lista como ninguna, al loro estaba de mis esfuerzos.
Mujer que no olvidaré y que no quiero recordar en sus últimos momentos, en los que cansada de la vida y sin saber muy bién quién éramos, no pudo despedirse de aquellos que tanto la admiramos en vida. Sin embargo, aún tenemos la esperanza de hacer realidad los consejos que tan útiles nos han sido en la vida.
Sirva esta entrada de blog, que la abuela nunca leería pues contraria a los tiempos y a la tecnología no supo nunca ni hacer una foto o poner la lavadora sin enfadarse con ella, lanzo mis palabras a la red para que encuentren su eco en las estrellas.
En alguna de ellas, seguramente, estará Flora sacando brillo al suelo con sus trapos en los pies.
Barriendo y haciendo la comida a su Fernando y al Tio Gilito y sin parar de regañarles porque no hacen nada a derechas.
Si miras un poco por la ventana, abuela, sabrás que hoy, tus nietos( que por cierto vamos saliendo todos adelante, por mucho que te extrañe) no te hicieron una misa por tus veinte años lejos de nuestras vidas, pero sí un merecido recuerdo entrañable te enviaron con todas aquellas frases que nos dejaste, para no olvidarte y e conviertas para quienes no te conocieron en lo que has sido siempre, en la mítica ABUELA GRUÑONA que todos adoramos.
Era la abuela una señora de negro, con el pelo azulado, con una onda que le partía de la sien hacia atrás. Vestía siempre de luto, casi riguroso, sobre todo desde que murío Padre y se permitía tan sólo un broche de media luna, que, a menudo, se prendía en el vestido o en una bufandita negra que se ataba al cuello y descansaba encima del pecho.
Se sentaba de frente, con las piernas juntas, como las "señoritas bien" que había conocido en su infancia y como mandaba el protocolo. No llevaba maquillajes, ni disfraces, siquiera la vi ponerse la máscara de la hipocresía o la mediocridad, enfrente de las visitas.
Andaba siempre con la cara lavada con agua y jabón, con la frente despejada y las ideas claras, no como las chicas de hoy en día, con demasiados pájaros en la cabeza y la mente llena de estúpidas ideas de emancipación de la mujer y de búsqueda de una misma.
-Las mujeres están para lo que están y tontas son las que se empeñan encima en trabajar fuera de casa, pues trabajo doble les tocará. Los hombres, por mucho que les enseñemos, poco han aprendido a lavar pañales o a hacer buenos guisos, de esos de alimento.
-"Una mujer como Dios manda es lo que tienes que ser tú", me recomendaba cuando veía que no me apañaba bien con la escoba o cuando se me caía la cuchara al dar vueltas a la masa de la empanada porque, ilusa de mi, me empeñaba en hacerlo con cuchara.
-La masa se hace con las manos, decía metiendo dos grandes remos que tenía por brazos y que mecían la dichosa mezcla de un lado para otro.
Yo, en mi pequeñez, que se hacía más evidente al lado de tan augusta señora, sabía, que hiciera lo que hiciera, poco iba a gustarle a mi abuela Flora. Ella, lejos de animarme o andar con paños calientes, bien se encargaba de demostrarme que las cosas siempre se podían hacer mejor.
Sin embargo, aunque la temíamos más que a un nublado, pues armada con su estropajo, nada más vernos por la puerta, nos llevaba de cabeza al fregadero a repasarnos bien las manos, las orejas y por encima de la frente, donde el pelo encuentra su límite, no recuerdo yo vez, que de la mano de mis padres, entrando por aquella puerta grande, pesada y ornamentada de su casa en Luis de Lucena, en Guadalajara, no dejara de inhundarme la emoción por volver a verla.
A ella y al siempre enigmático Abuelo Fernando, que sentado en un sillón de orejas, con su puro en ristre y la mirada clavada en la lejanía, barajaba encima de la camilla sus cartas para hacer de nuevo otro solitario.
-"Dad un beso a Padre y a jugar al cuarto de la Sole", nos recomendaba, empujándonos hacia el señor mayor,canoso y bastante guapo que se sentaba de espaldas a la puerta y del que sólo veíamos su estela de humo.
Muy deprisa y sin mirarle siquiera, le plantábamos un beso en la mejilla al dueño de la casa, padre de nuestro progenitor y enigmático abuelo, al que jamás recuerdo dirigiéndonos la palabra.
Luego, cuando los mayores se sentaban alrededor de la camilla y los oíamos departir sobre buenas nuevas, mis hermanos y yo o bien entrábamos al cuarto de la Sole, mítica doncella, que entrada en años ya por entonces, ni recordábamos o al cuarto del tío Gonzalo y el tío Pepe.
Desempolvando las míticas caretas de esgrima que desde arriba nos miraban desafiantes o el montón de tebeos que se caían de viejos, buscábamos entre los tesoros escondidos en los armarios, algún vestigio arqueológico de nuestros mayores, de cuando eran niños, o aquellas joyas que la abuela nos había dicho que había escondido, no recordaba dónde, pero que era "trapo y no era trapo".
Enseguida, venía a buscarnos para darnos la merienda. Bocatas de medio kilómetro con mucho jamón y queso o con foi gras Mina que había que comerse tras lavarse las manos a conciencia.
Temblábamos, sobre todo mi pobre hermana, al recordar momentos dramáticos de su infancia, no tan lejanos en el tiempo, camino del baño y del famoso fregadero. Pues sabíamos de sobra que el momento de la verdad había llegado y que la inspección de manos, orejas y cara, no iba a dejar ni un churrete en su sitio.
Remangados y encomendándonos a los dioses de nuestra niñez, pasabamos revista a la inquisitiva mirada de una abuela, que no recuerdo yo que estuviera satisfecha nunca con nuestro aseo o nuestros pelos.
A fuerza de tirones y peine mojado con agua,lograba bajarle el remolino a mi hermano pequeño y a mi hermana, con no sé qué artimañas, conseguía, no sin sacarle gritos, gimoteos y lágrimas de cocodrilo, que sus ondulados cabellos se alisaran como alambres, pues era de ley en una señorita no llevar greñás y mucho menos ondas que alborotaran las ideas.
Lustrosos y doloridos, porque quien no tenía las manos peladas tenía lágrimas en los ojos, nos conducía a la cocina a merendar los bocadillos kilométricos.
De pie, no sin recomendarnos que jamás en jarras se ponen los brazos y que la frente debe estar ergida y mirando al frente, nos zampábamos las viandas, atentos a su ir y venir a una cocina con fogones de hierro, donde tenía un par de cazuelas de las que salía un olor que no he podido olvidar.
Iba y venía con un par de trapos en los pies, pues mientras andaba, no podía evitar dar brillo al suelo. Y lo hacía con tal fuerza y firmeza que tan sólo recuerdo una vez que se resbaló de tan raro empeño y de bruces vino a caerse por las escaleras. A resultas de aquella caída, no sólo se rompió una muñeca, sino quedó resentido su orgullo en más de una grieta, ya que buena reprimenda recibió de mi padre y mis tíos, pues edad no tenía ya para semejantes malabares.
Pero, si algo recuerdo de aquella mujer exigente, trabajadora, valiente y entregada a las labores de su casa, a sus hijos y nietos y empeñada como pocas en educar y enseñar a sus congéneres a hacer bien las cosas, era aquellos momentos que se permitía a si misma de descanso o de sinceridad, que tuve la suerte de compartir con ella y que atesoro como el mejor de los regalos.
Melancólica y casi siempre inspirada, parecía una niña rememorando a su abuelo Jaime, sus tiempos locamente enamorada de su primo aunque no la hiciera mucho caso o sus años de guerra, ayudando a sus vecinas a repartir leche entre las parturientas y niños de pecho, para rebañar luego el cacharro y beberse todo lo que quedara de lechera. Habitada por mi padre y una solitaria estaba ella en los últimos años de guerra, que si no se comió la tierra del suelo, fue tan sólo por la dignidad que no había perdido.
Poemas que escribió a su amado Fernando, ilusiones que nunca se hicieron realidad, como aquél viaje a Canarias que nunca hizo antes de morir y que hubiera llenado de sentido su vida. Pensamientos que compartió con su nieta, mientras me enseñaba a hacer un flan de huevo que nunca me gustó, pero que a todos volvía locos. Vida compartida en un fin de semana, que mi hermana y yo vivimos con ella y con el amado tío Gonzalo.
Por ganar el afecto de tan querido tío, mi hermana y yo competíamos por que nos prestara un poco de atención. Y si bien mi hermana lo conseguía a base de historietas, mis dibujos nunca lograron interesar a alma tan talentosa, y más de una lagrimita derramé yo en silencio, que vino a calmar la abuela, que lista como ninguna, al loro estaba de mis esfuerzos.
Mujer que no olvidaré y que no quiero recordar en sus últimos momentos, en los que cansada de la vida y sin saber muy bién quién éramos, no pudo despedirse de aquellos que tanto la admiramos en vida. Sin embargo, aún tenemos la esperanza de hacer realidad los consejos que tan útiles nos han sido en la vida.
Sirva esta entrada de blog, que la abuela nunca leería pues contraria a los tiempos y a la tecnología no supo nunca ni hacer una foto o poner la lavadora sin enfadarse con ella, lanzo mis palabras a la red para que encuentren su eco en las estrellas.
En alguna de ellas, seguramente, estará Flora sacando brillo al suelo con sus trapos en los pies.
Barriendo y haciendo la comida a su Fernando y al Tio Gilito y sin parar de regañarles porque no hacen nada a derechas.
Si miras un poco por la ventana, abuela, sabrás que hoy, tus nietos( que por cierto vamos saliendo todos adelante, por mucho que te extrañe) no te hicieron una misa por tus veinte años lejos de nuestras vidas, pero sí un merecido recuerdo entrañable te enviaron con todas aquellas frases que nos dejaste, para no olvidarte y e conviertas para quienes no te conocieron en lo que has sido siempre, en la mítica ABUELA GRUÑONA que todos adoramos.
domingo, 1 de enero de 2012
Queridos Reyes Magos
Queridos Reyes Magos:
Perdonad la tardarza de mi carta, casi no llego este año. Pero, al final he encontrado un reducto en mi tiempo y os escribo desde el ordenador. Es verdad que es más romántico hacerlo con papel y pluma, pero, qué queréis, creo recordar que tenía una en alguna parte, pero no puedo recordar dónde la metí. Así que he acabado claudicando a mis tiempos y me he sentado frente a unas teclas.
No os preocupéis, aun con todo, soy la de todos los años. Un poco más mayor y más madre, pero la misma en líneas generales. Que a estas alturas de la vida, como le decía a un viejo amigo por teléfono, es un valor añadido.
Y os escribo desde aquí, desde España. Sí, hombre, ese país que va a pique y que está luchando con uñas y dientes para seguir adelante, como el resto de los países que dan al Mediterráneo, en la línea entre los países del primero y del tercer mundo, esos que bien pudieran llamarse el segundo mundo.
Bueno, pues eso, queridos Magos, que os escribe la de siempre, desde su ordenador portátil, desde el segundo mundo, en paro, con un montón de deudas y con una hipoteca que pagar todos los meses, pero contenta, porque al menos todos estamos bien y tenemos todavía ganas de celebrar la navidad.
Como este año ni tiempo he tenído para ser mala, pues entre engordar quince kilos, la acidez de estómago, las malas digestiones, las noches sin dormir con una barriga que daba patadas y luego parir a mi niño. Entre, recuperarme, perder los quince kilos, darle de comer, cambiar los pañales, quedarme sin dormir, pasarme de preocupación y de esfuerzo. Por no contaros la de juguetes que he recogido del suelo y he puesto en las estanterías, una y otra vez, o la cantidad de veces que he ido a por mi hijo mayor al cole, a casa de un amiguito a buscarle o a otro cumpleaños de uno de sus compañeros, pues he pensado que tenía derecho a pedir algo.
Por eso, y porque en el fondo siempre he sido buena persona, me he permitido pediros alguna que otra cosa que, si no os parece mal, considero que no estaría de más, que dejárais este año en mis zapatos. Los viejos marrones, esos que se le marcan el juanete, porque son de hace lo menos tres temporadas.
Este año quería pediros que no suba demasiado el IVA, ni los impuestos. Que nos rebajen más los sueldos, pues entre lo que tenemos que pagar, lo que tenemos hipotecado y lo que valen los filetes, mi pobre marido ya no da más de sí.
Yo no hago más que prescindir de las rebajas, de cambiar las alfombras o poner los muebles de mi cuarto. Voy con los vaqueros medio rotos y no me he permitido ni una mala bufanda, pues no hay presupuesto ya, pero considero que de vez en cuando llevar a los niños al cine, a comer por ahí o hacer alguna que otra escapada, no estaría mal para hacer una pausa en la rutina y en el devenir de la vida.
Así que os pediría que en cuestiones económicas, aunque andamos muy achuchaos, nos quedáramos como estamos. Pues este año, aunque hemos ido al super más barato y nos hemos privado de chocolates y fiambres variados, al menos nos ha dado el estipendio para algún que otro dispendio, y sin haberlo pretendido un pareado me ha salido...
Os pediría también que si hubiera algo más de trabajo, lo mismo hasta podría yo participar en el reparto, pues no pido yo un trabajo bien remunerado, pero unos cuantos euros más al mes, bien podrían servirnos para salir un poco más airosos adelante.
Estoy pensando que entonces me tendriáis que traer un poco más de tiempo. Tiempo para mi, para que pudiera utilizarlo para ganar algunos euros mientras cuido de un pequeñajo que ya se sale de la cuna y gatea del salón a la cocina buscando a su madre y un poco de comida.
Así que traer en el camello algo más de tiempo extra. Puestos a pedir, estoy pensando que hace año y medio que no me corto el pelo en una peluquería y más de cinco meses que no voy al ginecólogo o tres años al médico de la espalda, porque no tengo con quién dejar a los niños. Dos años que no voy al cine, ocho que no salgo con amigos y sin niños y por lo menos cinco que no voy a un spa de esos para relajarme un poco.
Vamos que, estoy pensando, que me estoy pasando un poco con las exigencias, ¿no?.
Y eso que no me he liado a pediros lo que realmente más importa, que es un poco de salud repartida para toda mi familia en este año. Entre catarros, virus que no tienen solución, dolores de espalda propios y ajenos, no levantamos cabeza el año pasado.
Como se han multiplicado las posibilidades, cuando no era Miguel el que se ponía malito y no podía ir al colegio, era su madre la que no podía llevarle o su padre el que baldado, se quedaba en cama cerca de una semana. Por no hablar de enfermedades mayores, que ni mentarlas queremos los ciudadanitos de a pie. Ni eso ni las posibles dolencias de nuestros mayores, que las abuelas algo cascadas están ya. Que les quede todavía mucha guerra que dar y nosotros que lo veamos, pues estamos entrando ya en una edad...
En fín, no me enrollo más, que tengo que hacer la cena.
Por cierto, si venís el día 6 que no sea muy pronto, por favor, que para un dia de fiesta que tenemos, nos gustaría levantarnos más allá de las siete y media, que es más o menos cuando se despierta mi hijo porque ya es de día. Quizá esté el salón hecho un desastre y los juguetes por el suelo, tened cuidado de no resbalar. Quien avisa no es traidor.
Me despido con la firme promesa de seguir escribiendo esta carta que nos obliga cada año a revisar nuestros deseos.
El primer paso para conseguirlos, quizá sea formularlos. Quien sabe si para que se hagan realidad algún día...
Un abrazo para los tres y os esperamos el día cinco.
Perdonad la tardarza de mi carta, casi no llego este año. Pero, al final he encontrado un reducto en mi tiempo y os escribo desde el ordenador. Es verdad que es más romántico hacerlo con papel y pluma, pero, qué queréis, creo recordar que tenía una en alguna parte, pero no puedo recordar dónde la metí. Así que he acabado claudicando a mis tiempos y me he sentado frente a unas teclas.
No os preocupéis, aun con todo, soy la de todos los años. Un poco más mayor y más madre, pero la misma en líneas generales. Que a estas alturas de la vida, como le decía a un viejo amigo por teléfono, es un valor añadido.
Y os escribo desde aquí, desde España. Sí, hombre, ese país que va a pique y que está luchando con uñas y dientes para seguir adelante, como el resto de los países que dan al Mediterráneo, en la línea entre los países del primero y del tercer mundo, esos que bien pudieran llamarse el segundo mundo.
Bueno, pues eso, queridos Magos, que os escribe la de siempre, desde su ordenador portátil, desde el segundo mundo, en paro, con un montón de deudas y con una hipoteca que pagar todos los meses, pero contenta, porque al menos todos estamos bien y tenemos todavía ganas de celebrar la navidad.
Como este año ni tiempo he tenído para ser mala, pues entre engordar quince kilos, la acidez de estómago, las malas digestiones, las noches sin dormir con una barriga que daba patadas y luego parir a mi niño. Entre, recuperarme, perder los quince kilos, darle de comer, cambiar los pañales, quedarme sin dormir, pasarme de preocupación y de esfuerzo. Por no contaros la de juguetes que he recogido del suelo y he puesto en las estanterías, una y otra vez, o la cantidad de veces que he ido a por mi hijo mayor al cole, a casa de un amiguito a buscarle o a otro cumpleaños de uno de sus compañeros, pues he pensado que tenía derecho a pedir algo.
Por eso, y porque en el fondo siempre he sido buena persona, me he permitido pediros alguna que otra cosa que, si no os parece mal, considero que no estaría de más, que dejárais este año en mis zapatos. Los viejos marrones, esos que se le marcan el juanete, porque son de hace lo menos tres temporadas.
Este año quería pediros que no suba demasiado el IVA, ni los impuestos. Que nos rebajen más los sueldos, pues entre lo que tenemos que pagar, lo que tenemos hipotecado y lo que valen los filetes, mi pobre marido ya no da más de sí.
Yo no hago más que prescindir de las rebajas, de cambiar las alfombras o poner los muebles de mi cuarto. Voy con los vaqueros medio rotos y no me he permitido ni una mala bufanda, pues no hay presupuesto ya, pero considero que de vez en cuando llevar a los niños al cine, a comer por ahí o hacer alguna que otra escapada, no estaría mal para hacer una pausa en la rutina y en el devenir de la vida.
Así que os pediría que en cuestiones económicas, aunque andamos muy achuchaos, nos quedáramos como estamos. Pues este año, aunque hemos ido al super más barato y nos hemos privado de chocolates y fiambres variados, al menos nos ha dado el estipendio para algún que otro dispendio, y sin haberlo pretendido un pareado me ha salido...
Os pediría también que si hubiera algo más de trabajo, lo mismo hasta podría yo participar en el reparto, pues no pido yo un trabajo bien remunerado, pero unos cuantos euros más al mes, bien podrían servirnos para salir un poco más airosos adelante.
Estoy pensando que entonces me tendriáis que traer un poco más de tiempo. Tiempo para mi, para que pudiera utilizarlo para ganar algunos euros mientras cuido de un pequeñajo que ya se sale de la cuna y gatea del salón a la cocina buscando a su madre y un poco de comida.
Así que traer en el camello algo más de tiempo extra. Puestos a pedir, estoy pensando que hace año y medio que no me corto el pelo en una peluquería y más de cinco meses que no voy al ginecólogo o tres años al médico de la espalda, porque no tengo con quién dejar a los niños. Dos años que no voy al cine, ocho que no salgo con amigos y sin niños y por lo menos cinco que no voy a un spa de esos para relajarme un poco.
Vamos que, estoy pensando, que me estoy pasando un poco con las exigencias, ¿no?.
Y eso que no me he liado a pediros lo que realmente más importa, que es un poco de salud repartida para toda mi familia en este año. Entre catarros, virus que no tienen solución, dolores de espalda propios y ajenos, no levantamos cabeza el año pasado.
Como se han multiplicado las posibilidades, cuando no era Miguel el que se ponía malito y no podía ir al colegio, era su madre la que no podía llevarle o su padre el que baldado, se quedaba en cama cerca de una semana. Por no hablar de enfermedades mayores, que ni mentarlas queremos los ciudadanitos de a pie. Ni eso ni las posibles dolencias de nuestros mayores, que las abuelas algo cascadas están ya. Que les quede todavía mucha guerra que dar y nosotros que lo veamos, pues estamos entrando ya en una edad...
En fín, no me enrollo más, que tengo que hacer la cena.
Por cierto, si venís el día 6 que no sea muy pronto, por favor, que para un dia de fiesta que tenemos, nos gustaría levantarnos más allá de las siete y media, que es más o menos cuando se despierta mi hijo porque ya es de día. Quizá esté el salón hecho un desastre y los juguetes por el suelo, tened cuidado de no resbalar. Quien avisa no es traidor.
Me despido con la firme promesa de seguir escribiendo esta carta que nos obliga cada año a revisar nuestros deseos.
El primer paso para conseguirlos, quizá sea formularlos. Quien sabe si para que se hagan realidad algún día...
Un abrazo para los tres y os esperamos el día cinco.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Santa Claus is coming to town

Me ha invitado Tio Eugenio, con su blog y su entusiamo contagioso, a participar en un reto que a mi siempre me parece apasionante. El hecho de que alguien plantee un tema y te obligue a escribir, por no quedar mal o porque te pica el gusanillo, no es algo baladí, y mucho menos si se trata de un tema navideño.
Vamos que a mi me encanta. Y si bien es cierto que tengo poco tiempo, y que encima tengo que parar mil veces y pierdo el hilo de lo que escribo, porque un pequeño mostruito de ojos claros me reclama desde su cuna, no he querido dejar pasar esta oportunidad y recojo el guante.
Así, que Maestro, tomo la alternativa y me lanzo al toro...
Tengo que contar tres cosas que me gusten y otras tres que no me gusten de estas entrañables fechas. Se me ocurre a bote pronto que son días en los que el tiempo no sólo el pasa volando, que podía ser una de esas cosas que no me gustan, sino que parece adquirir su importancia tan sólo por colorearse de rojo en los calendarios durante casi tres semanas, porque no hay colegio o la gente trata de estar de vacaciones.
Sé que siempre peco de incoherente, pero, paradójicamente es la primera cosa que sí me gusta, eso de que se sean días señalados, pues de hecho me impulsa a colorear de otro tono estos días nada más comprarme la agenda que cae cada año para Reyes y que últimamente ilustra a todo color la fotógrafa Anne Geddes,
Lo hago porque quiero creerme que es un periodo mágico, querido lector, eso de inventarse un tiempo de paz y felicidad en medio de la mediocridad, del ruido y la materialidad de nuestra era. Un hecho que nos ennoblece y nos convierte en buenas personas, buscando siempre en creernos que todo es posible y que los demás, como nosotros mismos, en el fondo, tenemos buenas intenciones y deseamos a la humanidad lo mejor.
Pero, como no podía ser de otra manera, porque humanos somos, en la mayoría de los casos, se convierte un poco en luz de gas.
Quizá porque nosotros, faltos de recursos o buen gusto, convertimos la Navidad en un reducto de paz familiar que en la mayoría de los casos ni nos convence, porque en el fondo y la superficie, sabemos que es una falacia.
Porque ¿en qué cabeza cabe que en estas ilustres fechas se reuna alrededor de una mesa a toda la familia, incluyendo al primo de Cuenca?. ¿En qué cabeza bien amueblada cabe el llevarse a los niños, primos, sobrinos, amiguitos y demás animales, al circo o a ver las iluminaciones, a tomar chocolate con churros o a aporrear una pandereta en la puerta de los vecinos, así todos juntos, sin distinguir sexo o edad?.¿Y en enfundarse una y otra vez en un vestido de fiesta y pasarse la noche y el día siguiente comiendo y bebiendo, bailando hasta casi la extenuación para convencernos de que el fin de año hay que celebrarlo por todo lo alto o si no al año siguiente lo pagaremos con la peor de las suertes?.
Por mucho que estudio la naturaleza humana y sobre todo su devenir en la Historia, no alcanzo a comprender la mayoría de los desatinos que cometemos una y otra vez en cada época del año.
Pues es algo universal, con sus toques de masoquismo, especialmente entre la especie autóctona, que lejos de atrevernos a hacer un viaje a las Bermudas, por ejemplo o un crucero por el Báltico como sería de recibo, nos empeñamos en planear un tiempo de reencuentros familiares que casi siempre acaban en tragedias.
Nos empeñamos en reunirnos todos, sin que falte nadie, en la casa de una pobre sufridora, que el cielo se gana esa noche, preparando toda clase de viandas y parabienes, que no sólo incrementan en una cuarta nuestras nutridas cinturas, sino que provocan más de una indigestión.
Enfundados con el traje del año pasado con las costuras a reventar, nos acercamos al timbre, con la bolsa de regalos y la sonrisa pintada de carmín, que decía el bueno de Perales. La anfitriona nos abre la puerta con el moño ya torcido pues el sobrinito la ha dado un mamporro con el mando de la Wii, mientras daba a la pelota y se ha cargado en un momento los cien euros de peluquería. Con cara de asco, al ver que incrementamos sus mostruitos en dos más, nos invita a pasar.
Siempre, en los sillones del salón, ocupando el mejor sitio, está esa suegra que no soportas o la cuñadita contando sus grandezas, por no contar con el cretino del primo lejano, al que arrearías un buen porrazo con la barra del turrón duro, que al verte, te besa sonoramente.
Con una sonrisa, en los postres, y sin dejar de preguntarte qué has hecho tú para merecer esto, le alargas ese premio a sus impertinencias con un regalito. Por lo bajo, cuando tu marido, que lucha a brazo partido para que los niños no tiren abajo el árbol, le aclaras que es del todo a dos euros envuelto con papel celofán con lazo y todo. Seguramente no dará el pego más que un segundo, porque ya su mujer está cuchicheando con tu cuñada, que eres de lo más agarrada, pues en el chino de abajo cuesta menos todavía.
En fin, querido lector, esa es la segunda cosa que no me gusta de la Navidad. Lo que hemos transformado los humanos este tiempo entrañable lleno de magia, para ponernos todavía más enfadados con nosotros mismos.
Me encanta que todavía queden familias que saben encontrar ese espíritu Navideño, que se reunan todos sin discutir y que pidan sillas a los vecinos y cierren la puerta de la casa a cal y canto, porque sino no caben en la mesa. Aquellos a quienes les sirven hasta los regalitos de los chinos para sacarles una sonrisa, a quienes saben ser como niños y disfrutan con ellos en la cabalgata de los Reyes, en el Cortilandia y en el cine, viendo una consabida peli de Santa Claus.
Por aquellos que saben encontrar en la Navidad un tiempo de alegría y de reconciliación familiar, yo adoro la Navidad y me reconcilio una y otra vez cada año con el género humano, con su capacidad para sorprenderme y sobre todo para generar ilusión.
Y aquí entra la tercera cosa que no me gusta de la Navidad, que es precisamente no ser yo o mis encuentros familiares ese ejemplo a seguir que ya hemos visto en las películas. Que por cuatro tonterías, una discusión familiar, un fastidioso encuentro o por gastar demasiado y que la cuesta de enero suponga más de un problema, no pueda recordar este periodo como algo más que un tiempo de comilonas que luego pagamos en el gimnasio o con recoger la casa de espumillones y llevar a rastras a un niño de vuelta al cole, cuando ya se creía que se había acabado el cole para siempre y todo iban a ser regalos.
Crear magia, inventarse la ilusión de que todo es posible estos días, reconciliarse con la humanidad y tener fuerzas hasta para creer que Papá Noel sabe si te portas bien para traerte todo eso que deseas es lo que más desearía creer en Navidad. Un tiempo mágico, especial, que los humanos necesitamos después de un año de penurias y cansado caminar sin rumbo, para seguir creyendo en algo, aunque sea en esa estrella que iluminará nuestro camino hacia la esperanza.
Eso debiera ser la Navidad y eso es lo que me encanta de ella.
...el problema es que al levantarse, a menudo con resaca o vomitando los excesos, caemos en la cuenta de la realidad supera la ficción, y que o bien vemos otra vez la mítica película de Qué bello es vivir, por enésima vez, o olvidaremos enseguida que es Navidad y que los buenos propósitos no son más que eso, propósitos.
En cuanto a pasarle el testigo a otro blog, siento comunicar a mis lectores más fieles que pocos blog sigo yo en este momento de mi vida en el que no sigo más que el llanto de mi nene cuando se acerca a mi oídos mientras limpio el desastre que el otro me ha dejado después de jugar con los juguetes que le ha dejado el bueno de Papá Noel.
No quiero desaprovechar la oportunidad para recordar que si bien Santa seguramente no viene a la ciudad, bien me gustaría creer que este año va a traernos un poco de prosperidad, esperanza y sobre todo fé para creer que las cosas van a cambiar para mejor, después de estos años de crisis y desesperanza. Tengo la certeza de que eso debiera ser este año la Navidad, por mucho que haya caído ya en las trampas que cada año me atrapan sin que pueda evitarlo.
Tras las celebraciones, el turrón, la cartilla de ahorros con telarañas y el ánimo de ver a los primos y sobrinos más mermado que el año pasado si cabe, os deseo a todos que las estrellas y las campanas que iluminan hoy las calles de nuestras ciudades y pueblos que tanto nos gustan, iluminen nuestro ánimo y nos impulsen a creer que aunque no lo parezca: lo mejor está siempre por llegar.
¡¡¡¡Feliz Navidad a todos!!!!
lunes, 19 de septiembre de 2011
Qué será de los pensamientos...

Caminando entre las hojas caídas, que ya en Septiembre, en los albores del otoño, van alfombrando el suelo, he pensado esta mañana de vuelta a casa, en una historia genial para un libro fantástico.
Me he encontrado después con Yolanda, la vecina de al lado, he cruzado con ella unas palabras para ponernos de acuerdo sobre quién irá a por los niños al colegio y luego con otra vecina que hacía tiempo no veía. Ha parado el coche y se ha acercado a ver al niño que, dormido, asomaba su cabecita por la mochila donde le llevaba colgando. Hemos cumplido con el formulario básico, dicho lo mismo de siempre: "que ya quedaremos, que no nos vemos y eso que vivimos puerta con puerta. Que queda un café pendiente para otra ocasión, pues hoy era tarde y no había mucho tiempo".
Seguro que a ambas nos ha parecido un poco absurdo esta forma de hipocresía social. La última vez que lo dijimos la excusa era mi embarazo y hoy lo es tener un bebé de casi cinco meses llorando por las esquinas y la casa hecha un desastre.
¿A dónde iría esa invitación que ambas hemos hecho y no cumpliremos?.
Luego, he hablado con mi madre por teléfono y también hemos prometido que un día iríamos al cine, a ver esa película que quitarán antes de que tengamos tiempo de dejar a los niños con alguien y de encontrar un hueco para quedar como antes. Ambas sabemos que seguramente ese propósito irá a alguna parte, pero desde luego, no se hará realidad.
Después de recoger la casa, pensar en qué hago de comer y recoger todo lo que estaba a mi alcance, he respondido unos cuantos emails, he mirado algunos correos y ofertas de trabajo que no conseguiré y he discutido con Antonio por teléfono porque no tenemos dinero ya para pagar todas las facturas y eso que no ha pasado mucho de mediados de mes.
Y me ha dado por pensar, al colgar, ¿a dónde iría esa discusión?. A dónde irían los propósitos de gastar menos, intentar ahorrar algo para comprar un cajetín para la chimenea o arreglar la puerta del baño, si de sobra sabía que al final, todo eran eso, propósitos que desaparecerán.
Cuando me he querido dar cuenta y he buscado en mi memoria, no he podido encontrar nada coherente. Mi idea genial de esta mañana se ha perdido en el marasmo de realidad que he vivido en apenas unas horas y no he sabido recuperarla.
Ya no podía recordar a la hora del té de las once a dónde había ido aquella historia, ni siquiera dónde estaría alojada en mi mente a unas horas de haber nacido. Y sin saber muy bien por qué, la he echado de menos.
Me ha dado por pensar, con una manzana en la boca, mientras Daniel dormía agotado en su cuna, después de un buen rato berreando, ¿a dónde irían sus berreos, nuestras noches sin dormir, cada nueva jornada que se repite en el tiempo y parece asimilarse a una sola?. ¿A dónde va la hipocresía social, el qué dirán de nosotros, las sensaciones vividas, el tiempo pasado?.
¿A dónde irían los pensamientos, las creaciones matutinas y las ideas geniales que no salieron del cerebro, que acabaron olvidadas en algún armario del alma o en desvanes escondidos de nuestro propio cerebro?.
¿A dónde van todos los besos que les he dado a mis hijos, las cartas de amor, las palabras que se llevó el viento pero pronunciamos y creímos ciertas?. ¿A dónde va la esperanza, los sueños que no se hicieron realidad, los anhelos?. ¿A dónde va la añoranza por el pasado perdido, la nostalgia que sentimos por personas queridas que se fueron?.
¿¿¿A dónde van los pensamientos???.
¿Qué será de nosotros sin ellos, cuando los hayamos olvidado todos, cuando se acaba nuestra vida y nos quede un minuto para pensar en ellos?.
¿Se agolparan en la puerta del alma cuando el alma se marche de nuestro cuerpo?.
¿Surgiran de la nada como si fueran nuevos y volverán a ser posibles en nuestra memoria al menos por otro momento?.
¿Alcanzarán su importancia y parecerán originales?. ¿O creeremos que todo al fin y al cabo ya estaba pensado y vuelve a repetirse para convencernos de que no hay nada de verdad que hayamos inventado nosotros, pues todo en el fondo es algo que hemos oído, recordado o hablado y habiendo caído en el olvido ha quedado en un reducto del cerebro y por algo ha salido a la superfice como si fuera nuevo?.
No sé por qué desvarío hoy sobre qué será de los pensamientos.
Supongo que me gustaría que todo este tiempo perdido, desperdiciado en cambiar los pañales a un niño o cuidarle de noche para que vuelva a dormirse o jugar con él diciendo tonterías para que se ría un poquito, hayara su eco en la estrellas.
Me gustaría que toda esa rutina, días que parecen exentos de sentido, pero que llenan más de tres cuartos de la vida de los humanos, se guardaran en un tarro que un día alguien se molestara en desenroscar, para olerlo y saborear con él un café que recordara siempre.
Que ese vivir con el piloto automático puesto, sin crear, sin hacer algo de relevancia quedaran impresos en el registro arqueológico, para que un dia, dentro de millones de años, fueran la cueva de Atapuerca donde buscamos hoy el significado perdido de nuestro propio origen.
¡¡Qué cosas piensas, amiga, cuando el cerebro dormita sobre las teclas del ordenador en lugar de en una buena cama, como Dios manda!!.
No me he dado por vencida.
He pensado en coger una caja vacía y llenarla de pensamientos. Buscar un sitio en la montaña que corona nuestro paisaje, a donde nos aventuramos con los niños a buscar piñas y leña para la chimenea en invierno, y enterrarla allí mismo.
Voy a meter un papel que ponga que iré al cine la semana que viene.
La otra será una grabación de los berreos de Daniel y un dibujo de los que hacía mi hijo cuando era pequeño.
Voy a meter una hoja del suelo alfombrado con una pisada de Miguel y sus pies pequeños. Y en otra las notas de esa novela que nunca escribí porque me daba pereza o no encontraba el momento.
Meteré también una nota de esas que nos escribíamos Antonio y yo con cualquier excusa cuando todavía éramos sólo dos.
Quizá si un día, caminado por el bosque, si recuerdo dónde la escondí, desenterraré ese tesoro y todo alcanzará su sentido. Entenderé de su importancia y quizá pueda recuperar parte de lo que fui, con tan sólo tenerlos entre mis manos. Sabré entonces lo que fue de los pensamientos y de esa rutina que hoy parece casi inservible, una vez que haya pasado el tiempo.
martes, 23 de agosto de 2011
De canicas que acaban por aparecer y pájaros que cagan morado..
Me he despertado esta mañana con un ruido seco.
Ha sonado más bien a melón cayendo desde la mesa de la cocina al suelo para romperse al menos en dos mitades. Luego ha seguido un aullido leve y prolongado que ha terminado con un me cago en el puto desorden, esto no hay quien lo aguante.
Me he levantado sin gafas y he salido al borde de la escalera. Entre tinieblas he adivinado a Antonio a mitad de camino por los escalones. Se había caído de culo.
-¿A que no adivinas dónde estaba la caniquita del niño, esa que no encontrábamos?.
Estaba claro que todo acaba por aparecer, por mucho que los duendes lo requisen. No siempre en los lugares más convenientes. Si bien estaba claro que la encontraría mi querido esposo, que es especialista en esta clase de prendas, lo que no estaba tan claro es que rodaría escaleras abajo.
Le he agarrado y ayudado a sentarse en una silla que inexplicablemente estaba vacía. No tenía ni ropa tendida y medio mojada porque ayer llovió, ni los pantalones de Miguel tirados, ni siquiera el ordenador medio abierto, como acostumbra a soportar.
Antonio gemía de dolor, pero sobre todo juraba en arameo las mismas cosas de siempre. Que así no se puede vivir, que no entiende el desorden y que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos con la realidad...
Yo no le oigo ya, o mejor dicho, no le escucho. He ido arriba descalza a por mis gafas, agarrada a las paredes de la escalera para no caerme yo también.
Las he buscado en la mesilla pero no están, y luego a tientas por el suelo, con miedo a que Daniel se despierte en su cunita y se ponga a berrear.
Con ellas puestas y ya a cuatro patas he buscado mis zapatillas y algo que echarme encima. Hace fresco a las seis de la mañana en la sierra, aunque todas las ventanas están cerradas.
Daniel me ha escuchado. Especialmente porque me he chocado de bruces con su cuna.
Ayer Antonio estuvo meciéndole a las tantas y no ha dejado en su sitio la cunita, asi que claro, entre las sombras he tropezado con él.
Berrea vigorosamente. Quiere el biberón, que si hubiera estado lleno y en su sitio, seguramente se lo habría tomado sin rechistar. Pero, efectivamente, no está ni en su sitio ni lleno, así que, ya sé lo que me toca.
Mientras berrea a lo bestia, me llama Antonio desde abajo preguntándome por el lilimento de la espalda y Miguel gime que en esta casa no puede dormir. No contesto ni a uno ni a otro y me concentro en la búsqueda de la leche de Daniel y la botella de su agua, que ni que fuera el Santo Grial.
No está en la mesilla ni en el cuarto de invitados ni en el despacho, donde a veces la pone Antonio para prepararla a las tres de la mañana.
Me bajo abajo para descubrir que inexplicablemente está en la repisa del baño y que la botella está vacía.
Encomendándome a los dioses porque Daniel y sus berridos van a despertar a los vecinos de al lado, que duermen justo pegados a su cuna, busco en el garaje una garrafa de agua mineral, porque la otra se ha acabado.
Con la garrafa en la mano, Miguel se ha presentado en la cocina sin pantalones y descalzo. Tiene fiebre y dice que tiene mucha sed, que le de Acuarius.
Dado que su padre está liado con el armario del pasillo, derrotando a las medicinas a base de mamporros, mientras busca el Calmatel para darse unas friegas en las espalda, no tengo otra opción que ponérselo antes, escuchando un berreo insoportable.
Le doy el vaso y cojo los aperos para subir arriba a hacer el biberón.
Con el bote de leche, la garrafa y con el babero en los dientes subo por la escalera traqueteando.
Daniel parece que va a perder un pulmón de tanto gritar.
Busco un mesa para apoyar la garrafa y echar el agua en la botella más pequeña, y trato de hacerlo no sin derramar agua encima de los bodys limpios de Daniel.
Echo los polvos de la leche y cierro mal el biberón, porque entre las prisas y los alaridos de mi marido que se ha tirado el café ardiendo en un pie, no sé ni cómo consigo atinar con nada.
Miguel se rie abajo viendo a su padre en pleno ataque de nervios. Daniel sin embargo no tiene tal sentido del humor.
Le encajo la tetina en la boca, acallando el berrido estridente y alcanzando un segundo de calma. Segundo porque dura poco, pronto me doy cuenta de que la leche se está derramando más en las sábanitas del niño que en su propia boca y encima se está poniendo perdido porque he olvidado el babero no sé dónde.
-"Soy un desastre de madre", le confieso a Daniel que lejos de molestarse, está muerto de risa con la boca y el cuello lleno de leche.
No querrás creerlo, pero me paso el día recogiendo juguetes, limpiando y recogiendo los desastres de la casa. No lo parece, ¿verdad, enanito?. Más me valdría esparcir el polvo y las telarañas durante el día, como Lily Monster, para que hiciera todo juego en mi mansión tétrica.
Quizá así hasta pudiera presentarla a un concurso, pienso divertida, imaginando que por un momento fuera un mérito eso de tener una casa patas arriba en lugar de una tortura que todos padecemos, no precisamente en silencio.
Daniel se toma el biberón él solito. Mientras lo hace, recojo los Playmobil que ha dejado Miguel desperdigados por el suelo. Por lo visto estaban buceando por el mar, mientras el barco estaba anclado en la bahía de la alfombrilla del baño.
Antonio no encuentra su camisa planchada, sencillamente porque no las planché ayer.
-No tuve tiempo, cariño, me disculpo, recordando que tampoco hice la cena y que acabamos comiendo una pizza que calentó él mientras trataba de dormir a Daniel porque estaba imposible.
Sin atreverse ya a reprocharme nada, se pone una arrugada y el pantalón vaquero que se sostiene solo de pie. Yo, en compensación, tampoco le reprocho que haya dejado el baño hecho un desastre, pues bastante tenemos con sobrevivir.
Cuando se marcha, no sin darme un beso y diciéndome que no me preocupe, que todo esto es eventual y que ya aprenderemos a organizarnos, miro a mi alrededor con desolación comprimida.
No recuerdo el salón recogido o de qué cólor era el sillón cuando lo compramos.
No recuerdo la vida ordenada o por lo menos con todo en su sitio.
No recuerdo una mañana sin incidentes o el armario con los vestidos colgados, las camisas planchadas y los pantalones clasificados al menos por las estaciones del año.Quizá nunca lo estuvieron, quien sabe.
Si recuerdo un tiempo en el que todo era más fácil, o por lo menos lo parecía. Mañanas donde sonaba el despertador y te ibas a trabajar sin penar más que en el metro o en qué ibas a dar en tu clase de las nueve.
No había biberones que hacer, ni juguetes por el suelo. No había canicas ni coches decorando tu salón. Dormías de un tirón y limpiabas los sábados por la mañana, sobre las doce o la una, con el aspirador y el trapo del polvo por encima de la tele y los adornos.
No es que añore esos tiempos, ahora que me veo a través de los churretes del espejo en el baño o me escondo entre camisetas amplias y vestidos sueltos que sean sufriditos, para que no se vean las manchas de babas que me deja Daniel.
O quizá sí.
Sin embargo, no tengo mucho tiempo para reflexionar. El que tengo me hace falta para seguir adelante, derrotando a las manecillas del reloj.
A eso de las once, después de la pelea con el desayuno y las camas deshechas, cuando el sol parece asomar por la ventana, a aparecido por detrás un pequeño estratega lleno de churretes. Se ha agarrado a mis piernas y casi me hace caer.
Antes de que le regañe, me explica sus razones. Viene a que juguemos a algo con la caja mágica de la imaginación. Dice que Bob Esponja se lo pasa bomba con Patricio con esas cajas que apiladas en el garage no valen ya para nada.
Dejo los cacharros del desayuno y la cena de ayer en la pila para alcanzarle una de esas cajas de los pedidos de Carrefour. Con ella nos hemos sentado en el suelo y como no cabemos, la hemos puesto como un toldo sobre la cabeza.
Daniel desde su sillita, se parte de risa porque aparecemos y desaparecemos sin que pueda explicarse cómo lo hacemos.
Mi hijo mayor me explica que Daniel quiere entrar con nosotros y lo cojo en brazos.Los tres hemos empezado el camino hacia las estrellas en una nave espacial.
Lejos ha quedado el desorden, los juguetes desperdigados, la mesa a medio poner o el biberón sin terminar. Las camas hechas donde Miguel ha saltado hasta el techo, el polvo en las estanterías y los muslos de pollo que he dejado para que se descongelen en la encimera.
Miguel pilota la nave mientras su hermano nos deleita con una charla amena que no entienden más que los alienígenas que van pasando mientras surcamos el espacio del pasillo.
De pronto, desde las cristaleras del jardín hemos visto pasar un pájaro enorme que se ha posado encima de las sábanas limpias.
Miguel ha abierto la puerta y el pobre ha echado a volar.
-Hala mamá, ha cagado morado, me dice como si tal cosa. De sobra sabemos que cuando hay moras en el monte, son las sábanas las primeras en enterarse.
Cojo el teléfono, que ha sonado más de diez veces y no lo encontraba, riéndome a carcajadas. Es mi madre.
-¿Qué tal estáis?, me pregunta extrañada, pues hay un jolgorio a este lado del hilo que no entiende.
-Pues nada, por aquí en la casa Monster, navegando entre el polvo y el desorden. Con todo patas arriba.
Mi madre se queda callada, pensando seguramente que me entiende muy bien.Que todavía recuerda aquellos tiempos en que era ella Lily Monster y nosotros sus mostruitos.
-Pero, te veo contenta, me dice extrañada, pues normalmente no es así como contesto.
-¿Qué quieres, madre?, o me asimilo al entorno o me vuelvo loca. Y yo, como tú he acabado por comprender, que no me queda otra. Por eso me río.
-¿Por eso?.
-Por eso, por las canicas que siempre acaban por aparecer y porque hemos descubierto que los pájaros cagan morado...
Ha sonado más bien a melón cayendo desde la mesa de la cocina al suelo para romperse al menos en dos mitades. Luego ha seguido un aullido leve y prolongado que ha terminado con un me cago en el puto desorden, esto no hay quien lo aguante.
Me he levantado sin gafas y he salido al borde de la escalera. Entre tinieblas he adivinado a Antonio a mitad de camino por los escalones. Se había caído de culo.
-¿A que no adivinas dónde estaba la caniquita del niño, esa que no encontrábamos?.
Estaba claro que todo acaba por aparecer, por mucho que los duendes lo requisen. No siempre en los lugares más convenientes. Si bien estaba claro que la encontraría mi querido esposo, que es especialista en esta clase de prendas, lo que no estaba tan claro es que rodaría escaleras abajo.
Le he agarrado y ayudado a sentarse en una silla que inexplicablemente estaba vacía. No tenía ni ropa tendida y medio mojada porque ayer llovió, ni los pantalones de Miguel tirados, ni siquiera el ordenador medio abierto, como acostumbra a soportar.
Antonio gemía de dolor, pero sobre todo juraba en arameo las mismas cosas de siempre. Que así no se puede vivir, que no entiende el desorden y que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos con la realidad...
Yo no le oigo ya, o mejor dicho, no le escucho. He ido arriba descalza a por mis gafas, agarrada a las paredes de la escalera para no caerme yo también.
Las he buscado en la mesilla pero no están, y luego a tientas por el suelo, con miedo a que Daniel se despierte en su cunita y se ponga a berrear.
Con ellas puestas y ya a cuatro patas he buscado mis zapatillas y algo que echarme encima. Hace fresco a las seis de la mañana en la sierra, aunque todas las ventanas están cerradas.
Daniel me ha escuchado. Especialmente porque me he chocado de bruces con su cuna.
Ayer Antonio estuvo meciéndole a las tantas y no ha dejado en su sitio la cunita, asi que claro, entre las sombras he tropezado con él.
Berrea vigorosamente. Quiere el biberón, que si hubiera estado lleno y en su sitio, seguramente se lo habría tomado sin rechistar. Pero, efectivamente, no está ni en su sitio ni lleno, así que, ya sé lo que me toca.
Mientras berrea a lo bestia, me llama Antonio desde abajo preguntándome por el lilimento de la espalda y Miguel gime que en esta casa no puede dormir. No contesto ni a uno ni a otro y me concentro en la búsqueda de la leche de Daniel y la botella de su agua, que ni que fuera el Santo Grial.
No está en la mesilla ni en el cuarto de invitados ni en el despacho, donde a veces la pone Antonio para prepararla a las tres de la mañana.
Me bajo abajo para descubrir que inexplicablemente está en la repisa del baño y que la botella está vacía.
Encomendándome a los dioses porque Daniel y sus berridos van a despertar a los vecinos de al lado, que duermen justo pegados a su cuna, busco en el garaje una garrafa de agua mineral, porque la otra se ha acabado.
Con la garrafa en la mano, Miguel se ha presentado en la cocina sin pantalones y descalzo. Tiene fiebre y dice que tiene mucha sed, que le de Acuarius.
Dado que su padre está liado con el armario del pasillo, derrotando a las medicinas a base de mamporros, mientras busca el Calmatel para darse unas friegas en las espalda, no tengo otra opción que ponérselo antes, escuchando un berreo insoportable.
Le doy el vaso y cojo los aperos para subir arriba a hacer el biberón.
Con el bote de leche, la garrafa y con el babero en los dientes subo por la escalera traqueteando.
Daniel parece que va a perder un pulmón de tanto gritar.
Busco un mesa para apoyar la garrafa y echar el agua en la botella más pequeña, y trato de hacerlo no sin derramar agua encima de los bodys limpios de Daniel.
Echo los polvos de la leche y cierro mal el biberón, porque entre las prisas y los alaridos de mi marido que se ha tirado el café ardiendo en un pie, no sé ni cómo consigo atinar con nada.
Miguel se rie abajo viendo a su padre en pleno ataque de nervios. Daniel sin embargo no tiene tal sentido del humor.
Le encajo la tetina en la boca, acallando el berrido estridente y alcanzando un segundo de calma. Segundo porque dura poco, pronto me doy cuenta de que la leche se está derramando más en las sábanitas del niño que en su propia boca y encima se está poniendo perdido porque he olvidado el babero no sé dónde.
-"Soy un desastre de madre", le confieso a Daniel que lejos de molestarse, está muerto de risa con la boca y el cuello lleno de leche.
No querrás creerlo, pero me paso el día recogiendo juguetes, limpiando y recogiendo los desastres de la casa. No lo parece, ¿verdad, enanito?. Más me valdría esparcir el polvo y las telarañas durante el día, como Lily Monster, para que hiciera todo juego en mi mansión tétrica.
Quizá así hasta pudiera presentarla a un concurso, pienso divertida, imaginando que por un momento fuera un mérito eso de tener una casa patas arriba en lugar de una tortura que todos padecemos, no precisamente en silencio.
Daniel se toma el biberón él solito. Mientras lo hace, recojo los Playmobil que ha dejado Miguel desperdigados por el suelo. Por lo visto estaban buceando por el mar, mientras el barco estaba anclado en la bahía de la alfombrilla del baño.
Antonio no encuentra su camisa planchada, sencillamente porque no las planché ayer.
-No tuve tiempo, cariño, me disculpo, recordando que tampoco hice la cena y que acabamos comiendo una pizza que calentó él mientras trataba de dormir a Daniel porque estaba imposible.
Sin atreverse ya a reprocharme nada, se pone una arrugada y el pantalón vaquero que se sostiene solo de pie. Yo, en compensación, tampoco le reprocho que haya dejado el baño hecho un desastre, pues bastante tenemos con sobrevivir.
Cuando se marcha, no sin darme un beso y diciéndome que no me preocupe, que todo esto es eventual y que ya aprenderemos a organizarnos, miro a mi alrededor con desolación comprimida.
No recuerdo el salón recogido o de qué cólor era el sillón cuando lo compramos.
No recuerdo la vida ordenada o por lo menos con todo en su sitio.
No recuerdo una mañana sin incidentes o el armario con los vestidos colgados, las camisas planchadas y los pantalones clasificados al menos por las estaciones del año.Quizá nunca lo estuvieron, quien sabe.
Si recuerdo un tiempo en el que todo era más fácil, o por lo menos lo parecía. Mañanas donde sonaba el despertador y te ibas a trabajar sin penar más que en el metro o en qué ibas a dar en tu clase de las nueve.
No había biberones que hacer, ni juguetes por el suelo. No había canicas ni coches decorando tu salón. Dormías de un tirón y limpiabas los sábados por la mañana, sobre las doce o la una, con el aspirador y el trapo del polvo por encima de la tele y los adornos.
No es que añore esos tiempos, ahora que me veo a través de los churretes del espejo en el baño o me escondo entre camisetas amplias y vestidos sueltos que sean sufriditos, para que no se vean las manchas de babas que me deja Daniel.
O quizá sí.
Sin embargo, no tengo mucho tiempo para reflexionar. El que tengo me hace falta para seguir adelante, derrotando a las manecillas del reloj.
A eso de las once, después de la pelea con el desayuno y las camas deshechas, cuando el sol parece asomar por la ventana, a aparecido por detrás un pequeño estratega lleno de churretes. Se ha agarrado a mis piernas y casi me hace caer.
Antes de que le regañe, me explica sus razones. Viene a que juguemos a algo con la caja mágica de la imaginación. Dice que Bob Esponja se lo pasa bomba con Patricio con esas cajas que apiladas en el garage no valen ya para nada.
Dejo los cacharros del desayuno y la cena de ayer en la pila para alcanzarle una de esas cajas de los pedidos de Carrefour. Con ella nos hemos sentado en el suelo y como no cabemos, la hemos puesto como un toldo sobre la cabeza.
Daniel desde su sillita, se parte de risa porque aparecemos y desaparecemos sin que pueda explicarse cómo lo hacemos.
Mi hijo mayor me explica que Daniel quiere entrar con nosotros y lo cojo en brazos.Los tres hemos empezado el camino hacia las estrellas en una nave espacial.
Lejos ha quedado el desorden, los juguetes desperdigados, la mesa a medio poner o el biberón sin terminar. Las camas hechas donde Miguel ha saltado hasta el techo, el polvo en las estanterías y los muslos de pollo que he dejado para que se descongelen en la encimera.
Miguel pilota la nave mientras su hermano nos deleita con una charla amena que no entienden más que los alienígenas que van pasando mientras surcamos el espacio del pasillo.
De pronto, desde las cristaleras del jardín hemos visto pasar un pájaro enorme que se ha posado encima de las sábanas limpias.
Miguel ha abierto la puerta y el pobre ha echado a volar.
-Hala mamá, ha cagado morado, me dice como si tal cosa. De sobra sabemos que cuando hay moras en el monte, son las sábanas las primeras en enterarse.
Cojo el teléfono, que ha sonado más de diez veces y no lo encontraba, riéndome a carcajadas. Es mi madre.
-¿Qué tal estáis?, me pregunta extrañada, pues hay un jolgorio a este lado del hilo que no entiende.
-Pues nada, por aquí en la casa Monster, navegando entre el polvo y el desorden. Con todo patas arriba.
Mi madre se queda callada, pensando seguramente que me entiende muy bien.Que todavía recuerda aquellos tiempos en que era ella Lily Monster y nosotros sus mostruitos.
-Pero, te veo contenta, me dice extrañada, pues normalmente no es así como contesto.
-¿Qué quieres, madre?, o me asimilo al entorno o me vuelvo loca. Y yo, como tú he acabado por comprender, que no me queda otra. Por eso me río.
-¿Por eso?.
-Por eso, por las canicas que siempre acaban por aparecer y porque hemos descubierto que los pájaros cagan morado...
jueves, 18 de agosto de 2011
El eco de los Templarios.
Juana miró hacia la lejanía con la mirada melancólica.
Sus informadores le habían dicho que su las huestes de su hermano Rodrigo se acercaban al galope por lontananza. Se dirigían sin duda hacia el castillo donde ella aguardaba serena.
Sabía que venía a reclamar sus derechos de sucesión y que no escatimaría en prendas contra ella con tal de que volviera a ser suyo.
No es que estuviera excesivamente preocupada. Confiaba en sus caballeros, el castillo tenía sólidas resistencias y las almenas podían albergar lo menos dos centenas de lanceros. Por si eso fuera poco, tenía el beneplácito de los Reyes y el apoyo incondicional de los señores de Castilla.
El origen de su preocupación era más bien una cuestión de conocimiento de su propio hermano. Su carácter y sobre todo de tozudez, le eran de sobra conocidos. Rodrigo no se rendiría, no acataría órdenes de nadie, ni siquiera de a quienes había prometido rendir vasallaje.
Por sus venas corría ese tipo de sangre que ansía ser derramada por el honor y la gloria de quien sabiendo que la causa bien lo merece, es incapaz de serenar su cauce.
Era sangre templaria, o al menos eso le habían dicho su entendimiento y también sus pesquisas. Juana no había escatimado en medios con tal de entender a su hermano, pero no estaba del todo segura. Y si bien su fiel ayuda de cámara, Sancho, le había espiado, nunca había sabido con certeza si estaba en lo cierto.
Sancho la había informado de sus reuniones con cierta frecuencia. Rodrigo acudía siempre disfrazado, al amparo de las sombras y jamás hablaba con nadie de tales encuentros.
Si alguna vez ella le preguntó, su hermano había sabido responder con evasivas. Juergas entre compañeros, conspiraciones secretas para urdir algún plan de conquista o simples devaneos de caballeros, que no encontrando en sus esposas alivio, se lanzaban hacia barrios de fama probada con mujerzuelas ataviadas con picos pardos.
Juana no se engañaba. Si bien nunca pudo probarlo, su corazón le decía que su hermano pertenecía a una sociedad secreta. Alguna vez, siendo niña, recordaba haber oído alguna frase intrigante: Santo Grial, secreto escondido, Maese del Temple, cosas que no acababa de comprender porque sus mayores siempre decían que eran cosas prohibidas; pecado mortal.
Su padre una vez, cansado ya de su insistencia, quiso curarla de su delirio confesándole que el Rey no permitía ya semejante órden.
Estaba en lo cierto su progenitor. Prohibida desde antaño en Castilla, los monjes guerreros se habían desperdigado por la estepa si no habían acabado muertos.
Pero, Juana sospechaba que seguían existiendo en la sombra. Que aunque en las crónicas y manuscritos se insistía en que se habían disuelto, la órden del maese Rodrigo Yánez, que entregó el castillo donde vivían ahora su familia y descendientes, los nobles Osorio, no había desaparecido del todo.
Fue en el siglo XIV, un siglo antes de que Juana mirara aquel atardecer por la ventana, pero aún escuchaba el eco de aquellos lamentos.
Desde la ventana de la Torre del Homenaje, viendo la villa de Ponferrada apagar sus velas y empezar su jornada de sueño, escuchaba el susurro del viento, que aún lloraba la muerte de aquellos hombres santos que prefirieron morir que entregar su secreto.
Rodrigo Yánez le susurraba al oído que jamás se rendirían, que jamás aceptarían el chantaje de la iglesia y mucho menos de la mano ejecutora que sacaría provecho.
Juana apenas podía entender a qué se refería Rodrigo, que curiosamente, tenía el mismo nombre que su hermano.
Pero, sentía con violencia su tozudez, su insistencia. Intuía en su alma blanca y pura que nada era más importante que mantener un secreto, luchar por lo que se desea y morir si hace falta en el intento.
Era escalofriante recordar las palabras de su propio hermano.
Quizá su hermano no quería el castillo como ella suponía. Deseaba desentrañar un secreto, algo oculto, escondido, enterrado desde antaño para no ser descubierto.
Juana, que teniendo fama de bruja entre sus familiares, demasiado ciegos para comprender que una mujer también tenía la facultad de pensar con la cabeza, supuso, mirando el astro brillante claudicar a su suerte diaria, que su morada debía ser interesante en más de un sentido.
El lugar donde había nacido y crecido, corrido y jugado con su hermano, escondiéndose de sus mayores, albergaba algo más que viejos libros, vestiduras de Templario y la crónica de aquellos caballeros monjes. Aquellos muros descoloridos y fuertes, que habían soportado más de un asedio, escondían el eco de voces que había silenciado el tiempo, secretos que no debían ver la luz.
Quizá su hermano sí sabía de qué se trataba, o quizá todavía no, pero presuponía que era extremadamente importante.Quizá por ello se había enfrentado a reyes, a voluntades paternas e incluso a ella misma. Y necesitaba entrar en el castillo, recuperar su identidad perdida. Recuperar ese secreto le llevaría por el camino recto hasta conseguirlo.
Rodrigo no se detendría, no dejaría de luchar, no claudicaría hasta la muerte, resolvió viendo aparecer a los primeros caballos ondeando el pendón de su familia.
El capitan de la guardia estaba esperando a su espalda. Había olído su fuerte olor corporal antes de escuchar sus palabras.
-Milady, todo preparado. Esperando que dé la orden para prestar batalla.
Juana tragó saliva un segundo antes de darse la vuelta.
Incomprensiblemente no era capaz de pronunciar palabra.
El capitán iba a volver a hablar cuando Juana pronunció una frase incomprensible.
-No opongan resistencia. Que un emisario traiga a mi hermano al castillo para parlamentar.
-Pero, señora, ya hemos agotado todos los cauces diplomáticos, su hermano no querrá pactar nada más que la derrota incondicional del castillo.
Juana lo sabía de sobra, su hermano había querido siempre ese Santo Grial que por una razón u otra, creía emparedado entre los muros del castillo.
Ella nunca había buscado tan grande honor o tan osada prebenda, quizá su vida carecía de gran sentido por ello.
-Déjenle entrar, yo hablaré con él por última vez...
Las crónicas de la época, hablaron de un asedio que sin cobrarse víctimas, rindió el castillo de Juana de Osorio. En su lugar, su hermano Rodrigo ocupó la plaza durante meses.
Dicen que su victoria no tardó en vengarse. Los Reyes Católicos no pudieron permitir que su dueña legítima no cumpliera la voluntad de su verdadero señor y le fueran devueltos sus bienes, como Dios manda.
De Rodrigo nunca más se supo. Si acaso fue visto, en tierra Santa sería el sitio donde seguramente habría encontrado lo que había ansiado toda su vida. Su ansiado Santo Grial.
Sus informadores le habían dicho que su las huestes de su hermano Rodrigo se acercaban al galope por lontananza. Se dirigían sin duda hacia el castillo donde ella aguardaba serena.
Sabía que venía a reclamar sus derechos de sucesión y que no escatimaría en prendas contra ella con tal de que volviera a ser suyo.
No es que estuviera excesivamente preocupada. Confiaba en sus caballeros, el castillo tenía sólidas resistencias y las almenas podían albergar lo menos dos centenas de lanceros. Por si eso fuera poco, tenía el beneplácito de los Reyes y el apoyo incondicional de los señores de Castilla.
El origen de su preocupación era más bien una cuestión de conocimiento de su propio hermano. Su carácter y sobre todo de tozudez, le eran de sobra conocidos. Rodrigo no se rendiría, no acataría órdenes de nadie, ni siquiera de a quienes había prometido rendir vasallaje.
Por sus venas corría ese tipo de sangre que ansía ser derramada por el honor y la gloria de quien sabiendo que la causa bien lo merece, es incapaz de serenar su cauce.
Era sangre templaria, o al menos eso le habían dicho su entendimiento y también sus pesquisas. Juana no había escatimado en medios con tal de entender a su hermano, pero no estaba del todo segura. Y si bien su fiel ayuda de cámara, Sancho, le había espiado, nunca había sabido con certeza si estaba en lo cierto.
Sancho la había informado de sus reuniones con cierta frecuencia. Rodrigo acudía siempre disfrazado, al amparo de las sombras y jamás hablaba con nadie de tales encuentros.
Si alguna vez ella le preguntó, su hermano había sabido responder con evasivas. Juergas entre compañeros, conspiraciones secretas para urdir algún plan de conquista o simples devaneos de caballeros, que no encontrando en sus esposas alivio, se lanzaban hacia barrios de fama probada con mujerzuelas ataviadas con picos pardos.
Juana no se engañaba. Si bien nunca pudo probarlo, su corazón le decía que su hermano pertenecía a una sociedad secreta. Alguna vez, siendo niña, recordaba haber oído alguna frase intrigante: Santo Grial, secreto escondido, Maese del Temple, cosas que no acababa de comprender porque sus mayores siempre decían que eran cosas prohibidas; pecado mortal.
Su padre una vez, cansado ya de su insistencia, quiso curarla de su delirio confesándole que el Rey no permitía ya semejante órden.
Estaba en lo cierto su progenitor. Prohibida desde antaño en Castilla, los monjes guerreros se habían desperdigado por la estepa si no habían acabado muertos.
Pero, Juana sospechaba que seguían existiendo en la sombra. Que aunque en las crónicas y manuscritos se insistía en que se habían disuelto, la órden del maese Rodrigo Yánez, que entregó el castillo donde vivían ahora su familia y descendientes, los nobles Osorio, no había desaparecido del todo.
Fue en el siglo XIV, un siglo antes de que Juana mirara aquel atardecer por la ventana, pero aún escuchaba el eco de aquellos lamentos.
Desde la ventana de la Torre del Homenaje, viendo la villa de Ponferrada apagar sus velas y empezar su jornada de sueño, escuchaba el susurro del viento, que aún lloraba la muerte de aquellos hombres santos que prefirieron morir que entregar su secreto.
Rodrigo Yánez le susurraba al oído que jamás se rendirían, que jamás aceptarían el chantaje de la iglesia y mucho menos de la mano ejecutora que sacaría provecho.
Juana apenas podía entender a qué se refería Rodrigo, que curiosamente, tenía el mismo nombre que su hermano.
Pero, sentía con violencia su tozudez, su insistencia. Intuía en su alma blanca y pura que nada era más importante que mantener un secreto, luchar por lo que se desea y morir si hace falta en el intento.
Era escalofriante recordar las palabras de su propio hermano.
Quizá su hermano no quería el castillo como ella suponía. Deseaba desentrañar un secreto, algo oculto, escondido, enterrado desde antaño para no ser descubierto.
Juana, que teniendo fama de bruja entre sus familiares, demasiado ciegos para comprender que una mujer también tenía la facultad de pensar con la cabeza, supuso, mirando el astro brillante claudicar a su suerte diaria, que su morada debía ser interesante en más de un sentido.
El lugar donde había nacido y crecido, corrido y jugado con su hermano, escondiéndose de sus mayores, albergaba algo más que viejos libros, vestiduras de Templario y la crónica de aquellos caballeros monjes. Aquellos muros descoloridos y fuertes, que habían soportado más de un asedio, escondían el eco de voces que había silenciado el tiempo, secretos que no debían ver la luz.
Quizá su hermano sí sabía de qué se trataba, o quizá todavía no, pero presuponía que era extremadamente importante.Quizá por ello se había enfrentado a reyes, a voluntades paternas e incluso a ella misma. Y necesitaba entrar en el castillo, recuperar su identidad perdida. Recuperar ese secreto le llevaría por el camino recto hasta conseguirlo.
Rodrigo no se detendría, no dejaría de luchar, no claudicaría hasta la muerte, resolvió viendo aparecer a los primeros caballos ondeando el pendón de su familia.
El capitan de la guardia estaba esperando a su espalda. Había olído su fuerte olor corporal antes de escuchar sus palabras.
-Milady, todo preparado. Esperando que dé la orden para prestar batalla.
Juana tragó saliva un segundo antes de darse la vuelta.
Incomprensiblemente no era capaz de pronunciar palabra.
El capitán iba a volver a hablar cuando Juana pronunció una frase incomprensible.
-No opongan resistencia. Que un emisario traiga a mi hermano al castillo para parlamentar.
-Pero, señora, ya hemos agotado todos los cauces diplomáticos, su hermano no querrá pactar nada más que la derrota incondicional del castillo.
Juana lo sabía de sobra, su hermano había querido siempre ese Santo Grial que por una razón u otra, creía emparedado entre los muros del castillo.
Ella nunca había buscado tan grande honor o tan osada prebenda, quizá su vida carecía de gran sentido por ello.
-Déjenle entrar, yo hablaré con él por última vez...
Las crónicas de la época, hablaron de un asedio que sin cobrarse víctimas, rindió el castillo de Juana de Osorio. En su lugar, su hermano Rodrigo ocupó la plaza durante meses.
Dicen que su victoria no tardó en vengarse. Los Reyes Católicos no pudieron permitir que su dueña legítima no cumpliera la voluntad de su verdadero señor y le fueran devueltos sus bienes, como Dios manda.
De Rodrigo nunca más se supo. Si acaso fue visto, en tierra Santa sería el sitio donde seguramente habría encontrado lo que había ansiado toda su vida. Su ansiado Santo Grial.
viernes, 5 de agosto de 2011
Conversaciones con el Tajo
Entre el cielo y el suelo, navegando con los veleros que surcan el Tajo y con la mente abstraída de todo, he aprendido a hacer un hueco al silencio. He aprendido a surcar los océanos con la mente, a caminar descalza por el césped o a escuchar la voz de mis adentros, sin escuchar las voces que a mi lado se hacen sordas y pequeñas,por mucho que me importen.
No tiene mucho mérito. Yo creo que es una habilidad que desarrollamos las madres por instinto. De otra manera, nos volveríamos locas. Locas por el sonido estridente de los juguetes que pitan sin parar, por la voz chillona de un mico de cinco años que cuenta lo mismo más de cien veces o el berreo de un bebé que para expresarse, martillea tu mente y tus pobres tímpanos, porque no sabe hacerlo de otra manera.
Quizá por ello, porque ya había abierto un hueco a mi silencio, encontré la manera de desconectarme de Miguel que me agarraba cada vez que escalaba la pared hasta mí para tirarse por el otro lado o del berreo de Daniel, que pedía un biberón y su padre le preparó a orillas del Tajo, en la misma Plaza de Comercio de Lisboa.
En ese silencio escuché el eco de la voz del Tajo.
-Ya estás de vuelta, amiga, me dijo con su tono profundo y sereno.
-Son muchas veces ya, le dije feliz, complacida al comprobar que me había reconocido por mucho que había cambiado. En el fondo las golondrinas aprenden nuestros nombres, quise decirle al señor Bécker, al escuchar que me llamaba por mi nombre.
Con la imaginación, abriendo una pantalla invisible que ambos podíamos compartir, me vi la primera vez que me asomé a sus aguas.
No fue una vista muy agradable, pues me asomé al mismo balcón que ahora compartía con mis hijos, para echar la pota, como se dice ahora vulgarmente.
Fue hace casi veinte años, reconocí ruborizada al río, a medio camino entre la verguenza de mi inoportunidad y la coquetería, pues aún tenemos la esperanza las cuarentonas de parecer un poco jóvenes todavía.
Era la primera vez que pisaba Portugal. Fue en un viaje organizado, de esos que hacíamos mi hermana y yo cada verano, empeñadas como estábamos en ver el mundo y sus rincones. Ahorrábamos todo el año y si las notas no eran malas, nuestro padre completaba el resto del importe. Nos pasábamos al menos quince días traqueteando en autobus por la vieja Europa, divisando desde la ventanilla los cientos de paisajes que, al menos yo, jamás he olvidado y que me hicieron creerme, un poco más, lo que ya Sócrates denominó: ciudadana del mundo.
Llegando al Tajo, después de una noche en blanco de Fados y discoteca, mi maltrecho estómago no pudo soportar la visión de un Lisboa sucio y polvoriento, horadado por tranvías que ahujereaban sus suelos empedrados y sus casas con la ropa tendida y grisacea por todas partes.
Hube de reconciliarme con Lisboa, y sobre todo contigo, Tajo, años después, cuando me acerqué de nuevo a tus aguas, a la altura de Belem. Entonces ya era otra persona. Intentaba explicarle a mi amiga Athiná, griega de nacimiento y políglota por añadidura, la diferencia que existe entre el verbo ser y estar en español, que tanto trabajo cuesta diferenciar a los extranjeros.
En animada charla (que por cierto, he vuelto a repetir en contadas ocasiones), con la mochila en la espalda y los pies colgando de un bordillo, debajo del Momumento a los Descubridores, me miré en tus aguas por primera vez.
Joven todavía, aventurera de nacimiento y descubridora de mi misma en los rincones que iba visitando, me reconocí sóla y sin identidad definida.
Amiga de personas diferentes, que me ofrecían visiones diferentes del mundo. Deseosa de descubrir entre los restos olvidados de una ciudad perdida, una parte de mi misma. Garabateando mis pensamientos en hojas de cuadritos que acababa perdiendo siempre, reconocí ante tus aguas que me faltaba una parte de mi misma que completara mi mitad.
Tardé mucho tiempo en encontrar esa mitad. Tanto que todo se volvió doblemente especial al volver a tus aguas. Era incapaz de recordar la ciudad polvorienta y caduca que había adivinado en mis anteriores viajes, para convertirla en el rincón del mundo más romántico y apasionado que había visto jamás.
Sin el dolor de pies que ahora me acompaña, de la mano de la pasión, la ilusión y el amor recién redescubierto, recorrimos de la mano andando parte de tu cauce, sin reparar en que anochecía y que la oscuridad se abría paso entre las nubes encarnadas y el sol se ponía por fin.
Encendiste tus velas y un violín parecía sonar en la lejanía. Ya no me miré en tus aguas sino en los ojos de quien habiendo entendido que tenía que traerme precisamente hasta ahí, se instalaba a sus anchas en mi corazón, para siempre.
Feliz, di gracias a tus aguas. Y te prometí volver con nuevas buenas, de una vida que prometía encauzar sus aguas por derroteros que siempre quise recorder y reconocí hacía largos años, cuando hablaba mitad español y el resto en inglés con mi amiga griega.
Cumplí mi promesa con la llegada de mi primer hijo y también ahora, con la llegada del segundo, y entre medias, vine a llorar la pérdida, la ausencia, el dolor contenido por la decepción y sobre todo la sensación de fracaso, cuando la vida se encargó en demostrarme con toda su crudeza, que nada es tan bonito como en los sueños que creemos que se hacen realidad.
He sido soltera, soñadora, princesa de cuento que viene con su caballero. Madre de familia, doliente pensadora y dolorida con la vida y los demás, mirándome en tus aguas. Siempre la misma, por mucho que cambiara el color de mi pelo, mis gafas que ahora me identifican, mi condición personal o mis sueños.
Tú has sabido siempre reconocer entre el barullo de turistas, mi presencia. Reconocer mi eco silencioso y lejano invocando el espíritu de un río bravo e imponente, que sabe que acaba su camino unos pocos kilómetros allá, muriendo en el mar.
Y hoy, asomada de nuevo al balcón de tus flancos, con la mirada fija en el horizonte, he girado la cabeza para comprobar, que los ojos de una mujer mayor me miraban con ternura. Con su moño plateado y una sonrisa de oreja a oreja, detrás de Antonio, que tranquilo, estaba concentrado en el biberón de Daniel, me miraba fijamente, sujetando a Miguel que por enésima vez subía por las piedras salientes del otro lado y pasaba por encima de mis rodillas para caer al suelo y cumplir su misión secreta.
-"Congratulations for this beatifull family"-se acercó a decirnos con un fuerte acento que no supe si era flamenco o alemán.
Sí que es beatifull, sí, quise decirle a la mujer, pero me quedé a medio camino, tratando de comerme el nudo que apretaba mi garganta con la fuerza de la emoción.
Hubiera pensado que sólo el río y yo compartíamos mi felicidad, pero me equivocaba.
A mi lado, mi compañero de fatigas, áquel que me acompañaba siempre, intuyó que en un momento, yo había vuelto a reconciliarme con mi misma y con mi vida, como tantas veces.
-Volveremos pronto, ya verás- me dijo guiñándome un ojo.
Aquí o a tantos otros lugares mágicos que te recuerdan todavía.
-Me recuerdan...-dije emocionada, con lágrimas en los ojos.Recordando que se equivocaba el poeta, que las oscuras golondrinas que recuerdan nuestos nombres, sí volveran...
No tiene mucho mérito. Yo creo que es una habilidad que desarrollamos las madres por instinto. De otra manera, nos volveríamos locas. Locas por el sonido estridente de los juguetes que pitan sin parar, por la voz chillona de un mico de cinco años que cuenta lo mismo más de cien veces o el berreo de un bebé que para expresarse, martillea tu mente y tus pobres tímpanos, porque no sabe hacerlo de otra manera.
Quizá por ello, porque ya había abierto un hueco a mi silencio, encontré la manera de desconectarme de Miguel que me agarraba cada vez que escalaba la pared hasta mí para tirarse por el otro lado o del berreo de Daniel, que pedía un biberón y su padre le preparó a orillas del Tajo, en la misma Plaza de Comercio de Lisboa.
En ese silencio escuché el eco de la voz del Tajo.
-Ya estás de vuelta, amiga, me dijo con su tono profundo y sereno.
-Son muchas veces ya, le dije feliz, complacida al comprobar que me había reconocido por mucho que había cambiado. En el fondo las golondrinas aprenden nuestros nombres, quise decirle al señor Bécker, al escuchar que me llamaba por mi nombre.
Con la imaginación, abriendo una pantalla invisible que ambos podíamos compartir, me vi la primera vez que me asomé a sus aguas.
No fue una vista muy agradable, pues me asomé al mismo balcón que ahora compartía con mis hijos, para echar la pota, como se dice ahora vulgarmente.
Fue hace casi veinte años, reconocí ruborizada al río, a medio camino entre la verguenza de mi inoportunidad y la coquetería, pues aún tenemos la esperanza las cuarentonas de parecer un poco jóvenes todavía.
Era la primera vez que pisaba Portugal. Fue en un viaje organizado, de esos que hacíamos mi hermana y yo cada verano, empeñadas como estábamos en ver el mundo y sus rincones. Ahorrábamos todo el año y si las notas no eran malas, nuestro padre completaba el resto del importe. Nos pasábamos al menos quince días traqueteando en autobus por la vieja Europa, divisando desde la ventanilla los cientos de paisajes que, al menos yo, jamás he olvidado y que me hicieron creerme, un poco más, lo que ya Sócrates denominó: ciudadana del mundo.
Llegando al Tajo, después de una noche en blanco de Fados y discoteca, mi maltrecho estómago no pudo soportar la visión de un Lisboa sucio y polvoriento, horadado por tranvías que ahujereaban sus suelos empedrados y sus casas con la ropa tendida y grisacea por todas partes.
Hube de reconciliarme con Lisboa, y sobre todo contigo, Tajo, años después, cuando me acerqué de nuevo a tus aguas, a la altura de Belem. Entonces ya era otra persona. Intentaba explicarle a mi amiga Athiná, griega de nacimiento y políglota por añadidura, la diferencia que existe entre el verbo ser y estar en español, que tanto trabajo cuesta diferenciar a los extranjeros.
En animada charla (que por cierto, he vuelto a repetir en contadas ocasiones), con la mochila en la espalda y los pies colgando de un bordillo, debajo del Momumento a los Descubridores, me miré en tus aguas por primera vez.
Joven todavía, aventurera de nacimiento y descubridora de mi misma en los rincones que iba visitando, me reconocí sóla y sin identidad definida.
Amiga de personas diferentes, que me ofrecían visiones diferentes del mundo. Deseosa de descubrir entre los restos olvidados de una ciudad perdida, una parte de mi misma. Garabateando mis pensamientos en hojas de cuadritos que acababa perdiendo siempre, reconocí ante tus aguas que me faltaba una parte de mi misma que completara mi mitad.
Tardé mucho tiempo en encontrar esa mitad. Tanto que todo se volvió doblemente especial al volver a tus aguas. Era incapaz de recordar la ciudad polvorienta y caduca que había adivinado en mis anteriores viajes, para convertirla en el rincón del mundo más romántico y apasionado que había visto jamás.
Sin el dolor de pies que ahora me acompaña, de la mano de la pasión, la ilusión y el amor recién redescubierto, recorrimos de la mano andando parte de tu cauce, sin reparar en que anochecía y que la oscuridad se abría paso entre las nubes encarnadas y el sol se ponía por fin.
Encendiste tus velas y un violín parecía sonar en la lejanía. Ya no me miré en tus aguas sino en los ojos de quien habiendo entendido que tenía que traerme precisamente hasta ahí, se instalaba a sus anchas en mi corazón, para siempre.
Feliz, di gracias a tus aguas. Y te prometí volver con nuevas buenas, de una vida que prometía encauzar sus aguas por derroteros que siempre quise recorder y reconocí hacía largos años, cuando hablaba mitad español y el resto en inglés con mi amiga griega.
Cumplí mi promesa con la llegada de mi primer hijo y también ahora, con la llegada del segundo, y entre medias, vine a llorar la pérdida, la ausencia, el dolor contenido por la decepción y sobre todo la sensación de fracaso, cuando la vida se encargó en demostrarme con toda su crudeza, que nada es tan bonito como en los sueños que creemos que se hacen realidad.
He sido soltera, soñadora, princesa de cuento que viene con su caballero. Madre de familia, doliente pensadora y dolorida con la vida y los demás, mirándome en tus aguas. Siempre la misma, por mucho que cambiara el color de mi pelo, mis gafas que ahora me identifican, mi condición personal o mis sueños.
Tú has sabido siempre reconocer entre el barullo de turistas, mi presencia. Reconocer mi eco silencioso y lejano invocando el espíritu de un río bravo e imponente, que sabe que acaba su camino unos pocos kilómetros allá, muriendo en el mar.
Y hoy, asomada de nuevo al balcón de tus flancos, con la mirada fija en el horizonte, he girado la cabeza para comprobar, que los ojos de una mujer mayor me miraban con ternura. Con su moño plateado y una sonrisa de oreja a oreja, detrás de Antonio, que tranquilo, estaba concentrado en el biberón de Daniel, me miraba fijamente, sujetando a Miguel que por enésima vez subía por las piedras salientes del otro lado y pasaba por encima de mis rodillas para caer al suelo y cumplir su misión secreta.
-"Congratulations for this beatifull family"-se acercó a decirnos con un fuerte acento que no supe si era flamenco o alemán.
Sí que es beatifull, sí, quise decirle a la mujer, pero me quedé a medio camino, tratando de comerme el nudo que apretaba mi garganta con la fuerza de la emoción.
Hubiera pensado que sólo el río y yo compartíamos mi felicidad, pero me equivocaba.
A mi lado, mi compañero de fatigas, áquel que me acompañaba siempre, intuyó que en un momento, yo había vuelto a reconciliarme con mi misma y con mi vida, como tantas veces.
-Volveremos pronto, ya verás- me dijo guiñándome un ojo.
Aquí o a tantos otros lugares mágicos que te recuerdan todavía.
-Me recuerdan...-dije emocionada, con lágrimas en los ojos.Recordando que se equivocaba el poeta, que las oscuras golondrinas que recuerdan nuestos nombres, sí volveran...
lunes, 23 de mayo de 2011
Dormidos
Llevo unos días dormida. Dormida hago el café y dormida hoy le he tirado por encima a mi hijo el biberón, porque se me ha olvidado ponerle la tapa y la tetina, y cuando he ido a incrustárselo en la boca, dormida, claro, me ha despertado un berrido estridente a las cinco y cuarto de la mañana, porque mi hijo, curiosamente, no estaba tan dormido y quería comer, pero no a caño gordo.
-Perdona, hijo, es que estaba dormida, me disculpo.
Dormida. Dormida me levanto y me acuesto por la noche. En el intervalo entre la cama de la mañana y la de la noche, apenas recuerdo cuatro cosas. Hacer el desayuno, la comida y la cena, dar de comer a mis hijos, mascullar alguna respuesta a mi marido cuando me habla y contestar el teléfono con alguna incoherencia, pues quien me llama suele preguntarme una y otra vez, qué digo, que apenas se entiende.
Debo hacer algo más, porque la vida sigue su curso, mi bebé está precioso en su cunita, limpito y ha comido ya, y las cosas siguen pasando en el mundo, incomprensiblemente para mi, porque el tiempo y el espacio parecen haberse detenido en mi morada, querido lector.
Sin embargo, están pasando cosas en este país, he leído por ahí en alguna parte. Me ha parecido escucharlo en la radio y en la tele, cuando mi hijo deja un espacio entre Bob Esponja y las Pop pixies, para dejarnos ver un rato el telediario, cuando le castigamos porque se niega a tomar la tortilla para cenar.
Entre sueños, protestas de mi hijo y lloriqueos del pitufo que se queja en su cuna, he creído entender que España se está movilizando, que la gente se ha lanzado a la calle con su maleta de reivindicaciones y sobre todo con su cargamento de indignación, para acampar en las plazas públicas y denunciar la situación en que vivimos, que parece que, mientras estaba yo dormida, ha pasado a ser más de castaño oscuro.
Los jóvenes, los parados, que suman ya casi cinco millones, que se dice pronto. Los que han perdido sus casas y siguen pagando la hipoteca, que tiene bemoles la cosa. Los que pagan impuestos abusivos, los que no llegan a fin de mes. Los que han perdido el trabajo después de veinte años, los que tienen que quedarse hasta las tantas porque si no no te contratan más. Los que ya no van al cine o a la moda y se conforman con campear el temporal, los que no saben ya qué votar porque son todos unos mangantes.
Los funcionarios y los de la economía sumergida, los que ya no reciben su pensión o les han recortado el sueldo y ya no pueden asumir las facturas que se acumulan en su basura, para tratar de ignorar que en el banco, ya no les hacen reverencias o les ofrecen otra hipoteca, sino que ahora los llaman morosos...
Los que estamos dormidos y los despiertos, los que son jóvenes y los más mayores.
Los de derechas y los de izquierdas, los más radicales y los más razonables.
Vamos, que, menos la Duquesa de Alba que anda pensando en si casarse o no con un hombre veinte años menor, porque la mujer no sabe ya en qué ocuparse, y los cuatro famosos que se pelean embarrados en la isla por un puñado de monedas, creo que allí debiéramos estar todos, pues se me ocurre que al menos un noventa por ciento del personal, en éste país, está más indignado que nunca, porque en el colmo de la agonía, encima hay quien pretende convencernos de que todo esto es culpa nuestra.
Como no tengo yo cabeza ahora para comprender, me derrumbo encima de la mesa mientras me dan datos en la tele. Campamentos organizados, reuniones, manifestaciones y manifiestos proponiendo posibles soluciones. Algún que otro cabeza de chorlito que no dice nada coherente, al lado de una señorita muy razonable que apela a la paz y a la negociación antes de que vengan los militares a sacarlos de allí a gorrazos.
Me duermo en directo a las doce de la noche, cuando el gobierno ha declarado que no permite a los indignados dormir en la puerta del sol una noche más.
Sueño que Zapatero sale corriendo a refugiarse en la Moncloa.
-No pasarán, grita cerrando las puertas,advirtiendo a sus hijas que de alli no le sacan un grupo de locos, ni con agua caliente.
Los políticos mientras tanto van metiendo en el saco todo lo que encuentran. Las lámparas del palacio, el reloj de época y los fondos reservados que ya requisaron por si la cosa se ponía fea.
-Un poco de tiempo, reclaman ingénuos al populacho, que armado de sartenes, hachas para cortar la leña y escopetas de perdigones, les persigue hasta la misma entrada del Palacio, para que reaccionen y al menos dejen el poder en otras manos.
-¿Pero qué piden?, pregunta ignorante la vicepresidenta a un Zapatero aferrado a las cortinas del salón dorado que no quiere abandonar ni atado. Convencida que con las reformas que han introducido en el empleo, con las ayudas a los parados y con la noche en la que abren los museos, son suficientes para el vulgo desagradecido, que con tal de montar el pollo se inventa lo que sea.
-Pues un poco de dignidad, señora, responde un camionero que con cuatro hijos paga su hipoteca y vive con los suegros porque los embargaron hace ya dos años.
Me despierto a tiempo para que no revienten las puertas de la Moncloa los cientos de indignados que corean a unísono que caigan las barricadas, que bastante dormidos hemos estado ya, para no denunciar antes la vida que llevamos, aguantando lo que nos echen y encima contentos porque el año pasado ganamos el mundial.
-¿Qué ha pasado con los insurrectos?, le pregunto a mi marido,que sonámbulo le da el biberón al pitufo que asoma sus ojitos para mirarme asombrado.
Como está dormido, ni entiende lo que digo, farfulla que me duerma otra vez, qué más vale dormirse para no ver la realidad que nos envuelve y nos confunde.
Como dos marmotas, nos quedamos dormidos, abrazados, ajenos a las elecciones y a los gritos de protesta. A sabiendas de que precisamente por estar dormidos, atontados y sin querer saber, han aprovechado otros para sacar partido y hasta los higadillos a todos nosotros, ahora que dicen que hay tanta crisis.
Que tontos somos, me da tiempo a reflexionar. Quisiera despertar, despertar a los que como yo viven el día a día, apostando por sobrevivir con las condiciones que se presenten. Sobreviviendo a la rutina, a lo que tenemos y lo que nos han quitado, a lo que ya no es para nosotros y nos conformarmos con soñar.
Dulce utopía, querido lector. Cansados, confundidos y convencidos de que poco podemos aportar, las marmotas maltrechas, al final nos conformamos con soñar.
En volver a dormirnos y soñar...
-Perdona, hijo, es que estaba dormida, me disculpo.
Dormida. Dormida me levanto y me acuesto por la noche. En el intervalo entre la cama de la mañana y la de la noche, apenas recuerdo cuatro cosas. Hacer el desayuno, la comida y la cena, dar de comer a mis hijos, mascullar alguna respuesta a mi marido cuando me habla y contestar el teléfono con alguna incoherencia, pues quien me llama suele preguntarme una y otra vez, qué digo, que apenas se entiende.
Debo hacer algo más, porque la vida sigue su curso, mi bebé está precioso en su cunita, limpito y ha comido ya, y las cosas siguen pasando en el mundo, incomprensiblemente para mi, porque el tiempo y el espacio parecen haberse detenido en mi morada, querido lector.
Sin embargo, están pasando cosas en este país, he leído por ahí en alguna parte. Me ha parecido escucharlo en la radio y en la tele, cuando mi hijo deja un espacio entre Bob Esponja y las Pop pixies, para dejarnos ver un rato el telediario, cuando le castigamos porque se niega a tomar la tortilla para cenar.
Entre sueños, protestas de mi hijo y lloriqueos del pitufo que se queja en su cuna, he creído entender que España se está movilizando, que la gente se ha lanzado a la calle con su maleta de reivindicaciones y sobre todo con su cargamento de indignación, para acampar en las plazas públicas y denunciar la situación en que vivimos, que parece que, mientras estaba yo dormida, ha pasado a ser más de castaño oscuro.
Los jóvenes, los parados, que suman ya casi cinco millones, que se dice pronto. Los que han perdido sus casas y siguen pagando la hipoteca, que tiene bemoles la cosa. Los que pagan impuestos abusivos, los que no llegan a fin de mes. Los que han perdido el trabajo después de veinte años, los que tienen que quedarse hasta las tantas porque si no no te contratan más. Los que ya no van al cine o a la moda y se conforman con campear el temporal, los que no saben ya qué votar porque son todos unos mangantes.
Los funcionarios y los de la economía sumergida, los que ya no reciben su pensión o les han recortado el sueldo y ya no pueden asumir las facturas que se acumulan en su basura, para tratar de ignorar que en el banco, ya no les hacen reverencias o les ofrecen otra hipoteca, sino que ahora los llaman morosos...
Los que estamos dormidos y los despiertos, los que son jóvenes y los más mayores.
Los de derechas y los de izquierdas, los más radicales y los más razonables.
Vamos, que, menos la Duquesa de Alba que anda pensando en si casarse o no con un hombre veinte años menor, porque la mujer no sabe ya en qué ocuparse, y los cuatro famosos que se pelean embarrados en la isla por un puñado de monedas, creo que allí debiéramos estar todos, pues se me ocurre que al menos un noventa por ciento del personal, en éste país, está más indignado que nunca, porque en el colmo de la agonía, encima hay quien pretende convencernos de que todo esto es culpa nuestra.
Como no tengo yo cabeza ahora para comprender, me derrumbo encima de la mesa mientras me dan datos en la tele. Campamentos organizados, reuniones, manifestaciones y manifiestos proponiendo posibles soluciones. Algún que otro cabeza de chorlito que no dice nada coherente, al lado de una señorita muy razonable que apela a la paz y a la negociación antes de que vengan los militares a sacarlos de allí a gorrazos.
Me duermo en directo a las doce de la noche, cuando el gobierno ha declarado que no permite a los indignados dormir en la puerta del sol una noche más.
Sueño que Zapatero sale corriendo a refugiarse en la Moncloa.
-No pasarán, grita cerrando las puertas,advirtiendo a sus hijas que de alli no le sacan un grupo de locos, ni con agua caliente.
Los políticos mientras tanto van metiendo en el saco todo lo que encuentran. Las lámparas del palacio, el reloj de época y los fondos reservados que ya requisaron por si la cosa se ponía fea.
-Un poco de tiempo, reclaman ingénuos al populacho, que armado de sartenes, hachas para cortar la leña y escopetas de perdigones, les persigue hasta la misma entrada del Palacio, para que reaccionen y al menos dejen el poder en otras manos.
-¿Pero qué piden?, pregunta ignorante la vicepresidenta a un Zapatero aferrado a las cortinas del salón dorado que no quiere abandonar ni atado. Convencida que con las reformas que han introducido en el empleo, con las ayudas a los parados y con la noche en la que abren los museos, son suficientes para el vulgo desagradecido, que con tal de montar el pollo se inventa lo que sea.
-Pues un poco de dignidad, señora, responde un camionero que con cuatro hijos paga su hipoteca y vive con los suegros porque los embargaron hace ya dos años.
Me despierto a tiempo para que no revienten las puertas de la Moncloa los cientos de indignados que corean a unísono que caigan las barricadas, que bastante dormidos hemos estado ya, para no denunciar antes la vida que llevamos, aguantando lo que nos echen y encima contentos porque el año pasado ganamos el mundial.
-¿Qué ha pasado con los insurrectos?, le pregunto a mi marido,que sonámbulo le da el biberón al pitufo que asoma sus ojitos para mirarme asombrado.
Como está dormido, ni entiende lo que digo, farfulla que me duerma otra vez, qué más vale dormirse para no ver la realidad que nos envuelve y nos confunde.
Como dos marmotas, nos quedamos dormidos, abrazados, ajenos a las elecciones y a los gritos de protesta. A sabiendas de que precisamente por estar dormidos, atontados y sin querer saber, han aprovechado otros para sacar partido y hasta los higadillos a todos nosotros, ahora que dicen que hay tanta crisis.
Que tontos somos, me da tiempo a reflexionar. Quisiera despertar, despertar a los que como yo viven el día a día, apostando por sobrevivir con las condiciones que se presenten. Sobreviviendo a la rutina, a lo que tenemos y lo que nos han quitado, a lo que ya no es para nosotros y nos conformarmos con soñar.
Dulce utopía, querido lector. Cansados, confundidos y convencidos de que poco podemos aportar, las marmotas maltrechas, al final nos conformamos con soñar.
En volver a dormirnos y soñar...
jueves, 12 de mayo de 2011
FELICIDAD PRESENTE
Hay un par de cosas, por lo menos, donde todo el mundo se pone de acuerdo siempre. Es un poco raro. Los humanos siempre tenemos ideas dispares sobre todo y sobre todo hay siempre opiniones. Basta que haya uno que piense que ahora es de día, para que argumenten otros que el cerebro nos engaña, que en realidad es de noche. No entro en cuestiones más baladíes, pues seguramente perderé el hilo de mi propia cordura o al menos el de esta narración.
Hace unos días he vivido uno de esos momentos en los que todos estamos de acuerdo.
Fue en un quirófano, hace apenas quince días. Con las piernas abiertas, asustada, cansada, aferrada a unos manillares, escuchaba al menos a diez personas, que me rodeaban por todas partes y de cuyo nombre no quiero acordarme, que estaban completamente de acuerdo.
-"Empuja, empuja", me gritaban todos a la vez.
Maltrecha, aturdida, asentía con la cabeza y les hice caso, empujando con todas mis fuerzas. No era cuestión de contradecir al Universo, ni siquiera a los humanos que al unísono se habían puesto de acuerdo. Lo que tenía que hacer era eso, empujar.
Por si tuviera alguna duda, la petición se repetía y se repetía. Estaba claro, si algo había dudado alguna vez sobre lo que tenía o no que hacer, ahora encontraba su sitio. Empujar.
Atenta a la solicitud, el mundo se volvió un pequeño momento en el que todo se concentraba en un punto. Una vida que quería salir, un segundo que quería llenarse con un llanto. Un alma que entraba en el mundo de los vivos por un pequeño agujero que era mio, y que sólo necesitaba de un último esfuerzo: un esfuerzo que tenía que hacer yo.
Con el poder que sólo una madre sabe buscar en lo más recondito de sus propias fuerzas, empujé por última vez y se me arrancó de cuajo un pedazo de alma. Un pedazo de alma que ahora duerme en su cunita y que se llama Daniel.
Nada más depositarlo en mi regazo, esos instantes en que lo ves por primera vez, experimenté otra de ese par de cosas en que todos los humanos estamos de acuerdo. Esa suerte de felicidad que por añadididura, es presente, es efectiva, es tan real como el momento que se llena de sentido por una vez en la vida. Una felicidad que te permite vivirla con intensidad, sabiendo lo afortunado que eres por haber vivido eso que justifica la vida entera, los errores, las penurias, los dolores o la ausencia. Felicidad que justifica toda una existencia de sinsentidos, de nadar contra corriente o soñar con sueños que nunca parecen hacerse realidad.
Una felicidad responsable además, porque al mirarlo, al ver su indefensión, su chillido incipiente a punto de romper el aire y llenar la sala, entiendes que por mucho que él pase en la vida, por muy indefenso que esté, le pase lo que le pase en su existencia, que no podrás controlar por mucho que quieras, al menos ese hijo de tus entrañas, ese pedazo de alma que te ha arrancado la vida misma, será querido, será protegido, será lo más importante en tu existencia, que más allá de tu misma, será lo que llene todo y lo que justifique todo, incluso que uno pierda la dignidad.
"Tener un hijo es algo que no se puede explicar", otra cosa en la que todos los humanos estamos de acuerdo. Algunos intentamos ponerle palabras, otros imágenes, música, emoción, lágrimas o una foto en el móvil para enseñarla a quien se acerque.
Otra cosa es vivirlo, sentirlo, dar forma a toda esa sinrazón que durante nueve meses te permitió vivir habitada, llena, compartiendo el mismo espacio con otro corazón pequeño, que late sin que adivines quién está usurpando tu vida, tu cuerpo, tus sentimientos y tus anhelos.
De pronto te abre los ojos y se hace presente. Te mira, te sonrie, te pega un berrido o se acurruca en tu seno, buscando comer o un poco de calor. Buscando que lo ayudes, que le enseñes a vivir, que le des tu apoyo, tu cariño, tus ganas de luchar y sobre todo una razón para que él encuentre su propio camino.
Sabes que siempre será así. Que incluso en la otra vida, si es que la hubiera, estarás pendiente de él, de lo que hace, de lo que hará y de lo que a lo mejor no entiendes. Sabes que pasarás horas cuidándolo, acunándolo, cuidándolo si se pone enfermo o jugando con él en el suelo mientras la espalda te mata.
Sabes que todo tu espacio y tu tiempo se llenará de sus risas, de sus llantos, de sus biberones o sus papillas, de sus chupetes tirados por el suelo o sus cochecitos, rotos y sin ruedas desperdigados por el salón.
Lo sabes porque lo has vivido ya, porque lo vives ya en primera persona y sabes de la ingratitud de tu tarea, de lo que cuesta dejar de ser una misma para convertirte en otro, para pensar de otra manera, mirar al mundo de otra manera.
Lo sabes y has repetido, inexplicablemente, sin que entiendas por qué era un sueño hecho realidad ver los ojitos de esa criatura que latía en tu seno y que ahora ha venido a tu vida a ser todo para ti.
Que eso produzca felicidad, querido lector, es algo que sólo puede entender otro ser humano que ha pasado por lo mismo, que no necesita de explicaciones o dar vueltas al tema, porque sabe que es así.
Seguramente, si no es padre o madre, no podré convencerlo de que esa suerte de responsabilidad, esa carga para el resto de la vida, y quien sabe si de la muerte, es felicidad tangible, presente. Felicidad, que no se alimenta de recuerdos o se nutre con anhelos y esperanzas para el futuro, que se siente en primera persona y en presente.
Por mucho que haga un segundo que ha pasado, quince días o años y años, como les pasa a nuestras madres. Por mucho tiempo que haya pasado y hayamos olvidado el dolor, el esfuerzo, el miedo y el peso de la responsabilidad, se repetirá en el alma hasta el infinito, para recordarnos que a fin de cuentas, no era tan malo ser humano.
Hace unos días he vivido uno de esos momentos en los que todos estamos de acuerdo.
Fue en un quirófano, hace apenas quince días. Con las piernas abiertas, asustada, cansada, aferrada a unos manillares, escuchaba al menos a diez personas, que me rodeaban por todas partes y de cuyo nombre no quiero acordarme, que estaban completamente de acuerdo.
-"Empuja, empuja", me gritaban todos a la vez.
Maltrecha, aturdida, asentía con la cabeza y les hice caso, empujando con todas mis fuerzas. No era cuestión de contradecir al Universo, ni siquiera a los humanos que al unísono se habían puesto de acuerdo. Lo que tenía que hacer era eso, empujar.
Por si tuviera alguna duda, la petición se repetía y se repetía. Estaba claro, si algo había dudado alguna vez sobre lo que tenía o no que hacer, ahora encontraba su sitio. Empujar.
Atenta a la solicitud, el mundo se volvió un pequeño momento en el que todo se concentraba en un punto. Una vida que quería salir, un segundo que quería llenarse con un llanto. Un alma que entraba en el mundo de los vivos por un pequeño agujero que era mio, y que sólo necesitaba de un último esfuerzo: un esfuerzo que tenía que hacer yo.
Con el poder que sólo una madre sabe buscar en lo más recondito de sus propias fuerzas, empujé por última vez y se me arrancó de cuajo un pedazo de alma. Un pedazo de alma que ahora duerme en su cunita y que se llama Daniel.
Nada más depositarlo en mi regazo, esos instantes en que lo ves por primera vez, experimenté otra de ese par de cosas en que todos los humanos estamos de acuerdo. Esa suerte de felicidad que por añadididura, es presente, es efectiva, es tan real como el momento que se llena de sentido por una vez en la vida. Una felicidad que te permite vivirla con intensidad, sabiendo lo afortunado que eres por haber vivido eso que justifica la vida entera, los errores, las penurias, los dolores o la ausencia. Felicidad que justifica toda una existencia de sinsentidos, de nadar contra corriente o soñar con sueños que nunca parecen hacerse realidad.
Una felicidad responsable además, porque al mirarlo, al ver su indefensión, su chillido incipiente a punto de romper el aire y llenar la sala, entiendes que por mucho que él pase en la vida, por muy indefenso que esté, le pase lo que le pase en su existencia, que no podrás controlar por mucho que quieras, al menos ese hijo de tus entrañas, ese pedazo de alma que te ha arrancado la vida misma, será querido, será protegido, será lo más importante en tu existencia, que más allá de tu misma, será lo que llene todo y lo que justifique todo, incluso que uno pierda la dignidad.
"Tener un hijo es algo que no se puede explicar", otra cosa en la que todos los humanos estamos de acuerdo. Algunos intentamos ponerle palabras, otros imágenes, música, emoción, lágrimas o una foto en el móvil para enseñarla a quien se acerque.
Otra cosa es vivirlo, sentirlo, dar forma a toda esa sinrazón que durante nueve meses te permitió vivir habitada, llena, compartiendo el mismo espacio con otro corazón pequeño, que late sin que adivines quién está usurpando tu vida, tu cuerpo, tus sentimientos y tus anhelos.
De pronto te abre los ojos y se hace presente. Te mira, te sonrie, te pega un berrido o se acurruca en tu seno, buscando comer o un poco de calor. Buscando que lo ayudes, que le enseñes a vivir, que le des tu apoyo, tu cariño, tus ganas de luchar y sobre todo una razón para que él encuentre su propio camino.
Sabes que siempre será así. Que incluso en la otra vida, si es que la hubiera, estarás pendiente de él, de lo que hace, de lo que hará y de lo que a lo mejor no entiendes. Sabes que pasarás horas cuidándolo, acunándolo, cuidándolo si se pone enfermo o jugando con él en el suelo mientras la espalda te mata.
Sabes que todo tu espacio y tu tiempo se llenará de sus risas, de sus llantos, de sus biberones o sus papillas, de sus chupetes tirados por el suelo o sus cochecitos, rotos y sin ruedas desperdigados por el salón.
Lo sabes porque lo has vivido ya, porque lo vives ya en primera persona y sabes de la ingratitud de tu tarea, de lo que cuesta dejar de ser una misma para convertirte en otro, para pensar de otra manera, mirar al mundo de otra manera.
Lo sabes y has repetido, inexplicablemente, sin que entiendas por qué era un sueño hecho realidad ver los ojitos de esa criatura que latía en tu seno y que ahora ha venido a tu vida a ser todo para ti.
Que eso produzca felicidad, querido lector, es algo que sólo puede entender otro ser humano que ha pasado por lo mismo, que no necesita de explicaciones o dar vueltas al tema, porque sabe que es así.
Seguramente, si no es padre o madre, no podré convencerlo de que esa suerte de responsabilidad, esa carga para el resto de la vida, y quien sabe si de la muerte, es felicidad tangible, presente. Felicidad, que no se alimenta de recuerdos o se nutre con anhelos y esperanzas para el futuro, que se siente en primera persona y en presente.
Por mucho que haga un segundo que ha pasado, quince días o años y años, como les pasa a nuestras madres. Por mucho tiempo que haya pasado y hayamos olvidado el dolor, el esfuerzo, el miedo y el peso de la responsabilidad, se repetirá en el alma hasta el infinito, para recordarnos que a fin de cuentas, no era tan malo ser humano.
martes, 22 de marzo de 2011
¿IGUALES?
He leído una entrada de Tío Eugenio sobre la lucha de sexos que me ha recordado reflexiones muy profundas, conclusiones complicadas y probablemente, sinsentidos. Sin embargo, recordando momentos del pasado, situaciones en las que esa guerra es más patente o sensaciones de que realmente no tenemos nada que ver, que igual que graciosas, son también más que reales, no he podido evitar publicar una entrada.
Ojalá al menos, os haga sonreir.
Daniel se había esmerado especialmente en acondicionar su casa para el encuentro, aquella noche en que había quedado con Valentina.
No sólo había limpiado el salón de arriba a abajo, recogido los cd apilados en el suelo, cerca de la cadena de música y limpiado por encima de las estanterías, para eliminar la capa de polvo que llevaba con él desde tiempos inmemoriales.Sino que había quitado de enmedio las revistas porno, cambiado las sábanas de la cama e incluso pasado la fregona por el baño, que aunque se lavaba con él cada vez que se duchaba, presumía que a Valentina no le iba a parecer suficiente.
Valentina por su parte venía dispuesta a todo. Era verdad que casi no conocía a Daniel, pero era bien cierto que todo lo que sabía de él le había gustado.
Era Ingeniero de Caminos, llevaba trabajando mucho tiempo ya, vivía sólo y parecía un hombre medianamente maduro, con ganas de comprometerse incluso, o al menos no huir de las mujeres que olían como ella de lejos lo que estaba buscando.
Con treinta y muchos años, Valentina sabía perfectamente lo que quería. Estaba harta de conocer a hombres para tener que olvidarlos. La llamada de la sangre y el reloj ese biológico que decían las revistas, debía haber sonado pues quería formar un hogar, encontrar de una vez la pareja de su vida y asentarse en un estado más o menos coherente, por lo menos para contestar cuando le preguntaban por su condición o estado civil.
Estaba harta de llegar a casa por las noches después de pasarse la vida trabajando, arreglándose, vistiéndose para gustar a quien sabe quién que podía aparecer por quién sabe dónde.
Daniel no es que fuera el hombre más inteligente, ameno y sobre todo encantador del mundo, pero al menos le había parecido un tipo normal, con gustos normales y con el que poder entablar una buena conversación de más de diez minutos.
Así que se había puesto de tiros largos, se había acercado a la peluquería y se había comprado un conjunto de satén que no estaba mal de precio, por cierto, por si surgía lo que tenía que surgir, porque esta noche parecía la propicia.
Nerviosa, tocó el timbre. Daniel le abrió la puerta y se quedó perplejo. Estaba claro que Valentina se había vestido así por él y así lo debieron decir sus ojos claramente.
Por si Valentina no se había avergonzado suficiente, Daniel lo hizo explícito con sus palabras.
-Vaya, no imaginaba alguien podría cambiar tanto, sólo con pintarse.
Valentina se sintió descubierta, casi ridícula. Si hubiera tenido un dispositivo para desaparecer en ese instante, seguramente se hubiera desmaterializado allí mismo, pareciendo a los ojos de Daniel un espejismo, una visión.
Desgraciadamente no lo tenía y Valentina tuvo que cruzar el umbral de la puerta.
Cuando se había recuperado un poco del bochorno, no puedo evitar mirar a su alrededor. La casa le pareció un horror. Estaba claro que Daniel era un adán y que había intentado con muy poco acierto disimular un poco su condición de hombre que vive solo y se conforma con sobrevivir.
Pero, Valentina ahogó lo que estuvo a punto de salirle por la boca nada más ver que detrás de la puerta, había en el suelo un calcetín sucio, y que sobre el sillón donde se sentó, podía escribirse hasta el nombre.
-Muy acojedor, dijo sin embargo, convencida de que si hería los sentimientos de Daniel, él no podría soportarlo.
A él sin embargo el comentario le pasó desapercibido, ya iba hacia el congelador para traer la bandeja de hielos y ponerle una copa a Valentina.
Ella desconfió enseguida de la estrategia. Estaba claro que Daniel prefería las copas a todo lo demás, y no sólo había traído los hielos chorreando por la alfombra y las copas llenas de polvo, sino que encima tenía un surtido bar que seguramente sería muy importante en su existencia.
Sin embargo se calló, no dijo nada porque no sabía por dónde empezar.
-¿Te ha costado mucho llegar a la casa?. Las mujeres no se orientan muy allá, y claro, no está lo que se dice fácil de encontrar la casa. Me ha extrañado que no me llamaras por el camino, la verdad.
Valentina se sintió atacada. Siempre se había orientado de maravilla y encima era geógrafa por lo mucho que le gustaban los mapas. Por si eso fuera poco, era cartógrafa en su profesión, y eso era lo primero que le había dicho a Daniel, así que el hombre había metido la pata pero hasta el fondo.
Irónica y casi maliciosa no pudo menos que aclarar a su acompañante.
-Pues, sí, lo cierto es que siempre me ha molestado sobremanera la gente que generaliza y sobre todo que incluye en un mismo saco personas de la misma condición sexual. ¡Que ordinariez soltar los mismos tópicos de siempre!. Que si las mujeres somos complicadas en lugar de inteligentes o torpes para orientarnos porque sabemos preguntar a la gente antes de dar veinte vueltas a la manzana como vosotros.
Daniel se quedó atónito y con cara de no entender una palabra, así que Valentina le aclaró:
-Que sí, hombre, que tengo en el coche un GPS.
-Ah, contestó antes de meterse el trago en el coleto.
Valentina empezó a pensar en cómo salir de alli. Ya veía la escena. A Daniel le faltaban segundos para lanzarse sobre ella y besarla en el sillón, y minutos para llevarsela a la cama y fumarse el cigarrillo de después.
No podría soportar luego la famosa frasecita de marras.
-¿Qué tal he estado, nena, yo creo que no ha estado mal...?
Así que empezó a poner excusas.
-¿Dónde está el baño?- preguntó casi al borde de los labios de Daniel, que efectivamente ya iba directo.
Al fondo del pasillo tenía que ser, pensó Valentina en la puerta, viendo que había abierto la puerta del dormitorio y que incluso había dejado los armarios llenos hasta los bordes y a medio cerrar.
Mirándose al espejo Valentina pensó alguna estrategia.
Había sido una estúpida al venir hasta la casa de Daniel, pensando en que realmente iba a ser la noche más romántica de su vida.
Estaba claro que Daniel era un tío, que lejos de pensar en romanticismos o en tonterías como ella, estaba dispuesto a ir al grano y ella le había dado pie.
Pensó en salir por el ventanuco del baño, pero era un séptimo y seguramente el culo no le cabría por el agujero, pensó mirándose, y dándose cuenta de que ni con el vestido negro disimulaba sus posaderas.
Tendría que dar explicaciones, contarle a Daniel que todavía pensaba en Lucas, que no se lo había quitado de la cabeza. Que no la merecía, que realmente quería una relación estable y que estaba en un periodo de transición, que seguramente aquello no la iba a llevar a ninguna parte.
Más o menos así debió explicarle al atónito Daniel todo aquello y algo más, porque en el ascensor, todavía sonrió al recordar la cara de poker que se le había quedado al pobre antes de abrir la boca para decir,
-¡Pero, hay que ver lo complicadas que sois, coño!.
Ya a solas, Daniel cogió el móvil para llamar a Arturo.
-Nada tronco, no ha habido suerte. La tía no ha colado, por cierto, ¿tienes el movil de aquella que conocimos la misma noche, que la llamo, a ver qué pasa?.
En el coche, Valentina miró el suyo. Tenía un mensaje de Mónica preguntándole qué tal había ido la cosa.
Hablaron lo menos veinte minutos de lo ridículos que son los tíos y de la vecina de arriba, que se había hecho una lipo, antes de arrancar el coche. Ambas, no pudieron evitar, acabar muertas de risa.
-Anda hija, ¿y qué le has largado?. ¿El rollo de tu ex, o que no le mereces?.
-Ambas cosas. Me ha parecido que a un Ingeniero, de caminos, nada menos, no era tan fácil de engañar.
-...Y con lo fácil que hubiera sido decirle que no y ya está, ¿verdad?- concluyó Mónica sabiendo que ella hubiera hecho exactamente lo mismo.
Ojalá al menos, os haga sonreir.
Daniel se había esmerado especialmente en acondicionar su casa para el encuentro, aquella noche en que había quedado con Valentina.
No sólo había limpiado el salón de arriba a abajo, recogido los cd apilados en el suelo, cerca de la cadena de música y limpiado por encima de las estanterías, para eliminar la capa de polvo que llevaba con él desde tiempos inmemoriales.Sino que había quitado de enmedio las revistas porno, cambiado las sábanas de la cama e incluso pasado la fregona por el baño, que aunque se lavaba con él cada vez que se duchaba, presumía que a Valentina no le iba a parecer suficiente.
Valentina por su parte venía dispuesta a todo. Era verdad que casi no conocía a Daniel, pero era bien cierto que todo lo que sabía de él le había gustado.
Era Ingeniero de Caminos, llevaba trabajando mucho tiempo ya, vivía sólo y parecía un hombre medianamente maduro, con ganas de comprometerse incluso, o al menos no huir de las mujeres que olían como ella de lejos lo que estaba buscando.
Con treinta y muchos años, Valentina sabía perfectamente lo que quería. Estaba harta de conocer a hombres para tener que olvidarlos. La llamada de la sangre y el reloj ese biológico que decían las revistas, debía haber sonado pues quería formar un hogar, encontrar de una vez la pareja de su vida y asentarse en un estado más o menos coherente, por lo menos para contestar cuando le preguntaban por su condición o estado civil.
Estaba harta de llegar a casa por las noches después de pasarse la vida trabajando, arreglándose, vistiéndose para gustar a quien sabe quién que podía aparecer por quién sabe dónde.
Daniel no es que fuera el hombre más inteligente, ameno y sobre todo encantador del mundo, pero al menos le había parecido un tipo normal, con gustos normales y con el que poder entablar una buena conversación de más de diez minutos.
Así que se había puesto de tiros largos, se había acercado a la peluquería y se había comprado un conjunto de satén que no estaba mal de precio, por cierto, por si surgía lo que tenía que surgir, porque esta noche parecía la propicia.
Nerviosa, tocó el timbre. Daniel le abrió la puerta y se quedó perplejo. Estaba claro que Valentina se había vestido así por él y así lo debieron decir sus ojos claramente.
Por si Valentina no se había avergonzado suficiente, Daniel lo hizo explícito con sus palabras.
-Vaya, no imaginaba alguien podría cambiar tanto, sólo con pintarse.
Valentina se sintió descubierta, casi ridícula. Si hubiera tenido un dispositivo para desaparecer en ese instante, seguramente se hubiera desmaterializado allí mismo, pareciendo a los ojos de Daniel un espejismo, una visión.
Desgraciadamente no lo tenía y Valentina tuvo que cruzar el umbral de la puerta.
Cuando se había recuperado un poco del bochorno, no puedo evitar mirar a su alrededor. La casa le pareció un horror. Estaba claro que Daniel era un adán y que había intentado con muy poco acierto disimular un poco su condición de hombre que vive solo y se conforma con sobrevivir.
Pero, Valentina ahogó lo que estuvo a punto de salirle por la boca nada más ver que detrás de la puerta, había en el suelo un calcetín sucio, y que sobre el sillón donde se sentó, podía escribirse hasta el nombre.
-Muy acojedor, dijo sin embargo, convencida de que si hería los sentimientos de Daniel, él no podría soportarlo.
A él sin embargo el comentario le pasó desapercibido, ya iba hacia el congelador para traer la bandeja de hielos y ponerle una copa a Valentina.
Ella desconfió enseguida de la estrategia. Estaba claro que Daniel prefería las copas a todo lo demás, y no sólo había traído los hielos chorreando por la alfombra y las copas llenas de polvo, sino que encima tenía un surtido bar que seguramente sería muy importante en su existencia.
Sin embargo se calló, no dijo nada porque no sabía por dónde empezar.
-¿Te ha costado mucho llegar a la casa?. Las mujeres no se orientan muy allá, y claro, no está lo que se dice fácil de encontrar la casa. Me ha extrañado que no me llamaras por el camino, la verdad.
Valentina se sintió atacada. Siempre se había orientado de maravilla y encima era geógrafa por lo mucho que le gustaban los mapas. Por si eso fuera poco, era cartógrafa en su profesión, y eso era lo primero que le había dicho a Daniel, así que el hombre había metido la pata pero hasta el fondo.
Irónica y casi maliciosa no pudo menos que aclarar a su acompañante.
-Pues, sí, lo cierto es que siempre me ha molestado sobremanera la gente que generaliza y sobre todo que incluye en un mismo saco personas de la misma condición sexual. ¡Que ordinariez soltar los mismos tópicos de siempre!. Que si las mujeres somos complicadas en lugar de inteligentes o torpes para orientarnos porque sabemos preguntar a la gente antes de dar veinte vueltas a la manzana como vosotros.
Daniel se quedó atónito y con cara de no entender una palabra, así que Valentina le aclaró:
-Que sí, hombre, que tengo en el coche un GPS.
-Ah, contestó antes de meterse el trago en el coleto.
Valentina empezó a pensar en cómo salir de alli. Ya veía la escena. A Daniel le faltaban segundos para lanzarse sobre ella y besarla en el sillón, y minutos para llevarsela a la cama y fumarse el cigarrillo de después.
No podría soportar luego la famosa frasecita de marras.
-¿Qué tal he estado, nena, yo creo que no ha estado mal...?
Así que empezó a poner excusas.
-¿Dónde está el baño?- preguntó casi al borde de los labios de Daniel, que efectivamente ya iba directo.
Al fondo del pasillo tenía que ser, pensó Valentina en la puerta, viendo que había abierto la puerta del dormitorio y que incluso había dejado los armarios llenos hasta los bordes y a medio cerrar.
Mirándose al espejo Valentina pensó alguna estrategia.
Había sido una estúpida al venir hasta la casa de Daniel, pensando en que realmente iba a ser la noche más romántica de su vida.
Estaba claro que Daniel era un tío, que lejos de pensar en romanticismos o en tonterías como ella, estaba dispuesto a ir al grano y ella le había dado pie.
Pensó en salir por el ventanuco del baño, pero era un séptimo y seguramente el culo no le cabría por el agujero, pensó mirándose, y dándose cuenta de que ni con el vestido negro disimulaba sus posaderas.
Tendría que dar explicaciones, contarle a Daniel que todavía pensaba en Lucas, que no se lo había quitado de la cabeza. Que no la merecía, que realmente quería una relación estable y que estaba en un periodo de transición, que seguramente aquello no la iba a llevar a ninguna parte.
Más o menos así debió explicarle al atónito Daniel todo aquello y algo más, porque en el ascensor, todavía sonrió al recordar la cara de poker que se le había quedado al pobre antes de abrir la boca para decir,
-¡Pero, hay que ver lo complicadas que sois, coño!.
Ya a solas, Daniel cogió el móvil para llamar a Arturo.
-Nada tronco, no ha habido suerte. La tía no ha colado, por cierto, ¿tienes el movil de aquella que conocimos la misma noche, que la llamo, a ver qué pasa?.
En el coche, Valentina miró el suyo. Tenía un mensaje de Mónica preguntándole qué tal había ido la cosa.
Hablaron lo menos veinte minutos de lo ridículos que son los tíos y de la vecina de arriba, que se había hecho una lipo, antes de arrancar el coche. Ambas, no pudieron evitar, acabar muertas de risa.
-Anda hija, ¿y qué le has largado?. ¿El rollo de tu ex, o que no le mereces?.
-Ambas cosas. Me ha parecido que a un Ingeniero, de caminos, nada menos, no era tan fácil de engañar.
-...Y con lo fácil que hubiera sido decirle que no y ya está, ¿verdad?- concluyó Mónica sabiendo que ella hubiera hecho exactamente lo mismo.
martes, 1 de marzo de 2011
PREMIOS

Querido lector, he pasado casi las 24 horas anteriores a estos escritos, gimoteando de emoción. Emoción desbordada y casi exagerada, quizá, por mi avanzado estado ya de gestación, no digo que no.
Quizá también porque, mi querido tío Eugenio ha concedido un premio a mi blog, y eso me llena de inmensa emoción.
No puedo dejar de decir, que si bien a sido así, sin sobornarle ni nada, lo cierto, es que no puedo evitar pensar que algo de trampa sí hice...
Bastó un día en nuestra casa en la sierra, con una comida, para que se acercara a mis escritos. Y si bien ya sabía yo que "al hombre se le conquista por el estómago", es también bien cierto que no hay blog que aguante dos entradas si es que no interesa al espectador, y por muy buenas viandas que le ofrezcas, ni media soporta algo tedioso y empalagoso.
Así que estamos en tablas, y si malas artes utilicé, algo de mérito tienen que tener mis entradas para recibir un premio. Por ello, no puedo estar más feliz de recibir dicho galardon, que no sé si es merecido o no, pero ahí queda.
Dicho galardón me satisface doblemente, pues es a quien pretendía yo darle el premio, Pues no hay blog que últimamente siga más. Así que no hay mayor premio, que quien de tan blancas manos es concedido, y devuelto queda a su destinatario, pues mi ganador es sin duda el Tío Eugenio, y no es peloteo.
En cuanto a la definición que de mi personaje tengo que hacer, para ser merecedora de tan alta distinción, poco he de decir que sea ya consabido por quienes me siguen más o menos fervorosamente.
Conocida hasta la saciedad por mis conocidos y demasiado desconocida para quienes se acercan a mis escritos, pecaría de ingénua al pensar, que mi verdadera esencia y personalidad, esa que a mi me está vetada, no se trasluce en lo que escribo, por mucho que sepamos los escribanos, que el personaje de autor debería quedar en la sombra y no dejar translucir ni un ápice de sus demonios o sus encantos, que para eso es contador de historias y no de sus propias conclusiones.
Sin embargo, empachada de orgullo, con la oportunidad que me ofrece el premio de explayarme un poco, no puedo menos que añadir unas cuantas pinceladas a un cuadro que seguramente, no volveré a pintar.
Al menos con los mismos trazos, pues el tiempo, ya se encargará de empolvar o guardar, quizá para torturarnos con su deterioro.
Cuarentona, soñadora, escritora, arqueóloga y madre por añadidura de una criatura que se dedica a romper puertas de jardín con un patinete, mientras otra crece en su seno, me defino siempre como personaje audaz, en los tiempos que corren, capaz de vivir de las más absurdas inutilidades, que me llenan hasta el mismo borde.
Porque vivo de la fantasía que constantemente creo en mi cabeza. Vivo de leer sin medida o de escribir sin tregua aunque las croquetas se estén quemando en el fuego. Me alimento de una tarde jugando con un niño de cinco años. De la ilusión de volver a tirarte por un tobogán sin recordar que tienes una lesión de espalda y no deberías correr aventuras innecesarias.
Bebo de los recuerdos, de los personajes que fui y ya no soy. Respiro, pensando que de aprender de otros, de tener nuevas experiencias, cerca o lejos de casa, está conformado lo que sé y lo que soy, que no vale ni para que en el curriculum valoren tu esencia o te concedan un escritorio, un ordenador y un pobre sueldo, con el que pagar las facturas que se acumulan sin abrir, y algunas sin pagar, en la entradita de casa.
En el mundo real soy personaje inútil, un poco fracasado y sobre todo ingénuo, que sigue pensando que de pedazos de sueños, de recortes de historias y de saber extinguido y enterrado en un yacimiento olvidado en la cima de la montaña, se puede fabricar un personaje que deja una huella en los corazones de quien se acercan a su soledad.
Porque soy soledad coloreada. Ingénua presencia en un mundo que no acepta a los mercaderes de sueños. Escritora que deja apilados sus escritos en el fondo de un armario que no se atreve a abrir. Arquéologa de la ironía de saber que nada es en el fondo tan verdad como el momento que vivimos, que sentimos, que experimentamos en cada instante y que mañana olvidaremos, simplemente ya no será.
Reina sin embargo de Imaginaria soy en mis escritos. Hada buena que gobierna un mundo transparente y lleno de magia que me gustaría entregar a mis hijos como legado cuando ya no esté aquí, cuando crezcan y comprendan que de otros paisajes, también pueden sacarse las más bellas conclusiones.
Poco más...
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QUERIDOS CIBERNAUTAS.
CONFIESO QUE ME HE LANZADO SIEMPRE A LAS MÁS TREPIDANTES AVENTURAS. HOY EMPIEZO OTRA, QUE PARA MÍ ES DE LO MÁS INTERESANTE Y ARRIESGADA: ESCRIBIR MIS IMPRESIONES Y MI VIDA POR INTERNET.
¿YO?. YO, QUE SOY CARNE DE DIARIOS ESCRITOS A PLUMA Y RATÓN DE BIBLIOTECA. YO, QUE ANTES DE BUSCAR UN DATO EN EL GOOGLE, SOY CAPAZ DE REVOLVER LA CASA ENTERA PARA ENCONTRARLO EN MIS LIBROS...
SIN EMBARGO, AHORA QUE ESTOY YA EN EDAD DE MADURAR, AHORA QUE HAY QUE IR CON LOS TIEMPOS Y QUE PARECE INEVITABLE EL DECLIVE, BUSCO UNA MANERA DE ENTENDER LA REALIDAD, UNA ALTERNATIVA A DEJARSE LLEVAR POR LO INEVITABLE.
PUEDE PARECER FRÍVOLO O IRREVERENTE, PERO CON MIS CUARENTA AÑOS, ME GUSTARÍA PENSAR QUE AÚN PUEDO APRENDER ALGO DE LA AVENTURA DE VIVIR.
COMO OS DIGO, DISPUESTA A LOS CUARENTA Y A LOS QUE ME ECHEN...
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