Con el cuerpo apoyado en la barandilla de la terraza, la abuela Pilipam se revuelve impaciente. Espera ver llegar el coche que vendrá cargado con un poco de sentido a su cansada existencia.
No sabe que es azul, ni por asomo imagina qué marca tiene o qué es un monovolumen, pero intuye que en cuanto de la vuelta y lo vea enfilar la calle, entenderá que su semana de médicos y noches sin dormir, se teñirá de colores y sabrá que de algo sirvió vivir más de la cuenta, cuando siente que poco pinta ya.
El timbre de la puerta la sobresalta en lo más íntimo y abandona su puesto bruscamente, para lanzarse al telefonillo a contestar. No escucha nada pero abre la puerta. Supone que si no se trata de la familia, ya detendrá alguien en el camino al intruso que se atreva a entrar.
Dos muñecos irrumpen en su regazo en décimas de segundo, el tiempo necesario para abrir la puerta y dejarla entornada, pues empieza a hacer frío ya.
- ¡¡Abuelaaaaaa!!, grita Danito aferrado a su faldón gastado, a su delantal lleno de lamparones y a sus débiles rodillas que parecen acusar el golpe con la misma ternura con que unas manos pequeñas son capaces de demostrar.
Sus ojos enterrados en arrugas, apagados, débiles y casi en penumbra, se llenan de lágrimas de felicidad que nublan la visión de Miguel, que ha subido los escalones con su PSP entre las manos y que está enfadado porque su padre y yo no le dejamos que la ponga en marcha todavía, hasta que no salude a su abuela y terminemos de comer.
-Pero madre, ¿es que no oías?. ¡¡Que llevamos llamando más de diez minutos!!. Me he dejado las llaves en casa y ya creía que te había pasado algo. No están los tíos y no sabíamos qué hacer.
La abuela Pilipam no escucha, de sobra sabe que su hijo la vuelve a regañar por algo que no tiene que ver con lo que es su responsabilidad. Abraza y besa embelesada a Miguel, el niño de sus ojos, cogiéndolo de la mano y arrastrándola hasta el cuarto, que fue de sus hijos, hoy lleno de juguetes, muñecos y toda clase de peluches que ha ido recolectando, Dios sabe de donde, y que esperan a que sus nietos los vengan a utilizar.
-¡¡No hago más que pensar en vosotros, mi vida, mira lo que te he comprado en el Corte Inglés el otro día!!. Estaba deseando que lo vieras para ver tu reacción.
Miguel, que ya es un entendido informático y que sueña despierto con Minecraft y con la Nintendo 2DS, desgarra un paquete que lleva en sus entrañas un tren que ya le compró hace unas semanas, y que se cargó su hermano nada más abrir la caja.
Con esa decepción poco contenida, como sólo sabe expresar un niño, la mira incrédulo, con un poco de resquemor en la mirada, leyendo enseguida su abuela, que no ha acertado en su elección.
-¡¡Ya lo tenemos, abuela!!. Pero si nos lo compraste hace menos de un mes, la mira casi reprochando a su abuela, que se haya confundido tanto en lo que le gusta a él.
Pilipam siente que un mazo aplasta de un golpe su ilusión y baja los ojos.
Danito sin embargo, diciendo a voz en grito que ya lo tenemos pero que le gusta, rompe la caja y se dispone a destrozar el juguete nuevo, en los mismos términos que ya lo hizo la vez anterior, esta vez sin dar tiempo siquiera a poner las pilas que Pilipam ha dejado sobre la mesa, metidas en un sobre, para que funcione la máquina del tren.
Los deja discutiendo sobre quién abre la caja o quién monta las vías y, renqueando, se llega hasta la cocina. Allí la espera la dichosa vitrocerámica, que la tiene harta, pues no se hace todavía con el fuego para hacer el arroz.
Entre suspiros y alguna queja que reclama al viento, la veo apoyarse con sus brazos poderosos, sobre la encimera de la cocina, sin atender a entender qué dejó listo y si tenía que echar el arroz o las gambas, que las tiene preparadas en dos cuencos que se entretiene en mirar.
Por un momento, su cabeza se ha quedado suspendida, perdida, buscando entre sus recovecos una orden que la empuje a actuar.
-¿Quieres que pruebe el caldo?. pregunto tímidamente, sabiendo que me alargará la cuchara casi inmediatamente, como hace casi todas las veces. Ya sabes que yo soy muy sosa, Pilar, pero lo pruebo si quieres, que tiene muy buena pinta.
-No, hija, tú no eres mala, no, me dice y me deja un poco perpleja. Eres como un ángel que cuida de mis niños y que haces todo lo que puedes por ellos. Me paso la vida rezando para que Antonio vuelva a casa y estéis todos juntos. Que esos niños no crezcan sin su padre, dice con lágrimas en los ojos.
Un nudo en la garganta me aprieta fuerte. Sé que Pilipam está sufriendo por nuestra situación, por mucho que no se entere bien lo que está pasando. Sé que apenas recuerda que hoy es mi cumpleaños, que hemos venido con los niños con una tarta con velas. Sé que no sabe ni qué hace apoyada en la encimera o que no recuerda que pastilla tiene que tomar a cada hora si no es porque su hija le pone todo escrito en unas cajitas con etiquetas y carteles.
Sé que apenas me ve, me oye o sabe cómo me llamo. Que ya no se rige ni por el reloj ni el calendario colgado en la cocina. Que lo mismo le da comer magdalenas y café a la hora de comer, que pescado en el desayuno.
Sé que a sus ochenta y un año, que hoy parecen pesarles más que nunca sobre sus robustos hombros, apenas reconoce a la señora de pelo gris que aparece cada mañana mirándola en la ventana trasparente del baño, desde donde la mira incrédula y un poco decepcionada.
La veo reflejada en el cristal de mis gafas, indefensa, con el disco duro recién formateado, pero con conocimiento suficiente como para entender que no es su tiempo y su espacio este donde vive, Que ya no es la protagonista de su propia vida. El tiempo la ha convertido en un personaje secundario, casi molesto e inútil, de esos que el guionista no tardará en prescindir.
Un escalofrío, conocido y cruel me alcanza. Intuyo la certeza terrible de que tarde o temprano todos llegaremos a ser ese personaje secundario que ya no brilla en escena, que no está en su cenit.
Miro en sus ojos toda esa vida vivida que me ha contado mil veces y que siempre repite cuando alguien se acerca a escucharla, consciente además de lo difícil que es escuchar.
Veo a una mujer fuerte, valiente, decidida, joven, recién llegada a Madrid con ansias de comerse el mundo con un delantal para servir. Veo su imagen emprendedora, abriéndose camino en un mundo nuevo que nunca imaginó desde la explanada del Espolón de Toro, lugar del que salió sin atreverse a soñar que allí llegaría a conocer hasta el mismísimo Gregorio Marañón.
Veo a la madre protectora y exigente que se afanaba en que sus hijos aprendieran de los libros todas esas lecciones que ella no puedo aprender. Veo a la mujer coqueta con su abrigo rojo, camino del encuentro con su enamorado. Hombre que le acompañaría durante toda su vida, en las penas y las alegrías, en el trabajo y los sinsabores. Y la veo, en el pasar de las estaciones, envejecer, apoyando en silencio al trabajador infatigable que llegaba a casa a comerse el plato de comida y a tumbarse un rato la siesta en su sillón de orejas, ese que ocupa ahora ella, porque él se marchó.
Pilipam, una niña asustada con cabeza plateada, agarrada a la barandilla del parque viendo cómo juegan los niños a su alrededor. Temerosa de integrarse en el paisaje, buscando entre las caras de los otros un espejo donde mirarse y donde reconocer una cara amiga.
La veo cansada, abrumada por un tiempo que ya no entiende, soportando dolores de un cuerpo que ya no es el suyo, pero que le recuerda a cada momento lo que abusó de él. Que le recuerda tantos años que ya no volverán.
-¡¡¡Bendita juventud!!!, exclama haciéndose eco de mis pensamientos, mirando mi vestido algo escotado y mis zapatos con un poco de tacón. Elogiando, a su manera, pues no es Pilipam mujer que se prodiga en halagos, más bien todo lo contrario, que sea siga siendo tan joven y que mi presencia de alguna manera insulte la suya.
-¡¡Pero, si ya no soy joven Pilar, acabo de cumplir 47 años!!, digo a voz en grito, como hago siempre ahora, que por ser mi cumpleaños parece que me siento en la obligación de aclarar mi edad a la gente que no se atreve a preguntar. Como si una mujer madura, no se atreviera a confesar tamaña realidad.
.¿Que tienes ya 47 años ?, pregunta con los ojos abiertos, mirándome de arriba a abajo, comprobando que efectivamente no debe estar en el mundo real.
Cuarenta y siete, sí...pienso con gran orgullo, mirando a mis hijos discutir por el tren o a mi marido leyendo el periódico en la mesa del salón. Sin complejos o sin temer haberme perdido nada en mi ya terminada juventud. Intuyendo qué no daría la abuela Pilipam en este momento por detener el tiempo y retroceder hasta aquellos tiempos en los que tenía 47, como yo.
Cuánta vida volvería a vivir de la mano todavía de su marido, asustada y temerosa de que un futuro incierto esperara a sus hijos, como realmente fue, pero con tiempo todavía para salir por el barrio, para correr las calles, para sentir el sol en la piel. Para regañar al panadero porque si te descuidas, te da el pan duro de ayer o para elegir una por una las mandarinas y recriminar al frutero todas las peras que tuvo que tirar ayer.
Con tiempo para reír a carcajadas o llorar amargamente. Para subirse a un coche, para dirigir su propio presente. Para decidir qué poner de comer o lo que iban a hacer el fin de semana en su casa de la sierra. Con tiempo para seguir regañando a sus hijos o meter en un sobre los ahorros para el veraneo en la playa. Con tiempo, para ser la protagonista de su espacio. Para llevar la comida a su madre, para preocuparse por la prima Amelia o por su hijo que no tenía un trabajo todavía y no sabía lo que iba a ser de él.
- Con más tiempo, me dicen sus ojos siempre llorosos, cada día más pequeños, sin usar palabras o discursos, tan sólo por su triste mirar.
Pienso en mis ya cuarenta y siete años.
No me parecen, si hago repaso rápido a mi existencia, más que un parpadeo en el tiempo, por mucho que me cuesta cada día llegar a las diez de la noche y ver a mis angelitos en la cama durmiendo después de una dura jornada de colegio, deberes y caretas de Halloween que hay que terminar para mañana.
Observo a la mujer del espejo que me mira con vehemencia.
Quisiera preguntarle qué piensa de lo que soy, de este personaje adulto, que va directo a la cincuentena, que ahora de pie, en la cocina de Pilipam se afana en poner la mesa y en darle a cucharadas el arroz a Danito, mientras escucha a su suegra la misma cantinela de cada Domingo que se acercan a comer con ella.
Me da miedo. Lo mismo la mujer del espejo se atreve a abrir la boca y contestar.
Como si me escuchara hablar en voz alta, como siempre ocurre, desde que hace doce años su camino se cruzó con el mio e hizo que camináramos juntos por el mismo sendero que me ha conducido hoy hasta aquí, veo en la ternura con que me mira Antonio, todas esas respuestas que no dejo a mi yo trasparente pronunciar.
Vida vivida. Tiempo que merece la pena vivir, pienso mirando a mi suegra arrastrar su cuerpo hasta la cocina, con los platos sucios. Merece la pena, ocurra lo que ocurra.
Ocurra lo que ocurra, reverbera el eco en mi interior.
Tiempo que se nos concede. Años que llenamos con nuestros actos, nuestros pensamientos y deseos, que siempre quedarán impresos en unos ojos empequeñecidos por el paso del tiempo.
Consecuencias que dejamos con letras de molde en el libro de nuestra vida, en la gente que conocemos, en quien influimos, en los hijos que dejamos por el camino de la vida que no veremos cómo terminan sus propias historias, porque el tiempo se nos acabará.
Anécdotas, encuentros y desencuentros, personas que marcaron nuestro camino y otras que nos hicieron dudar sobre nuestro papel en la función que representamos queramos o no.
Errores, equivocaciones, caminos que quisiéramos haber evitado para no tener que aprender determinadas lecciones que marcaron nuestro destino.
Unos renglones escritos en las líneas de nuestras manos, en las patas de gallo de nuestros ojos, en los surcos de nuestro rostro. Imagen que ven los demás de nosotros, que ignoramos e ignoraremos siempre lo que piensan de verdad.
Aventuras que vivimos y otras muchas que nos hubiera gustado vivir. Emociones que no experimentamos, lotería que no llegamos nunca a ganar, lugares que no llegamos a visitar o personas que no llamaron a nuestra puerta o pasaron de largo.
Sueños que todavía no se han hecho realidad y nos ayudan en el día a día, como a la abuela Pilipam, en el filo ya de su historia, a seguir adelante, aunque sólo sea por volver a ver los ojitos emocionados de un niño sacando un regalo de su envoltorio de colores.
Vida que nos hubiera gustado protagonizar, historias paralelas y felices que todos guardamos en el desván de nuestros recuerdos, que nos fueron ayudando a soportar horas de trabajo, dificultades económicas o momentos de máxima tensión cuando algo en nuestro interior se truncó.
Todo eso, todo lo vivido, lo sentido, lo imaginado, lo anhelado. Todo lo bueno y todo lo malo.
Los rencores por desencuentros, las desilusiones con los demás, los encuentros apasionados que acabaron en lágrimas de decepción, los malentendidos, las discusiones que duraron años, mantenidas con los hilos de las justificaciones.
Todo lo que vivimos y lo que no. Lo que fue real para nosotros o lo que soñamos formará parte de nosotros, de nuestro cuerpo, nuestro puesto en el mundo cuando dejemos de ser los protagonistas de nuestra historia y como Pilipam asistamos mudos a representar un papel secundario que no tardará en desaparecer.
Nuestra vida pasará como una película repetida, como un bucle incesante que hasta el final nos recordará lo que fuimos, lo que hicimos, lo que fuimos capaces de soñar.
De momento 47 años, sí, aunque espero ver pasar muchos más...
A LOS CUARENTA DESCUBRES QUE YA NO ERES JÓVEN, QUE EMPIEZA EL DECLIVE Y QUE QUEDAN POCAS AVENTURAS POR VIVIR. YO HE QUERIDO ENGAÑAR AL TIEMPO,SIN CIRUJIAS O MAQUILLAJES. TRATANDO DE VIVIR, DE OTRA MANERA...
miércoles, 19 de noviembre de 2014
domingo, 19 de octubre de 2014
Compasión
Confieso, con un poco de vergüenza, que no tengo mucho tiempo para reflexionar. El tiempo y el devenir de la existencia me ha convertido en un personaje muy alejado de aquella mujer interesante, enigmática y aventurera que siempre quise ser. Me ha convertido en una ama de casa que debate la sinrazón de sus días en llevar a los niños al colegio, hacer las tareas de la casa y cuidar la economía familiar, para poder llegar a fin de mes.
Mi cerebro se pasa la vida haciendo cuentas, planeando nuevas estrategias, diseñando platos más baratos, pensando en soluciones que puedan estar a mi alcance en el mundo real, ese que está generado por el dinero que tenemos y lo que podemos gastar.
Es una pena...
Como se pierde la vida en lo cotidiano, en lo urgente, en lo evidente.
Cómo nos engañamos a nosotros mismos con lo visible, con lo que otros nos convencen de que es real, con lo que por narices tenemos que mirar, entre otras muchas cosas, porque nos acosa dicha realidad.
Realidad que acosa, pienso pensando en que tendré que pagar la factura de la luz antes del día 22, si no quiero que me la corten. Realidad que nos acongoja, nos oprime, nos obliga a esperar sentados a que se resuelva una situación tras otra, que siempre tiene que ver con terminar de pagar un plazo, saldar una deuda, dar por finalizada una etapa que siempre tiene que ver con lo material. Curarse de una enfermedad, terminar una etapa de estudios o un trabajo del que te acaban por despedir.
Realidad que se impone, pienso, haciendo una pausa en mis pensamientos de siempre, porque llegó la hora de ir a buscar a los niños al colegio.
Con las gafas de sol, el pelo recogido, refugiada en mi anorak, porque va haciendo frío ya, podría ser cualquier mujer...
Sin vernos los unos a los otros, salgo al mundo real, a ese tan evidente donde nos perdemos todos y en el que nunca nos paramos a reflexionar.
Camino por el paseo lleno de hojas secas, ajena a los pensamientos de los demás. De mi vecina desconocida que camina deprisa y me ha rozado el hombro. Va deprisa y corriendo, camino del coche con las bolsas en la mano para ir a la compra. De un camionero que se ha parado en la cuneta para preguntar si va bien hacia la Nacional II. Del frutero, que con dificultad, porque es evidente que le duele la espalda, saca del camión las cajas de manzanas y peras y las va colocando en el escaparate.
Hay un niño que espera en el coche a que su madre entre en Correos y me saluda con la mano.
Apenas le reconozco y le devuelvo el saludo ignorando si sabe quién soy. Camino más deprisa, sorteando a una mujer muy mayor que camina despacio, temiendo que a cada paso, puedan romperse sus huesos como el cristal. Al tropezar conmigo me ha mirado como si fuera una delincuente común.
Hoy, sin saber por qué, los he mirado uno a uno, a través del cristal oscuro de mis gafas de sol.
Para el espectador soy una más. Formo parte del paisaje. No he hablado nunca con ninguna de esas personas, que como yo, siguen vivos y deambulando por San Rafael.
Es curioso. Todos vamos a lo nuestro, hacemos las cosas que se supone que hay que hacer y seguimos adelante.
El viento arrecia y siento una profunda tristeza. Estamos solos, pienso mirando a la señora de cristal cruzar la calle sin escuchar las protestas de los coches, que la pitan porque se ha dedicado a pasar sin mirar en plena Nacional. Sin poder evitarlo, siento que la melancolía invade mi corazón.
Cuando vivía en la gran ciudad pensaba que en los pueblos todo el mundo sabe de todo el mundo, que había más cordialidad, que la gente se saludaba al pasar. No es así, por lo menos en el mío, concluyo casi en la verja del colegio, donde los grupos desperdigados de mujeres esperan a que salgan sus querubines, saludando un poco por cortesía otro por curiosidad, a la vecina de siempre, a la peluquera o a la mujer del Teniente Alcalde.
Me uno a ellas en un corro que se forma alrededor del pabellón de los pequeños. Los niños salen en fila y apenas reconozco a la profesora y algún niño que habla con mi Daniel.
Le abrazo y siento su amor, su calor. Escucho cómo me cuenta que un niño le ha empujado en el tobogán y que la profa le ha regañado porque se ha portado mal.
-¿Dónde está Miguel?, pregunta siempre, mirando por todos lados a ver si ya ha salido su hermano.
Yo no le escucho, aunque tira de mí camino del pabellón de los mayores. Me he perdido en una conversación ajena. Me ha parecido escuchar que un grupo de mujeres está hablando de otra. Podría ser cualquier mujer, pero sé que hablan de la misma de la que habla todo el mundo, de la que le han quitado a los hijos por incapaz y por no tener recursos económicos.
Es la comidilla del pueblo, y aunque yo no sé quién es quién ni reconozco la autoridad de nadie en este pueblo donde todo se sabe, me he cruzado con ella varias veces en el autobús, esperando a los niños o en la cola del supermercado.
Me hundo en lo más profundo, pensando en una mujer que apenas conozco, que sin saber muy bien por qué me parece entender más allá de lo razonable. Me parece que puedo oír su lamento de desesperación.
-"Todos hacemos lo que podemos", no puedo evitar decir al pasar por el grupo de mujeres que me miran sin saber por qué me he metido en su conversación.
Hay un hombre, aparentemente joven, que me sonríe cómplice y me guiña un ojo. Sé, porque me lo ha contado él, que acude todos los días al cole porque lleva ya mucho tiempo sin trabajar. Está siempre animoso, y lejos de hundirse en la desesperación, actúa como un buen padre atento a sus hijos. Está hablando con una de las mujeres que más dinero tiene del pueblo que va con los pantalones gastados y una gabardina de hace treinta años, y no le importa que sus hijos vayan a un colegio público, porque todos sus amiguitos están allí.
Miguel viene con la mochila llena y sonriente, aunque enseguida me dice que es injusto que siendo tan pequeños tengan tantos deberes, que la profa no sabe lo que es quedarse casi hasta las nueve haciendo cuentas y esquemas de cono, con lo difíciles que son.
-¡¡Si, lo sabe, sí!!, digo recordando que yo misma los hice a su edad y he mandado muchos deberes a muchos alumnos que también me llamaban injusta.
Por un momento, me fundo con la masa de niños y padres, de abuelos, vecinos y familias que ocupamos el patio del colegio de un pueblo cualquiera de Castilla y León.
Desde arriba, desde las alturas, somos un punto en el entramado de un mundo que se pierde en el horizonte, fundiéndose con otros horizontes que apenas llegamos a imaginar.
Una inmensa red nos une a todos en un tiempo y en un espacio donde somos simples motas de polvo en el tapiz colorido que forma la Humanidad en la Tierra, parte del Sistema solar.
Aterrizo después en mi cerebro, en el armario lleno de perchas que reconozco como mío, y que sé que tiene cada una de las personas que hoy me rodean, que apenas se han percatado de que existo. Reconozco un universo infinito de sensaciones, de palabras, de pensamientos, de actos y de consecuencias que tenemos que entender, que comprendo convierte nuestros adentros en un Universo tan grande como el que me atrevo a imaginar hoy a mi alrededor. Ambos tan parecidos, tan complejos y difícil de comprender como el que tengo en mi interior.
Una red que nos mantiene a todos unidos, en la misma sintonía, formando parte de un todo. Un Universo diminuto que es una copia del Universo gigantesco que comprendo hoy.
¿Cómo comprender la bastedad de este Universo, cómo comprender a sus pequeños universos, cómo comprender mi propio e infinito Universo?. ¿Cómo reconciliarse con la soledad, con los Universos incapaces de acercarse al nuestro o el nuestro incapaz de acercarse al de los demás?, me pregunto mirando las acciones de mis iguales, camino de sus coches, de la mano de sus niños, arrastrando las mochilas que pesan tanto como la de Miguel.
Compasión, surge el vocablo en mayúsculas, encendido en neones y subrayado con bombillas de colores.
Compasión, entendida como comprensión del otro, como comprensión y admisión de que todo lo que nos rodea, incluso aquello que no parece identificarnos, en realidad forma parte de nosotros mismos, de nuestra naturaleza, de nuestro interior.
Compasión por el Universo. Compasión por nuestros semejantes, nuestros vecinos, nuestros hermanos o nuestros compañeros y rivales por un puesto de trabajo. Compasión por los que parece que se quedan en el camino o por los que no han sabido hacerlo. Compasión por los que tienen más que nosotros o por los que han jugado mejor sus cartas. Compasión por aquél que no soportas que te quite el sitio para aparcar todos los días o por el jefe que para salirse con la suya te pone la zancadilla y te hace quedar mal.
Compasión por quien no piensa como nosotros o por quien ha elegido un camino tan lejos del nuestro que apenas entendemos que pudiera haber caminos así.Compasión por esos políticos que se quedaron con todo el dinero y sacaron sus tarjetas negras para despilfarrar lo que otros tendrán que pagar con el esfuerzo de muchas jornadas trabajando sin tregua y con poco que llevar a sus hijos a casa.
Compasión, sobre todo, queridos lectores, por nosotros mismos, por nuestra forma de actuar, de equivocarnos, de sabernos en el mundo. Porque aunque todos hacemos lo que podemos, siempre pensamos que podíamos haberlo hecho mejor...
Mi cerebro se pasa la vida haciendo cuentas, planeando nuevas estrategias, diseñando platos más baratos, pensando en soluciones que puedan estar a mi alcance en el mundo real, ese que está generado por el dinero que tenemos y lo que podemos gastar.
Es una pena...
Como se pierde la vida en lo cotidiano, en lo urgente, en lo evidente.
Cómo nos engañamos a nosotros mismos con lo visible, con lo que otros nos convencen de que es real, con lo que por narices tenemos que mirar, entre otras muchas cosas, porque nos acosa dicha realidad.
Realidad que acosa, pienso pensando en que tendré que pagar la factura de la luz antes del día 22, si no quiero que me la corten. Realidad que nos acongoja, nos oprime, nos obliga a esperar sentados a que se resuelva una situación tras otra, que siempre tiene que ver con terminar de pagar un plazo, saldar una deuda, dar por finalizada una etapa que siempre tiene que ver con lo material. Curarse de una enfermedad, terminar una etapa de estudios o un trabajo del que te acaban por despedir.
Realidad que se impone, pienso, haciendo una pausa en mis pensamientos de siempre, porque llegó la hora de ir a buscar a los niños al colegio.
Con las gafas de sol, el pelo recogido, refugiada en mi anorak, porque va haciendo frío ya, podría ser cualquier mujer...
Sin vernos los unos a los otros, salgo al mundo real, a ese tan evidente donde nos perdemos todos y en el que nunca nos paramos a reflexionar.
Camino por el paseo lleno de hojas secas, ajena a los pensamientos de los demás. De mi vecina desconocida que camina deprisa y me ha rozado el hombro. Va deprisa y corriendo, camino del coche con las bolsas en la mano para ir a la compra. De un camionero que se ha parado en la cuneta para preguntar si va bien hacia la Nacional II. Del frutero, que con dificultad, porque es evidente que le duele la espalda, saca del camión las cajas de manzanas y peras y las va colocando en el escaparate.
Hay un niño que espera en el coche a que su madre entre en Correos y me saluda con la mano.
Apenas le reconozco y le devuelvo el saludo ignorando si sabe quién soy. Camino más deprisa, sorteando a una mujer muy mayor que camina despacio, temiendo que a cada paso, puedan romperse sus huesos como el cristal. Al tropezar conmigo me ha mirado como si fuera una delincuente común.
Hoy, sin saber por qué, los he mirado uno a uno, a través del cristal oscuro de mis gafas de sol.
Para el espectador soy una más. Formo parte del paisaje. No he hablado nunca con ninguna de esas personas, que como yo, siguen vivos y deambulando por San Rafael.
Es curioso. Todos vamos a lo nuestro, hacemos las cosas que se supone que hay que hacer y seguimos adelante.
El viento arrecia y siento una profunda tristeza. Estamos solos, pienso mirando a la señora de cristal cruzar la calle sin escuchar las protestas de los coches, que la pitan porque se ha dedicado a pasar sin mirar en plena Nacional. Sin poder evitarlo, siento que la melancolía invade mi corazón.
Cuando vivía en la gran ciudad pensaba que en los pueblos todo el mundo sabe de todo el mundo, que había más cordialidad, que la gente se saludaba al pasar. No es así, por lo menos en el mío, concluyo casi en la verja del colegio, donde los grupos desperdigados de mujeres esperan a que salgan sus querubines, saludando un poco por cortesía otro por curiosidad, a la vecina de siempre, a la peluquera o a la mujer del Teniente Alcalde.
Me uno a ellas en un corro que se forma alrededor del pabellón de los pequeños. Los niños salen en fila y apenas reconozco a la profesora y algún niño que habla con mi Daniel.
Le abrazo y siento su amor, su calor. Escucho cómo me cuenta que un niño le ha empujado en el tobogán y que la profa le ha regañado porque se ha portado mal.
-¿Dónde está Miguel?, pregunta siempre, mirando por todos lados a ver si ya ha salido su hermano.
Yo no le escucho, aunque tira de mí camino del pabellón de los mayores. Me he perdido en una conversación ajena. Me ha parecido escuchar que un grupo de mujeres está hablando de otra. Podría ser cualquier mujer, pero sé que hablan de la misma de la que habla todo el mundo, de la que le han quitado a los hijos por incapaz y por no tener recursos económicos.
Es la comidilla del pueblo, y aunque yo no sé quién es quién ni reconozco la autoridad de nadie en este pueblo donde todo se sabe, me he cruzado con ella varias veces en el autobús, esperando a los niños o en la cola del supermercado.
Me hundo en lo más profundo, pensando en una mujer que apenas conozco, que sin saber muy bien por qué me parece entender más allá de lo razonable. Me parece que puedo oír su lamento de desesperación.
-"Todos hacemos lo que podemos", no puedo evitar decir al pasar por el grupo de mujeres que me miran sin saber por qué me he metido en su conversación.
Hay un hombre, aparentemente joven, que me sonríe cómplice y me guiña un ojo. Sé, porque me lo ha contado él, que acude todos los días al cole porque lleva ya mucho tiempo sin trabajar. Está siempre animoso, y lejos de hundirse en la desesperación, actúa como un buen padre atento a sus hijos. Está hablando con una de las mujeres que más dinero tiene del pueblo que va con los pantalones gastados y una gabardina de hace treinta años, y no le importa que sus hijos vayan a un colegio público, porque todos sus amiguitos están allí.
Miguel viene con la mochila llena y sonriente, aunque enseguida me dice que es injusto que siendo tan pequeños tengan tantos deberes, que la profa no sabe lo que es quedarse casi hasta las nueve haciendo cuentas y esquemas de cono, con lo difíciles que son.
-¡¡Si, lo sabe, sí!!, digo recordando que yo misma los hice a su edad y he mandado muchos deberes a muchos alumnos que también me llamaban injusta.
Por un momento, me fundo con la masa de niños y padres, de abuelos, vecinos y familias que ocupamos el patio del colegio de un pueblo cualquiera de Castilla y León.
Desde arriba, desde las alturas, somos un punto en el entramado de un mundo que se pierde en el horizonte, fundiéndose con otros horizontes que apenas llegamos a imaginar.
Una inmensa red nos une a todos en un tiempo y en un espacio donde somos simples motas de polvo en el tapiz colorido que forma la Humanidad en la Tierra, parte del Sistema solar.
Aterrizo después en mi cerebro, en el armario lleno de perchas que reconozco como mío, y que sé que tiene cada una de las personas que hoy me rodean, que apenas se han percatado de que existo. Reconozco un universo infinito de sensaciones, de palabras, de pensamientos, de actos y de consecuencias que tenemos que entender, que comprendo convierte nuestros adentros en un Universo tan grande como el que me atrevo a imaginar hoy a mi alrededor. Ambos tan parecidos, tan complejos y difícil de comprender como el que tengo en mi interior.
Una red que nos mantiene a todos unidos, en la misma sintonía, formando parte de un todo. Un Universo diminuto que es una copia del Universo gigantesco que comprendo hoy.
¿Cómo comprender la bastedad de este Universo, cómo comprender a sus pequeños universos, cómo comprender mi propio e infinito Universo?. ¿Cómo reconciliarse con la soledad, con los Universos incapaces de acercarse al nuestro o el nuestro incapaz de acercarse al de los demás?, me pregunto mirando las acciones de mis iguales, camino de sus coches, de la mano de sus niños, arrastrando las mochilas que pesan tanto como la de Miguel.
Compasión, surge el vocablo en mayúsculas, encendido en neones y subrayado con bombillas de colores.
Compasión, entendida como comprensión del otro, como comprensión y admisión de que todo lo que nos rodea, incluso aquello que no parece identificarnos, en realidad forma parte de nosotros mismos, de nuestra naturaleza, de nuestro interior.
Compasión por el Universo. Compasión por nuestros semejantes, nuestros vecinos, nuestros hermanos o nuestros compañeros y rivales por un puesto de trabajo. Compasión por los que parece que se quedan en el camino o por los que no han sabido hacerlo. Compasión por los que tienen más que nosotros o por los que han jugado mejor sus cartas. Compasión por aquél que no soportas que te quite el sitio para aparcar todos los días o por el jefe que para salirse con la suya te pone la zancadilla y te hace quedar mal.
Compasión por quien no piensa como nosotros o por quien ha elegido un camino tan lejos del nuestro que apenas entendemos que pudiera haber caminos así.Compasión por esos políticos que se quedaron con todo el dinero y sacaron sus tarjetas negras para despilfarrar lo que otros tendrán que pagar con el esfuerzo de muchas jornadas trabajando sin tregua y con poco que llevar a sus hijos a casa.
Compasión, sobre todo, queridos lectores, por nosotros mismos, por nuestra forma de actuar, de equivocarnos, de sabernos en el mundo. Porque aunque todos hacemos lo que podemos, siempre pensamos que podíamos haberlo hecho mejor...
jueves, 2 de octubre de 2014
MÁS PERCHAS
Sabía que si me daba la vuelta para apuntarlo en la pizarra, las tizas y los bolis volarían de un lado a otro de la clase, como pasaba siempre. Así que me limité a decir en voz alta, apoyada en el borde de la mesa, que para el día siguiente tenían que leerse del libro un texto, en la página 48, y luego, lo comentaríamos en clase.
-Buaa, ¡qué largo y vaya coñazo!. Y a mí, ¿para qué diablos me vale esto?- contesta Rafa a voz en grito, con cara de asco, haciendo que toda la clase se ría a carcajadas.
Sin poder evitarlo, y con la misma cara de asco, sabiendo que en el fondo no es del todo culpa suya su ignorancia, le contesto segura y muy alto, mirándolo a los ojos.
-A ti, para absolutamente nada...
Ante la carcajada general de la clase, el empujón que le propina Diego, su fiel escudero, y la algarabía de voces, libros que se cierran, estuches que hablan a través de su cremallera y cabezas que se levantan para irse ya, aunque no ha sonado el timbre, una voz se distingue en lontananza.
Es el empollón de clase, el gafotas, aquél que siempre se sienta frente a mi mesa, que pregunta tímidamente.
- ¿Y de qué sirve, en realidad?- reflexiona un poco para si mismo y un poco también porque le importa de verdad.
Haciendo acopio de paciencia, de valor y de también osadía, pues hablar con los adolescentes no es tarea baladí, sobre todo cuando se trata de hablarles de una vida que ellos no comparten ni por asomo, tuve que pararme a reflexionar.
Me pregunté a mi misma una de esas cuestiones que al ser humano le inquietan y a la vez le fascinan. Una de esas cuestiones que surgen de lo obvio, de lo cotidiano, de lo sencillo. Una de esas cosas tan difíciles de contestar que requieren una reflexión profunda y sesuda. Una cuestión filosófica, vamos, que no tenía ni tiempo ni espacio para desarrollar en mi mente, y mucho menos con la mirada desafiante de Rafa, que por esa bocaza ya estaba insultando a Ramón, que a parte de sacar buenas notas, no sabía de la misa la media.
-Pues, mira, Ramón, es una de las preguntas más importantes y difíciles que me han hecho en la vida.
Es verdad que la ha pronunciado Rafa, que igual es más listo de lo que quiere aparentar, pero quizá incluso a él, que no le interesa la respuesta, quiera escuchar lo que te va a servir a ti en el futuro, eso de venir al colegio y aprender algo de un texto, de una poesía, o de una ecuación de segundo grado.
Vanesa, la delegada de clase, levanta la mano y me dice que sí, que les gustaría saber para qué narices tienen que estudiar tanto si luego se les va a olvidar todo en cuanto termine el curso. Que nunca ha entendido para qué se va a al colegio y para qué hay que aprender tantas cosas inútiles.
Ante un auditorio lleno de caras de expectación, que son más desafiantes que realmente interesadas en la respuesta, hube que recoger el guante.
El lance no tenía escapatoria, por mucho que miré el reloj y me percaté que todavía quedaban casi diez minutos para terminar la clase.
Acudí el repertorio de mi desván atestado de saberes, buscando una vía de acceso fácil de entender que pudiera servir a caminantes como Ramón, enfrascado en sus libros más que en la relación con los demás, un poco por ser el diferente, y un poco también porque en los libros había encontrado más respuestas que en su aburrida realidad.
-Dicen por ahí, que cuando estudias mucho, luego haces una carrera y te haces un hombre de provecho, ganarás mucho dinero, tendrás un puesto de trabajo estable y también interesante, y tu vida será mucho mejor...
-¡¡Eso, eso es lo que dice siempre mi padre!!, apunta Rafa, que con el historial que lleva de repetidor y con seis suspensos por evaluación, está convencido, y sus padres también, de que terminará ayudando a su padre que es pintor de brocha gorda.
La algarabía continúa y quien no asiente con la cabeza se lo dice al de al lado, y vuelve a organizarse un jaleo, que siempre termina porque yo me pongo seria y callada delante de la mesa, mirando el reloj con impaciencia.
Se callan todos al captar la señal. Saben que si no se callan, caerá examen sorpresa.
-Gracias, les digo cuando se hace el silencio. Decía que todo eso que nos dicen siempre, no me parece a mi razón suficiente para aprender. Ganar mucho dinero se puede hacer sin saber "hacer la o con un canuto", y ¿cuántos ingenieros y gente de valor, se pasa la vida en la cola del paro sin entender muy bien qué han hecho en la vida para no haber visto la oportunidad de hacerse millonarios con todo lo que saben?...
-No es eso, al menos no es eso sólo, les digo viendo que me dejan hablar, pues voy a iniciar un discurso que no han oído hasta ahora, que no es la cantinela de siempre.
Ni yo misma estoy muy segura de lo que voy a decir.
Como yo lo veo, Ramón, el cerebro es un armario gigante esperando que colguemos perchas en él.
Cuando somos pequeños, nos ponen las perchas básicas, esas que nos dicen que sirven para hablar, para comer, para saber cómo es el mundo o para verlo con los ojos de un niño.
Luego, nosotros, al ir creciendo, vamos colgando unas cuantas perchas más.
-¿Perchas?, me pregunta Vanessa. ¿Por qué le llamas perchas?.
-Perchas porque en cada una de ellas se cuelga todo lo que tiene que ver con el conocimiento original, ese que colgó una nueva percha en la barra de nuestro armario.
Por sus caras, veo que no entienden nada.
Vamos a imaginar que alguien te habla de un videojuego nuevo de esos que os gustan a vosotros y que no sabíais que existe.
Si os interesa de verdad, colgaréis una percha en el armario de vuestro cerebro, y en ella todo lo que tenga que ver con él: funcionamiento, trucos que te cuentan amigos que ya han sabido como pasar la pantalla, cosas que os gustan, que os disgustan, Todo lo que tenga que ver de alguna manera con el juego o con algo similar. No os cuento nada si con la experiencia, jugáis con él una y otra vez y lo hacéis parte de vuestra vida. Habréis colgado una percha y en ella todo lo que tenga que ver con ese juego y todos los demás, pues me parece entender en mi pobreza, que son todos parecidos.
Asiente como si lo hubiera comprendido.
-Lo que mola de todo eso, como decís vosotros, está en que, cuando surja algo similar a todo eso que habéis colgado en la percha de videojuego nuevo, como otro similar o una realidad que viváis que tenga algo que ver, el cerebro irá a buscarlo allí y encontrará inmediatamente las respuestas. Se acordará de lo que habéis aprendido, y de esa manera, podréis ser los mejores jugadores o tener a mano todo lo que interesa para jugar a ese juego.
-...ya sé por dónde vas, alega Vanesa tirando el boli rojo encima de la mesa. Así que, cuanto más aprendamos, más perchas tendremos en la cabeza y más cosas podremos resolver. Es eso¿no?.
-Pues tampoco estoy tan segura de eso, les digo con cara de chiste, sabiendo que no por mucho saber, puedes resolver en la vida más problemas.
-Entonces, tronca, ¿para qué sirve saber muchas cosas?.
Pues para ir poniendo más y más perchas y poder tener una cosa, que los mayores a veces ni siquiera llegamos a tener. Para poder tener más criterio, les digo como si estuviera resolviendo el misterio de la vida misma.
Criterio.
La palabra queda flotando entre los tubos fluorescentes del techo y el ambiente cargado de mochilas, lapiceros, cuadernos y pupitres llenos de rayajos.
Nadie dice nada.Como si la palabra fuera algo nuevo para ellos o un tabú del que no se habla.
-Y ¿qué es criterio, me preguntarás, clavando tu pupila azul en mi pupila?- frivolizo, mirando a Ramón, que me mira alucinado, reconociendo en mi broma la famosa frase de las Rimas de Becker, esas que tanto les costó leer, y que casi todos le copiaron, cuando tuvieron que entregar el resumen y el comentario a la profa de literatura.
Criterio: libertad de pensamiento, sensación de que empiezas a entender el mundo que te rodea. Criterio, facilidad para entender la realidad, esa realidad cambiante, mutable y donde vivimos todos sin entender qué pasa o qué nos dicen los demás.
Criterio, capacidad para elegir los cambios, para decidir qué creer, para tratar de aportar algo nuevo a lo que se nos vende: en la tele, la vida, los adultos, los políticos, los anuncios, las modas que ponen otros, el líder que mola, que parece saber todas las respuestas y nos mantiene engañados por nuestra ignorancia.
Criterio para ser capaces de saber dónde estamos, quiénes somos, qué somos capaces de hacer con lo que llevamos dentro. Criterio para saber escoger qué prenda ponernos de la percha de nuestro propio armario, qué camino es el menos peligroso y el que más nos llevará a donde queremos ir.
Criterio para discernir qué es lo que somos, quiénes nos dirigen, si lo que sabemos es una manipulación de la realidad o es real tan sólo para unos pocos.
Criterio o capacidad para pensar, queridos alumnos. Criterio para darse cuenta que de alguna manera todo lo que sabemos, hemos experimentado o nos cuentan es mentira...
Criterio para ser especiales, diferentes, para no dejarnos engañar.
Algo que muy pocos tienen y que todos deseamos tener cuando empezamos a acumular en el armario muchas perchas y surge lo cotidiano, el día a día, los momentos en los que tenemos que tomar decisiones, elegir cuál es el camino mejor para nosotros o decir a otros o a nuestra antigua vida adiós.
Criterio para ser felices, para imaginar una realidad que pudiéramos rehacer para que fuera la nuestra. Criterio hasta si me pones, para amar.
-Ya tronca, y con eso ¿vas a ser millonario o te morirás de asco?. Quizá cuando descubras que todo lo que te cuentan es mentira como tú dices, entonces te darás cuenta de que vives en un infierno, como dice mi viejo siempre, que cuenta la misma cantinela que tú, que siempre está con lo mismo.
-Quizá a tu padre y a todos los que llegan a ese punto, con todos los respetos, les falten por colgar todavía muchas perchas...
El mundo que nos rodea, lo que somos, lo que vemos, nuestros sueños, inquietudes y deseos. Todo lo que tenemos en la cabeza, incluso nuestro lado oscuro, les digo mirando a aquellos a quienes llaman frikis porque son forofos de La Guerra de las Galaxias, es eso, todo lo que tenemos colgado en las perchas de nuestro armario.
Si en un momento no nos convence, si nos quedamos paralizados porque no sabemos resolver un problema o damos tumbos, caminando en círculos que no nos llevan a ninguna parte, tenemos una opción: colgar más perchas.
Por eso me parece a mi vital aprender, estudiar, reflexionar sobre lo que cuentan otros.
-¿Y esas perchas solo se ponen si estudiamos las capitales del mundo, las raíces cuadradas o la revolución industrial?, me pregunta incrédula Vanesa, tratando de entender lo que yo digo, relacionado con todo lo que estudian y les parece un rollazo.
-Todo eso: estudiar una lista de capitales, aprender los mecanismos que nos llevan a resolver una ecuación de segundo grado o entender qué pasaba en Europa en el siglo XVIII para que surgieran las condiciones en Inglaterra que propiciaran una Revolución Industrial, nos enseña cómo meter las perchas en el armario.
Una percha no se cuelga así porque sí. Un conocimiento nuevo tan sólo se integra en nosotros con un gran esfuerzo, con algo que hemos vivido y nos ha enseñado algo, o practicando una y otra vez un procedimiento, o una forma de pensar. Es difícil experimentar una ecuación de segundo grado, por eso hay que aprenderla en clase, hacer muchas, memorizar otras que nos ayudarán el el futuro o simplemente porque aunque ahora no entendamos de qué nos va a servir, tenemos que confiar en los sesudos gobernantes que han elaborado una enseñanza obligatoria, que la ley obliga a tener para pertenecer a esta sociedad.
Ramón asentía con los ojos bajos, como si empezara a entender.
Para mi sorpresa, al verbalizar mis conclusiones, yo también comenzaba a entender.
-El ser humano se pregunta cosas y quiere respuestas. Hay muchas respuestas que ya han dado otros, que ya han resuelto otros, y son esas las que nos interesan, las que nos ahorran mucho tiempo, investigaciones largas y costosas que de otra manera debería hacer cada ser humano cada vez que quisiera responder una pregunta.
Son las preguntas que resolvieron otros las que nos proponemos los educadores que aprendáis. Por muy rollazos que sean, por mucho que os aburran porque parecen no servir para nada, os aseguro que algún día os servirán.
Los empollones, los frikis, las pijas e incluso los malotes de clase, esos que seguían el juego a aquél que presumía de no saber nada y catear todo siempre, como si fuera un héroe nacional, salieron aquel día por la puerta sin alborotar, cuando sonó el timbre que me salvó de tener que responder a más preguntas.
Nunca sabré si aquello les sirvió para algo a aquél grupo problemático al que tuve la suerte de dar clase. Sin embargo, hoy, al recordar con unos amigos en la barra de un bar, por qué no quieren aprender nada nuestros alumnos, nuestros hijos o sobrinos, y por qué las cosas están como están, he recordado con cariño ese idealismo que me convirtió en una profa de Insti un poco diferente a los demás. Una heroína camicace que incluso cometía la desfachatez de reflexionar sobre la vida delante de sus alumnos, que sin que pueda entender yo cómo, me escuchaban sin parpadear.
Hoy tenía ganas de compartir este discurso en este blog, quizá para que me sirva a mi misma, en un momento, donde se impone colgar unas cuantas perchas más. He llegado a comprender, con el criterio que me dan los años y las perchas que ya tengo puestas, que el fondo de mi armario, ya no tiene todas esas respuestas que necesitan mis nuevas preguntas.
Aprender es la respuesta, añadir conocimientos nuevos. El mundo es un lugar mucho más grande del que podíamos llegar a soñar. Sólo depende de nosotros el verlo con otros ojos, y de paso, aprender a ser mucho más felices...
-Buaa, ¡qué largo y vaya coñazo!. Y a mí, ¿para qué diablos me vale esto?- contesta Rafa a voz en grito, con cara de asco, haciendo que toda la clase se ría a carcajadas.
Sin poder evitarlo, y con la misma cara de asco, sabiendo que en el fondo no es del todo culpa suya su ignorancia, le contesto segura y muy alto, mirándolo a los ojos.
-A ti, para absolutamente nada...
Ante la carcajada general de la clase, el empujón que le propina Diego, su fiel escudero, y la algarabía de voces, libros que se cierran, estuches que hablan a través de su cremallera y cabezas que se levantan para irse ya, aunque no ha sonado el timbre, una voz se distingue en lontananza.
Es el empollón de clase, el gafotas, aquél que siempre se sienta frente a mi mesa, que pregunta tímidamente.
- ¿Y de qué sirve, en realidad?- reflexiona un poco para si mismo y un poco también porque le importa de verdad.
Haciendo acopio de paciencia, de valor y de también osadía, pues hablar con los adolescentes no es tarea baladí, sobre todo cuando se trata de hablarles de una vida que ellos no comparten ni por asomo, tuve que pararme a reflexionar.
Me pregunté a mi misma una de esas cuestiones que al ser humano le inquietan y a la vez le fascinan. Una de esas cuestiones que surgen de lo obvio, de lo cotidiano, de lo sencillo. Una de esas cosas tan difíciles de contestar que requieren una reflexión profunda y sesuda. Una cuestión filosófica, vamos, que no tenía ni tiempo ni espacio para desarrollar en mi mente, y mucho menos con la mirada desafiante de Rafa, que por esa bocaza ya estaba insultando a Ramón, que a parte de sacar buenas notas, no sabía de la misa la media.
-Pues, mira, Ramón, es una de las preguntas más importantes y difíciles que me han hecho en la vida.
Es verdad que la ha pronunciado Rafa, que igual es más listo de lo que quiere aparentar, pero quizá incluso a él, que no le interesa la respuesta, quiera escuchar lo que te va a servir a ti en el futuro, eso de venir al colegio y aprender algo de un texto, de una poesía, o de una ecuación de segundo grado.
Vanesa, la delegada de clase, levanta la mano y me dice que sí, que les gustaría saber para qué narices tienen que estudiar tanto si luego se les va a olvidar todo en cuanto termine el curso. Que nunca ha entendido para qué se va a al colegio y para qué hay que aprender tantas cosas inútiles.
Ante un auditorio lleno de caras de expectación, que son más desafiantes que realmente interesadas en la respuesta, hube que recoger el guante.
El lance no tenía escapatoria, por mucho que miré el reloj y me percaté que todavía quedaban casi diez minutos para terminar la clase.
Acudí el repertorio de mi desván atestado de saberes, buscando una vía de acceso fácil de entender que pudiera servir a caminantes como Ramón, enfrascado en sus libros más que en la relación con los demás, un poco por ser el diferente, y un poco también porque en los libros había encontrado más respuestas que en su aburrida realidad.
-Dicen por ahí, que cuando estudias mucho, luego haces una carrera y te haces un hombre de provecho, ganarás mucho dinero, tendrás un puesto de trabajo estable y también interesante, y tu vida será mucho mejor...
-¡¡Eso, eso es lo que dice siempre mi padre!!, apunta Rafa, que con el historial que lleva de repetidor y con seis suspensos por evaluación, está convencido, y sus padres también, de que terminará ayudando a su padre que es pintor de brocha gorda.
La algarabía continúa y quien no asiente con la cabeza se lo dice al de al lado, y vuelve a organizarse un jaleo, que siempre termina porque yo me pongo seria y callada delante de la mesa, mirando el reloj con impaciencia.
Se callan todos al captar la señal. Saben que si no se callan, caerá examen sorpresa.
-Gracias, les digo cuando se hace el silencio. Decía que todo eso que nos dicen siempre, no me parece a mi razón suficiente para aprender. Ganar mucho dinero se puede hacer sin saber "hacer la o con un canuto", y ¿cuántos ingenieros y gente de valor, se pasa la vida en la cola del paro sin entender muy bien qué han hecho en la vida para no haber visto la oportunidad de hacerse millonarios con todo lo que saben?...
-No es eso, al menos no es eso sólo, les digo viendo que me dejan hablar, pues voy a iniciar un discurso que no han oído hasta ahora, que no es la cantinela de siempre.
Ni yo misma estoy muy segura de lo que voy a decir.
Como yo lo veo, Ramón, el cerebro es un armario gigante esperando que colguemos perchas en él.
Cuando somos pequeños, nos ponen las perchas básicas, esas que nos dicen que sirven para hablar, para comer, para saber cómo es el mundo o para verlo con los ojos de un niño.
Luego, nosotros, al ir creciendo, vamos colgando unas cuantas perchas más.
-¿Perchas?, me pregunta Vanessa. ¿Por qué le llamas perchas?.
-Perchas porque en cada una de ellas se cuelga todo lo que tiene que ver con el conocimiento original, ese que colgó una nueva percha en la barra de nuestro armario.
Por sus caras, veo que no entienden nada.
Vamos a imaginar que alguien te habla de un videojuego nuevo de esos que os gustan a vosotros y que no sabíais que existe.
Si os interesa de verdad, colgaréis una percha en el armario de vuestro cerebro, y en ella todo lo que tenga que ver con él: funcionamiento, trucos que te cuentan amigos que ya han sabido como pasar la pantalla, cosas que os gustan, que os disgustan, Todo lo que tenga que ver de alguna manera con el juego o con algo similar. No os cuento nada si con la experiencia, jugáis con él una y otra vez y lo hacéis parte de vuestra vida. Habréis colgado una percha y en ella todo lo que tenga que ver con ese juego y todos los demás, pues me parece entender en mi pobreza, que son todos parecidos.
Asiente como si lo hubiera comprendido.
-Lo que mola de todo eso, como decís vosotros, está en que, cuando surja algo similar a todo eso que habéis colgado en la percha de videojuego nuevo, como otro similar o una realidad que viváis que tenga algo que ver, el cerebro irá a buscarlo allí y encontrará inmediatamente las respuestas. Se acordará de lo que habéis aprendido, y de esa manera, podréis ser los mejores jugadores o tener a mano todo lo que interesa para jugar a ese juego.
-...ya sé por dónde vas, alega Vanesa tirando el boli rojo encima de la mesa. Así que, cuanto más aprendamos, más perchas tendremos en la cabeza y más cosas podremos resolver. Es eso¿no?.
-Pues tampoco estoy tan segura de eso, les digo con cara de chiste, sabiendo que no por mucho saber, puedes resolver en la vida más problemas.
-Entonces, tronca, ¿para qué sirve saber muchas cosas?.
Pues para ir poniendo más y más perchas y poder tener una cosa, que los mayores a veces ni siquiera llegamos a tener. Para poder tener más criterio, les digo como si estuviera resolviendo el misterio de la vida misma.
Criterio.
La palabra queda flotando entre los tubos fluorescentes del techo y el ambiente cargado de mochilas, lapiceros, cuadernos y pupitres llenos de rayajos.
Nadie dice nada.Como si la palabra fuera algo nuevo para ellos o un tabú del que no se habla.
-Y ¿qué es criterio, me preguntarás, clavando tu pupila azul en mi pupila?- frivolizo, mirando a Ramón, que me mira alucinado, reconociendo en mi broma la famosa frase de las Rimas de Becker, esas que tanto les costó leer, y que casi todos le copiaron, cuando tuvieron que entregar el resumen y el comentario a la profa de literatura.
Criterio: libertad de pensamiento, sensación de que empiezas a entender el mundo que te rodea. Criterio, facilidad para entender la realidad, esa realidad cambiante, mutable y donde vivimos todos sin entender qué pasa o qué nos dicen los demás.
Criterio, capacidad para elegir los cambios, para decidir qué creer, para tratar de aportar algo nuevo a lo que se nos vende: en la tele, la vida, los adultos, los políticos, los anuncios, las modas que ponen otros, el líder que mola, que parece saber todas las respuestas y nos mantiene engañados por nuestra ignorancia.
Criterio para ser capaces de saber dónde estamos, quiénes somos, qué somos capaces de hacer con lo que llevamos dentro. Criterio para saber escoger qué prenda ponernos de la percha de nuestro propio armario, qué camino es el menos peligroso y el que más nos llevará a donde queremos ir.
Criterio para discernir qué es lo que somos, quiénes nos dirigen, si lo que sabemos es una manipulación de la realidad o es real tan sólo para unos pocos.
Criterio o capacidad para pensar, queridos alumnos. Criterio para darse cuenta que de alguna manera todo lo que sabemos, hemos experimentado o nos cuentan es mentira...
Criterio para ser especiales, diferentes, para no dejarnos engañar.
Algo que muy pocos tienen y que todos deseamos tener cuando empezamos a acumular en el armario muchas perchas y surge lo cotidiano, el día a día, los momentos en los que tenemos que tomar decisiones, elegir cuál es el camino mejor para nosotros o decir a otros o a nuestra antigua vida adiós.
Criterio para ser felices, para imaginar una realidad que pudiéramos rehacer para que fuera la nuestra. Criterio hasta si me pones, para amar.
-Ya tronca, y con eso ¿vas a ser millonario o te morirás de asco?. Quizá cuando descubras que todo lo que te cuentan es mentira como tú dices, entonces te darás cuenta de que vives en un infierno, como dice mi viejo siempre, que cuenta la misma cantinela que tú, que siempre está con lo mismo.
-Quizá a tu padre y a todos los que llegan a ese punto, con todos los respetos, les falten por colgar todavía muchas perchas...
El mundo que nos rodea, lo que somos, lo que vemos, nuestros sueños, inquietudes y deseos. Todo lo que tenemos en la cabeza, incluso nuestro lado oscuro, les digo mirando a aquellos a quienes llaman frikis porque son forofos de La Guerra de las Galaxias, es eso, todo lo que tenemos colgado en las perchas de nuestro armario.
Si en un momento no nos convence, si nos quedamos paralizados porque no sabemos resolver un problema o damos tumbos, caminando en círculos que no nos llevan a ninguna parte, tenemos una opción: colgar más perchas.
Por eso me parece a mi vital aprender, estudiar, reflexionar sobre lo que cuentan otros.
-¿Y esas perchas solo se ponen si estudiamos las capitales del mundo, las raíces cuadradas o la revolución industrial?, me pregunta incrédula Vanesa, tratando de entender lo que yo digo, relacionado con todo lo que estudian y les parece un rollazo.
-Todo eso: estudiar una lista de capitales, aprender los mecanismos que nos llevan a resolver una ecuación de segundo grado o entender qué pasaba en Europa en el siglo XVIII para que surgieran las condiciones en Inglaterra que propiciaran una Revolución Industrial, nos enseña cómo meter las perchas en el armario.
Una percha no se cuelga así porque sí. Un conocimiento nuevo tan sólo se integra en nosotros con un gran esfuerzo, con algo que hemos vivido y nos ha enseñado algo, o practicando una y otra vez un procedimiento, o una forma de pensar. Es difícil experimentar una ecuación de segundo grado, por eso hay que aprenderla en clase, hacer muchas, memorizar otras que nos ayudarán el el futuro o simplemente porque aunque ahora no entendamos de qué nos va a servir, tenemos que confiar en los sesudos gobernantes que han elaborado una enseñanza obligatoria, que la ley obliga a tener para pertenecer a esta sociedad.
Ramón asentía con los ojos bajos, como si empezara a entender.
Para mi sorpresa, al verbalizar mis conclusiones, yo también comenzaba a entender.
-El ser humano se pregunta cosas y quiere respuestas. Hay muchas respuestas que ya han dado otros, que ya han resuelto otros, y son esas las que nos interesan, las que nos ahorran mucho tiempo, investigaciones largas y costosas que de otra manera debería hacer cada ser humano cada vez que quisiera responder una pregunta.
Son las preguntas que resolvieron otros las que nos proponemos los educadores que aprendáis. Por muy rollazos que sean, por mucho que os aburran porque parecen no servir para nada, os aseguro que algún día os servirán.
Los empollones, los frikis, las pijas e incluso los malotes de clase, esos que seguían el juego a aquél que presumía de no saber nada y catear todo siempre, como si fuera un héroe nacional, salieron aquel día por la puerta sin alborotar, cuando sonó el timbre que me salvó de tener que responder a más preguntas.
Nunca sabré si aquello les sirvió para algo a aquél grupo problemático al que tuve la suerte de dar clase. Sin embargo, hoy, al recordar con unos amigos en la barra de un bar, por qué no quieren aprender nada nuestros alumnos, nuestros hijos o sobrinos, y por qué las cosas están como están, he recordado con cariño ese idealismo que me convirtió en una profa de Insti un poco diferente a los demás. Una heroína camicace que incluso cometía la desfachatez de reflexionar sobre la vida delante de sus alumnos, que sin que pueda entender yo cómo, me escuchaban sin parpadear.
Hoy tenía ganas de compartir este discurso en este blog, quizá para que me sirva a mi misma, en un momento, donde se impone colgar unas cuantas perchas más. He llegado a comprender, con el criterio que me dan los años y las perchas que ya tengo puestas, que el fondo de mi armario, ya no tiene todas esas respuestas que necesitan mis nuevas preguntas.
Aprender es la respuesta, añadir conocimientos nuevos. El mundo es un lugar mucho más grande del que podíamos llegar a soñar. Sólo depende de nosotros el verlo con otros ojos, y de paso, aprender a ser mucho más felices...
jueves, 3 de julio de 2014
Acabar con el tiempo de silencio...
Llevo mucho tiempo sin escribir.
Llevo mucho tiempo callada, sin nada publicado, sin nada que hiciera ver que algo merece trascender los muros de mi casa y alcanzar el ciberespacio. Esa inmensa ventana coloreada que llega de un confín al otro de nuestro mundo, tan sólo por pulsar unas teclas y darle al Intro. Tan sólo por darle a un botón.
A veces da un poco de vértigo.
-¿Quién andará por los vericuetos de mi ciberespacio para fisgar en mi intimidad?. ¿Qué ser humano se acercará a mis letras y sacará sus propias conclusiones, mientras se instala en este monólogo sordo, que no escuchará los pensamientos de mis interlocutores, pues ellos, raramente, se deciden a contestar?.
Otras, sin embargo, me acerco a la intuición de un terrible vacío, un enorme silencio. La sinrazón de un mensaje que nadie escucha y que nadie leerá, como no leían mis hermanos mis diarios cuando los dejaba tirados por casa, con la infantil esperanza, no de guardar mis secretos más íntimos, sino más bien, de verlos publicados en primera página en el mazacine de mi realidad.
Eso me entristece profundamente. Entre el abismo de saberme descubierta y la certeza de un silencio absoluto, abogo por la necesidad de ser vista, reconocida, por mucho que me disfrace con gafas oscuras, pañuelo negro y camine cabizbaja, temerosa de descubrir que en el fondo, ya no queda nada de esa Greta Garbo que fui.
Soy en el fondo una exhibicionista. Soy una de esas reinonas del colorín que no se conforma con un reportaje en las páginas interiores. Una que vendería su alma al Diablo para que le publicaran un escándalo en primera página.
Se lo grito al Universo, para que en su eco, me devuelva multiplicado mi alarido, como clamor de auxilio que debí haber dado hace tiempo, y sin embargo no fui capaz..
-¡Universo, cuéntale al mundo que existo!. ¡Cuéntale que todo esto que vivo y que aprendo, trasciende mi propia realidad para alcanzar su sitio en la eternidad!.
El Universo no me responde. Quizá se quede perplejo ante el laberinto de palabras que quedan impresas en el espacio cibernético que llaman nube, encerrado en mi ordenador. Creo que no entiende de lenguaje literario, ni de metáforas o aliteraciones.
Dicen los que saben, de los que he leído mucho últimamente, que el Universo tan sólo entiende de palabras simples, de deseos que nacen del corazón. Entiende de longitudes de onda que se expanden sin explicaciones, sin muchas letras que completen un mensaje que se pierde como las ondas del río cuando mi hijo tira una piedra a la superficie del agua y se empeña en que rebote al menos una vez.
Mi mensaje llega amortiguado con las olas, se pierde entre las letras de mi ordenador. Se imprime con letras que enmascaran mis deseos y confunden al lector asustado por la profundidad de mis adentros.
Y el Universo no sabe entender más que de mi malestar, de mi angustia gritada, de mis letras esparcidas por un montón de post que publico sin orden o concierto en el blog de mis tiempos de silencio.
-Aclárate, me dijo una vez un alma caritativa, que al acercarse a mis conclusiones, decía que no se puede desear ser alpinista y no saber siquiera lo que es un piolet. Que determinados sueños invalidan otros y que sin saber qué es realmente lo que se quiere, no se puede ir a Lourdes de rodillas o ponerse en manos del bueno de San Antonio si es que no tienes intención de encontrar eso que creías perdido y que no recuerdas ni lo que es.
Era él experto en conclusiones y no en sensaciones, como lo es la que suscribe estas letras, y claro, como tal, más proclive a recoger lo que había sembrado y hacer de su cosecha una mina de oro.
Yo, aficionada a otro tipo de menesteres, viviendo mucho menos en el mundo material, soy en mi nube, la dueña de una floristería que ofrece miles de deseos, intenciones y sobre todo de disculpas.
Hago birguerías con las flores que cultivo en mi huerto. Las elijo como nadie para hacer ese ramo que cualquier novia quisiera tener.
Llevan mensajes variados: "lo siento, no se volverá a repetir". "He querido que entiendas mi mensaje con un puñado de flores". O un "te quiero", de esos que los humanos a veces tememos pronunciar y nos faltan las palabras.
Pero, siento que ese ramo, pocas veces llega a su destino, que pocas veces ocupa el lugar que yo quisiera.
Quiero imaginarlo en el centro de una mesa al lado de un gran ventanal, desde el que se ve el barrio y muchas casas a su alrededor. Desde donde una mujer pueda salir al balcón, y pueda verlo encima de la mesa, pintando de colores su horizonte. Desde donde unos niños curiosos, asomen su naricilla al cristal, desde la calle, a ver las margaritas abiertas, los capullos sonrosados, los lirios y las rosas en todo su esplendor.
Sospecho que la belleza de mi ramo se quedará dentro del envoltorio, escondido entre los demás ramos, que ni siquiera los más románticos se permiten enviar. Y me conformo en preguntarle al Universo dónde quedaron mis margaritas, mis palabras, donde quedó ese puñado de sensaciones que quise arrancarme del alma y dejar escritas entre las flores que elegí de mi jardín.
Nunca hay respuesta. El Universo es parco en palabras, con quienes, quizá, no le permitamos hablar.
Ante el malestar de mi propio fracaso, ante la evidencia de mis escritos malogrados, me instalo en este tiempo de silencio que me ha ocupado casi dos años de mi vida.
Pero, no ha sido sólo eso. Un escritor siente que el suelo se rompe bajo sus pies cuando no se apoya en palabras, cuando no camina entre letras.
Le falta el aire vacío de frases y se ahoga en el día a día cuando no tiene sus manguitos mágicos y se entretiene con su diario un rato cada día.
Se muere con los miembros atados, a no ser que viva algo con gran intensidad.
Compruebo, que mi buen amigo Terenci Moix tenía razón también en reparar, que son los tiempos de silencio en la escritura los más fructíferos que tiene el escritor en la realidad. Es, precisamente, cuando acontecen muchas cosas, cuando las letras se vuelven vagas, se camuflan en la arena, y olvida el escriba sus bártulos al final de su baúl, creyendo éstos que quizá no volverán a ver la luz.
Afortunadamente, nada de eso ocurre. El alma inquieta, el escriba agotado, vuelve a sus herramientas cuando acaba el devenir de la existencia, el trajín de los acontecimientos o los romances más pasionales. Ahogado en la evidencia de su pasado inmediato, con el alma a rebosar de sensaciones que quedaron encerradas bajo llave, corre a beber en las mismas fuentes de siempre y vuelve a zambullirse en esos vocablos que no llegó a escribir. Buscando, sin duda, que esos vocablos justifiquen el tiempo de espera, el irresponsable pasar de los días que hemos dejado sin impronta, sin un mensaje que dejarle al Tiempo.
Confieso con Neruda, querido lector, que he vivido mucho en este tiempo, y que en ese devenir de acontecimientos, ha quedado poco espacio para las letras, para los deseos que no se lleva el viento.
-O vives o escribes, no hay término medio, que diría el autor de No me digas que fue un sueño.
¡Qué razón tenía el maestro!, pienso recordando que no me ha quedado un resquicio de tiempo en el día a día, para pararme a reflexionar.
Lo tengo ahora, o lo busco entre la maleza de la rutina. Lo rescato de lo irracional, para dejar una instantánea de mi personaje actual. Personaje que vive, que aprende, que llora y se queja al Universo, cuando las cosas no salen como estaba escrito en el guión de lo vivido. Personaje que se pregunta qué esperaba el alma, para no salirse de la cuadrícula de su rutinario y sosegado vagar.
Escribo también para entender, para salir del silencio prolongado, de quedarme absorta en esos anuncios que parecen hacer olvidar que la película que estamos viendo, era lo interesante de verdad. que era precisamente por verla, por lo que robamos al sueño una noche sentada delante del televisor.
Escribo para dar forma a esta película que protagonizo ahora y no consigo entender, por mucho que la viva en primera persona y sea la realidad de mis días y noches, alejada como estoy de lo que comprendía hasta antes de ayer.
Escribo para terminar este tiempo de silencio, en el que se interrumpió ese monólogo que protagonizo yo...
Llevo mucho tiempo callada, sin nada publicado, sin nada que hiciera ver que algo merece trascender los muros de mi casa y alcanzar el ciberespacio. Esa inmensa ventana coloreada que llega de un confín al otro de nuestro mundo, tan sólo por pulsar unas teclas y darle al Intro. Tan sólo por darle a un botón.
A veces da un poco de vértigo.
-¿Quién andará por los vericuetos de mi ciberespacio para fisgar en mi intimidad?. ¿Qué ser humano se acercará a mis letras y sacará sus propias conclusiones, mientras se instala en este monólogo sordo, que no escuchará los pensamientos de mis interlocutores, pues ellos, raramente, se deciden a contestar?.
Otras, sin embargo, me acerco a la intuición de un terrible vacío, un enorme silencio. La sinrazón de un mensaje que nadie escucha y que nadie leerá, como no leían mis hermanos mis diarios cuando los dejaba tirados por casa, con la infantil esperanza, no de guardar mis secretos más íntimos, sino más bien, de verlos publicados en primera página en el mazacine de mi realidad.
Eso me entristece profundamente. Entre el abismo de saberme descubierta y la certeza de un silencio absoluto, abogo por la necesidad de ser vista, reconocida, por mucho que me disfrace con gafas oscuras, pañuelo negro y camine cabizbaja, temerosa de descubrir que en el fondo, ya no queda nada de esa Greta Garbo que fui.
Soy en el fondo una exhibicionista. Soy una de esas reinonas del colorín que no se conforma con un reportaje en las páginas interiores. Una que vendería su alma al Diablo para que le publicaran un escándalo en primera página.
Se lo grito al Universo, para que en su eco, me devuelva multiplicado mi alarido, como clamor de auxilio que debí haber dado hace tiempo, y sin embargo no fui capaz..
-¡Universo, cuéntale al mundo que existo!. ¡Cuéntale que todo esto que vivo y que aprendo, trasciende mi propia realidad para alcanzar su sitio en la eternidad!.
El Universo no me responde. Quizá se quede perplejo ante el laberinto de palabras que quedan impresas en el espacio cibernético que llaman nube, encerrado en mi ordenador. Creo que no entiende de lenguaje literario, ni de metáforas o aliteraciones.
Dicen los que saben, de los que he leído mucho últimamente, que el Universo tan sólo entiende de palabras simples, de deseos que nacen del corazón. Entiende de longitudes de onda que se expanden sin explicaciones, sin muchas letras que completen un mensaje que se pierde como las ondas del río cuando mi hijo tira una piedra a la superficie del agua y se empeña en que rebote al menos una vez.
Mi mensaje llega amortiguado con las olas, se pierde entre las letras de mi ordenador. Se imprime con letras que enmascaran mis deseos y confunden al lector asustado por la profundidad de mis adentros.
Y el Universo no sabe entender más que de mi malestar, de mi angustia gritada, de mis letras esparcidas por un montón de post que publico sin orden o concierto en el blog de mis tiempos de silencio.
-Aclárate, me dijo una vez un alma caritativa, que al acercarse a mis conclusiones, decía que no se puede desear ser alpinista y no saber siquiera lo que es un piolet. Que determinados sueños invalidan otros y que sin saber qué es realmente lo que se quiere, no se puede ir a Lourdes de rodillas o ponerse en manos del bueno de San Antonio si es que no tienes intención de encontrar eso que creías perdido y que no recuerdas ni lo que es.
Era él experto en conclusiones y no en sensaciones, como lo es la que suscribe estas letras, y claro, como tal, más proclive a recoger lo que había sembrado y hacer de su cosecha una mina de oro.
Yo, aficionada a otro tipo de menesteres, viviendo mucho menos en el mundo material, soy en mi nube, la dueña de una floristería que ofrece miles de deseos, intenciones y sobre todo de disculpas.
Hago birguerías con las flores que cultivo en mi huerto. Las elijo como nadie para hacer ese ramo que cualquier novia quisiera tener.
Llevan mensajes variados: "lo siento, no se volverá a repetir". "He querido que entiendas mi mensaje con un puñado de flores". O un "te quiero", de esos que los humanos a veces tememos pronunciar y nos faltan las palabras.
Pero, siento que ese ramo, pocas veces llega a su destino, que pocas veces ocupa el lugar que yo quisiera.
Quiero imaginarlo en el centro de una mesa al lado de un gran ventanal, desde el que se ve el barrio y muchas casas a su alrededor. Desde donde una mujer pueda salir al balcón, y pueda verlo encima de la mesa, pintando de colores su horizonte. Desde donde unos niños curiosos, asomen su naricilla al cristal, desde la calle, a ver las margaritas abiertas, los capullos sonrosados, los lirios y las rosas en todo su esplendor.
Sospecho que la belleza de mi ramo se quedará dentro del envoltorio, escondido entre los demás ramos, que ni siquiera los más románticos se permiten enviar. Y me conformo en preguntarle al Universo dónde quedaron mis margaritas, mis palabras, donde quedó ese puñado de sensaciones que quise arrancarme del alma y dejar escritas entre las flores que elegí de mi jardín.
Nunca hay respuesta. El Universo es parco en palabras, con quienes, quizá, no le permitamos hablar.
Ante el malestar de mi propio fracaso, ante la evidencia de mis escritos malogrados, me instalo en este tiempo de silencio que me ha ocupado casi dos años de mi vida.
Pero, no ha sido sólo eso. Un escritor siente que el suelo se rompe bajo sus pies cuando no se apoya en palabras, cuando no camina entre letras.
Le falta el aire vacío de frases y se ahoga en el día a día cuando no tiene sus manguitos mágicos y se entretiene con su diario un rato cada día.
Se muere con los miembros atados, a no ser que viva algo con gran intensidad.
Compruebo, que mi buen amigo Terenci Moix tenía razón también en reparar, que son los tiempos de silencio en la escritura los más fructíferos que tiene el escritor en la realidad. Es, precisamente, cuando acontecen muchas cosas, cuando las letras se vuelven vagas, se camuflan en la arena, y olvida el escriba sus bártulos al final de su baúl, creyendo éstos que quizá no volverán a ver la luz.
Afortunadamente, nada de eso ocurre. El alma inquieta, el escriba agotado, vuelve a sus herramientas cuando acaba el devenir de la existencia, el trajín de los acontecimientos o los romances más pasionales. Ahogado en la evidencia de su pasado inmediato, con el alma a rebosar de sensaciones que quedaron encerradas bajo llave, corre a beber en las mismas fuentes de siempre y vuelve a zambullirse en esos vocablos que no llegó a escribir. Buscando, sin duda, que esos vocablos justifiquen el tiempo de espera, el irresponsable pasar de los días que hemos dejado sin impronta, sin un mensaje que dejarle al Tiempo.
Confieso con Neruda, querido lector, que he vivido mucho en este tiempo, y que en ese devenir de acontecimientos, ha quedado poco espacio para las letras, para los deseos que no se lleva el viento.
-O vives o escribes, no hay término medio, que diría el autor de No me digas que fue un sueño.
¡Qué razón tenía el maestro!, pienso recordando que no me ha quedado un resquicio de tiempo en el día a día, para pararme a reflexionar.
Lo tengo ahora, o lo busco entre la maleza de la rutina. Lo rescato de lo irracional, para dejar una instantánea de mi personaje actual. Personaje que vive, que aprende, que llora y se queja al Universo, cuando las cosas no salen como estaba escrito en el guión de lo vivido. Personaje que se pregunta qué esperaba el alma, para no salirse de la cuadrícula de su rutinario y sosegado vagar.
Escribo también para entender, para salir del silencio prolongado, de quedarme absorta en esos anuncios que parecen hacer olvidar que la película que estamos viendo, era lo interesante de verdad. que era precisamente por verla, por lo que robamos al sueño una noche sentada delante del televisor.
Escribo para dar forma a esta película que protagonizo ahora y no consigo entender, por mucho que la viva en primera persona y sea la realidad de mis días y noches, alejada como estoy de lo que comprendía hasta antes de ayer.
Escribo para terminar este tiempo de silencio, en el que se interrumpió ese monólogo que protagonizo yo...
miércoles, 26 de diciembre de 2012
La galería de los sueños imposibles
Este año he vuelto a caer en la tentación de todos los años. He vuelto a imaginar que un señor con pantalones rojos, barba blanca y enorme barriga se colaba por la chimenea de mi casa para traerme empaquetados y a domicilio todos esos regalos que he deseado tener, todo aquello que necesitamos.
Sueños que todos tenemos escondidos en el cajón del altillo, sueños que ignoramos, de los que nos avergonzamos, seguramente porque pensamos no merecer.
-Estúpidos humanos, me dice la figura encarnada de encima de la chimenea, pero si los sueños con los que soñáis casi todos son más que posibles, son más que sencillos, están al alcance de vuestra mano.
Yo le miro un poco incrédula. En tiempos de crisis, viendo la situación de la mayoría de mis vecinos e incluso la mía, me pregunto qué sabrá el gordo fanfarrón de los pantalones rojos desde el pedestal donde nos alumbra con su lucecita.
-No me mires con esa cara y piensa un poco. La mayoría de vosotros me escribís cartas absurdas. Nadie sabe que yo las leo todas, pues tengo un desván entero lleno de bolas de cristal, que encierran los deseos ocultos de cada uno de vosotros.
Encantada con la escena, que quizá rescato de una película de Harry Potter, me imagino una sala inmensa llena de bolas de cristal donde cada cual pone su deseo flotando en un líquido primigenio, caldo de cultivo de los sueños más ocultos y también los más sagrados.
-Si te acercas a cada cual, si te molestas en acercarte al cristal y mirar qué hay dentro, descubrirías muchos de esos sueños. Sueños muy posibles que cada cual se empeña en no cumplir.
Imagino que, esta noche, con mi pijama de ositos y el pelo revuelto, me levanto de la cama calentita que me arropa cada noche. Descalza, atravieso pasillos repletos de sueños, llenos de estanterías de bolas de cristal que reflejan cada ilusión perdida, cada deseo que nunca cumpliremos.
Curiosa, me acerco al azar a uno de ellos. El es sueño de un hombre mayor, encanecido y casi ciego, que quería viajar a Canarias. No pide que le toque la lotería para tener dinero. Se imagina a si mismo como un apuesto guerrero, con valor suficiente para emprender ese viaje.
-No lo entiendo, le digo a Papá Noel, reconociendo lo sencillo que es hoy en día coger un avión e ir a Canarias.
-La mayoría de los deseos son así. Hay quien pide que le toque la lotería y nunca juega un número, a no ser Navidad, y al ver que no le toca, no vuelve a jugar.
Me hacéis mucha gracia, humanos ignorantes de vuestras prioridades. No se puede pedir vivir en lugares exóticos cuando nunca habéis comprado un libro de viajes. Reunir a la familia cuando ni siquiera la llamáis en fechas señaladas. Un amigo que no tenéis ninguna intención de mantener, pues siempre estáis demasiado ocupados en vuestras cosas y no encontráis ni unas horas para tomar con él un café.
Yo me quedo más asombrada. Es cierto que algunas de esas cosas las he pedido yo también.
-Todos esos deseos, todas esas cosas que os atrevéis a imaginar, cuando en el fondo no tenéis ni la más mínima intención de cumplir, me entristecen cada año, reconoce casi al borde de las lágrimas.
Yo imagino lo que siente. A menudo soy yo misma la que pide cosas generales, irrazonables o quizá lejanas, para tratar de creerme que hasta lo más imposible puede hacerse realidad.
-Que vuestros hijos sean mujeres y hombres de provecho. Que mi marido olvide que llevo veinte años a su lado y me vea como el primer día. Que mi jefe cambie y se convierta en una persona normal. Que Eduardo apruebe Ingeniería llegado el momento, y ni siquiera nos hemos fijado en sus notas de cuarto de Primaria. Muchos que queréis cambiar de trabajo porque no aguantáis a quien os trata con desprecio y aguantáis carros y carretas hasta la jubilación, que no aprovecháis porque no os queda ni un grano de tiempo en el reloj de vuestras vidas.
Reconozco que es verdad.
-La mayoría un poco de salud, cuando en realidad la perdéis miserablemente arrastrando vuestros pesados cuerpos por los centros comerciales en busca de un poco de felicidad- continúa su discurso el bueno de Santa, melancólico y aburrido de lo que la humanidad ha hecho con todo eso que la tecnología y la civilización actual ha hecho de nuestro mundo.
Incapaz de meterme a mi misma en el mismo saco, pues deseos de lo más pueriles me parecen, intentar hacer cambiar a los demás o apostar por la vida cuando diariamente te estás matando, me adentro en el pasillo de los sueños imposibles. Quiero imaginar que la bola que contiene el mio estará apilada en los estantes plateados de los sueños menos probables, aquellos de las personas que hemos viajado al país de Imaginaria y que aún conservamos parte de esa magia que fuimos perdiendo por los bolsillos, cuando nos hacíamos mayores.
No hay tantos sueños, pienso mirando las estanterías iluminadas, convencida de que somos pocos los que nos atrevemos a soñar cosas que no estarán nunca a nuestro alcance, cosas que no existen en el mundo real.
Sorprendida vuelvo a hacer recuento de las bolas que se apoyan unas en otras, bolas de colores y formas más variadas. Descubro que mi bola no está.
-¿Por qué no encuentras tu deseo entre estas cosas?.
Me pregunta sabiendo que estoy bloqueada o que la evidencia no me deja ver nada más.
-Piensa un poco, piensa que hasta quien soñó con volar cuando sólo los pájaros lo hacían, consiguió que una de estas bolas volviera a la de los sueños posibles.
Quizá el sueño imposible que soñaste, quizá todo aquello que te atreviste a soñar, ya no forma parte de los sueños imposibles. Forma parte como todos, de esos sueños posibles y al alcance de nuestra mano, que no tenemos el valor de hacer realidad.
-Pero esos sueños, esos que han pasado a ser posibles, no son reales todavía, le digo extrañada el hombre de la barba blanca.
Me mira como si no hubiera entendido nada.
-Sois vosotros y no yo, quienes sois incapaces de hacerlos realidad...
miércoles, 19 de septiembre de 2012
De dinero, pijos y otras estupideces humanas...
Hoy, después de despedir a los niños en el bus del cole, cuando las panaderías comenzaban a abrir sus puertas, a la hora que más o menos canta el gallo de la esquina de la calle La Tejera y el vecino da la vuelta a su perro, nos hemos quedado cotilleando unos cuantos padres sobre asuntos de lo más importantes.
-¿Pues sabes tú que Fulana, que se las da de que su marido juega al golf todos los fines de semana, me ha pedido fotocopiar los libros de mi hijo, porque no tenía dinero suficiente para comprarle los suyos a su hijo?.
¡Qué poca vergüenza, vamos, que si para pelotas de golf tiene, que vale la caja cien euros, no sé cómo tiene valor para decir a los cuatro vientos que para su hijo no tiene suficiente!.
-¡Si es que esa, mucho dársela de pija y luego no tiene donde caerse muerta. Porque no hay nada peor que una pija de pueblo, te lo digo yo!.
-Pues una pija de barrio, o una pija de Moratalaz, o una pija del Barrio de Salamanca, o si me apuras, una pija internacional, que hasta en los viajes que hacemos, en bus y casi sin dinero, siempre aparece una que se cree que tiene más dinero que los demás y sobre todo más derecho a todo, aunque haya pagado, lo mismo que tú en el viajecito- contestaba yo sin tener ni idea de quién hablaban, pero imaginándome a unas cuantas que yo ya había conocido.
Nos reímos todos y nos despedimos, pensando cada cual en sus menesteres, pues una cosa es cotillear de los otros y otra bien distinta lo que cada cual tiene entre sus cuatro paredes, que por mucho que tapemos, callemos o ignoremos, es a fin de cuentas lo que a cada cual le atañe y le duele.
Camino de casa, con el carrito de Daniel en el maletero de mi vecino y el niño balbuceando sus cosas en el asiento de atrás, reflexionaba en voz alta sobre la estupidez humana y los múltiples ejemplos que todos, de una forma u otra hemos visto y padecido en todas partes y desgraciadamente a toda edad.
Es bien cierto que como humanos que somos, occidentales por añadidura y cristianos por necesidad, hemos aprendido desde la cuna que o bien sobresalimos de la masa, o bien pasamos sin pena ni gloria por este mundo tan material, tan complicado y a la vez tan absurdo.
Si no tenemos un coche de último modelo o una IPAD de última generación. Si no compramos la Nintendo a nuestros hijos o tenemos un móvil con acceso a Internet. Si vivimos sencillamente, en lugar de en un chalet con dos plantas y piscina con jacuzzi. Si no nos hacemos la estética pasados los cuarenta o no hemos ido jamás a un crucero, se puede decir, sin ánimo de machacar a nadie o de etiquetar, que esa persona no ha triunfado en la vida.
Porque, quién no ha ido a un estreno de cine, a ver correr a Alonso en Montmeló, a animar a la selección en la final un bus hasta Polonia o a darse un bañito en Benidorm con la Belén Esteban. Quien no ha comido en un buen restaurante, de esos de diseño, o se ha remojado en un Spa, o ha tirado unos hoyitos, sin tener ni idea en un buen campo de golf. Quién no se compra la ropa en Carolina Herrera, si es que tiene una boda de postín, o tiene joyas de Swarosky o ha soñado con tomarse un daikiri en la proa de un transatlantico, esperando arribar las costas de Estambul.
Creo que en sueños, todos hemos imaginado algo de esto.
Codearnos con la alta sociedad, comprar en el mismo sitio que la Presley. Arreglarnos como ella, hacernos la estética en el mismo sitio o incluso tomar copas con quienes gobiernan el mundo, o al menos con quienes nosotros creemos que tienen nivel.
¡Qué estupidez, qué raza de seres ha generado el capitalismo, el consumismo, internet o las cremas adelgazantes!. ¡Qué daño nos ha hecho la televisión, las series de los americanos o la vecina de al lado, que siendo de pueblo y teniendo una vaquería la abuela paterna, se las da de haber estado de vacaciones en Qatar y de darse cada mañana crema de caviar para las arrugas y baba de caracol para las imperfecciones!.
¡Qué ganas de destacar de la manada, aunque sea en la puerta del colegio!. ¡Que necesitados estamos de afecto, de reconocimiento, de respeto o de aplauso en un mundo que no mira a quienes dejan corriendo a sus hijos en la puerta y se van cabizbajos a trabajar, para poder llegar a fin de mes!.
¡Qué poco cuentan aquellos que abren sus negocios a las seis de la mañana y se van a su casa más allá de las once, para descansar un poco antes de volver a empezar. Qué poco valoramos a quienes educan a sus hijos en el respeto y en el buen hacer, y se cuidan muy mucho de comprarles lo que quieren para que aprendan a ahorrar un poco y merecer su PSP si sacan buenas notas o comparten con los demás!.
¡Cómo pasa desapercibida la buena educación, la amabilidad, el respeto por los vecinos y sus decisiones, la discreción cuando te enteras de una desgracia ajena o esa mano amiga de quien sin ganar nada a cambio, se queda un rato con tus hijos o te los lleva al colegio porque sabe que ya no puedes más!.
Es una verdadera lástima.
Ya no importa quien ha hecho algo por alguien, o quién ha dejado parte de sus ahorros a un hermano que estaba a punto de perder su casa. Ya no importa el buen hacer, el disfraz que cose la abuela o esa tarta de manzana de receta prohibida que pasa de generación en generación y que si la llevas a un evento, todos reconocen como lo mejor.
Ya no llama la atención quien hace algo por alguien, a no ser que sean obras sociales de una fundación de quien habiendo hecho dinero, sabe que desgrava a Hacienda.
Ya no sirve para nada el sacrificio de un padre, que sin ver a sus hijos crecer, les ha dado todo lo que ha podido. El educar a una familia numerosa o el vivir de acuerdo a esos principios trasnochados que tan sólo los del Opus o los de las sectas parecen interesados en divulgar.
Ahora todo está etiquetado, medido, valorado y tasado, porque somos tan estúpidos que no somos capaces de valorar nada más que lo que hemos conseguido, tenemos o hemos podido pagar.
Normal que en la puerta del colegio triunfe la estúpida que lleva Botox y no la pobre mujer que con vaqueros y sin ir a la peluquería desde tiempos inmemoriales, empuja el carrito de su hijo y le cuenta un cuento al otro camino de casa, porque pretende distraerlo para que no se le haga tan largo los dos kilómetros que hay.
-Yo prefería ir en coche, mamá, le interrumpe el pequeño viendo pasar a su amigo en un Volvo, mientras la madre se mira la pintura en el retrovisor.
Seguramente, la mujer, levantando los ojos y mirando con envidia el BMW de la otra vecina, suspirara:
-Yo también, hijo, yo también...
Moraleja: la estupidez humana es grande, y la ignorancia mayor, pero como diría el filósofo SOMOS ANIMALES SOCIALES y como tales o pasas por el aro y te compras el coche o tu hijo no será feliz, y si me apuras, tú tampoco...
-¿Pues sabes tú que Fulana, que se las da de que su marido juega al golf todos los fines de semana, me ha pedido fotocopiar los libros de mi hijo, porque no tenía dinero suficiente para comprarle los suyos a su hijo?.
¡Qué poca vergüenza, vamos, que si para pelotas de golf tiene, que vale la caja cien euros, no sé cómo tiene valor para decir a los cuatro vientos que para su hijo no tiene suficiente!.
-¡Si es que esa, mucho dársela de pija y luego no tiene donde caerse muerta. Porque no hay nada peor que una pija de pueblo, te lo digo yo!.
-Pues una pija de barrio, o una pija de Moratalaz, o una pija del Barrio de Salamanca, o si me apuras, una pija internacional, que hasta en los viajes que hacemos, en bus y casi sin dinero, siempre aparece una que se cree que tiene más dinero que los demás y sobre todo más derecho a todo, aunque haya pagado, lo mismo que tú en el viajecito- contestaba yo sin tener ni idea de quién hablaban, pero imaginándome a unas cuantas que yo ya había conocido.
Nos reímos todos y nos despedimos, pensando cada cual en sus menesteres, pues una cosa es cotillear de los otros y otra bien distinta lo que cada cual tiene entre sus cuatro paredes, que por mucho que tapemos, callemos o ignoremos, es a fin de cuentas lo que a cada cual le atañe y le duele.
Camino de casa, con el carrito de Daniel en el maletero de mi vecino y el niño balbuceando sus cosas en el asiento de atrás, reflexionaba en voz alta sobre la estupidez humana y los múltiples ejemplos que todos, de una forma u otra hemos visto y padecido en todas partes y desgraciadamente a toda edad.
Es bien cierto que como humanos que somos, occidentales por añadidura y cristianos por necesidad, hemos aprendido desde la cuna que o bien sobresalimos de la masa, o bien pasamos sin pena ni gloria por este mundo tan material, tan complicado y a la vez tan absurdo.
Si no tenemos un coche de último modelo o una IPAD de última generación. Si no compramos la Nintendo a nuestros hijos o tenemos un móvil con acceso a Internet. Si vivimos sencillamente, en lugar de en un chalet con dos plantas y piscina con jacuzzi. Si no nos hacemos la estética pasados los cuarenta o no hemos ido jamás a un crucero, se puede decir, sin ánimo de machacar a nadie o de etiquetar, que esa persona no ha triunfado en la vida.
Porque, quién no ha ido a un estreno de cine, a ver correr a Alonso en Montmeló, a animar a la selección en la final un bus hasta Polonia o a darse un bañito en Benidorm con la Belén Esteban. Quien no ha comido en un buen restaurante, de esos de diseño, o se ha remojado en un Spa, o ha tirado unos hoyitos, sin tener ni idea en un buen campo de golf. Quién no se compra la ropa en Carolina Herrera, si es que tiene una boda de postín, o tiene joyas de Swarosky o ha soñado con tomarse un daikiri en la proa de un transatlantico, esperando arribar las costas de Estambul.
Creo que en sueños, todos hemos imaginado algo de esto.
Codearnos con la alta sociedad, comprar en el mismo sitio que la Presley. Arreglarnos como ella, hacernos la estética en el mismo sitio o incluso tomar copas con quienes gobiernan el mundo, o al menos con quienes nosotros creemos que tienen nivel.
¡Qué estupidez, qué raza de seres ha generado el capitalismo, el consumismo, internet o las cremas adelgazantes!. ¡Qué daño nos ha hecho la televisión, las series de los americanos o la vecina de al lado, que siendo de pueblo y teniendo una vaquería la abuela paterna, se las da de haber estado de vacaciones en Qatar y de darse cada mañana crema de caviar para las arrugas y baba de caracol para las imperfecciones!.
¡Qué ganas de destacar de la manada, aunque sea en la puerta del colegio!. ¡Que necesitados estamos de afecto, de reconocimiento, de respeto o de aplauso en un mundo que no mira a quienes dejan corriendo a sus hijos en la puerta y se van cabizbajos a trabajar, para poder llegar a fin de mes!.
¡Qué poco cuentan aquellos que abren sus negocios a las seis de la mañana y se van a su casa más allá de las once, para descansar un poco antes de volver a empezar. Qué poco valoramos a quienes educan a sus hijos en el respeto y en el buen hacer, y se cuidan muy mucho de comprarles lo que quieren para que aprendan a ahorrar un poco y merecer su PSP si sacan buenas notas o comparten con los demás!.
¡Cómo pasa desapercibida la buena educación, la amabilidad, el respeto por los vecinos y sus decisiones, la discreción cuando te enteras de una desgracia ajena o esa mano amiga de quien sin ganar nada a cambio, se queda un rato con tus hijos o te los lleva al colegio porque sabe que ya no puedes más!.
Es una verdadera lástima.
Ya no importa quien ha hecho algo por alguien, o quién ha dejado parte de sus ahorros a un hermano que estaba a punto de perder su casa. Ya no importa el buen hacer, el disfraz que cose la abuela o esa tarta de manzana de receta prohibida que pasa de generación en generación y que si la llevas a un evento, todos reconocen como lo mejor.
Ya no llama la atención quien hace algo por alguien, a no ser que sean obras sociales de una fundación de quien habiendo hecho dinero, sabe que desgrava a Hacienda.
Ya no sirve para nada el sacrificio de un padre, que sin ver a sus hijos crecer, les ha dado todo lo que ha podido. El educar a una familia numerosa o el vivir de acuerdo a esos principios trasnochados que tan sólo los del Opus o los de las sectas parecen interesados en divulgar.
Ahora todo está etiquetado, medido, valorado y tasado, porque somos tan estúpidos que no somos capaces de valorar nada más que lo que hemos conseguido, tenemos o hemos podido pagar.
Normal que en la puerta del colegio triunfe la estúpida que lleva Botox y no la pobre mujer que con vaqueros y sin ir a la peluquería desde tiempos inmemoriales, empuja el carrito de su hijo y le cuenta un cuento al otro camino de casa, porque pretende distraerlo para que no se le haga tan largo los dos kilómetros que hay.
-Yo prefería ir en coche, mamá, le interrumpe el pequeño viendo pasar a su amigo en un Volvo, mientras la madre se mira la pintura en el retrovisor.
Seguramente, la mujer, levantando los ojos y mirando con envidia el BMW de la otra vecina, suspirara:
-Yo también, hijo, yo también...
Moraleja: la estupidez humana es grande, y la ignorancia mayor, pero como diría el filósofo SOMOS ANIMALES SOCIALES y como tales o pasas por el aro y te compras el coche o tu hijo no será feliz, y si me apuras, tú tampoco...
jueves, 26 de julio de 2012
A veces el Universo es de un capullo...
Perdone usted, querido lector que hoy me atreva a poner casi un taco en el encabezamiento de mi blog, pero es que estoy tan anonadada, tan sorprendida y tan emocionada a la vez, que no se me ocurre otra cosa.
Podía poner que el Universo es un poco malo, como le digo yo a mi hijo pequeño, o que se divierte haciéndonos rabiar a nosotros, despistados humanos que no sabemos muy bien ni quiénes somos, ni dónde estamos ni por qué nos ocurren las cosas que nos ocurren.
Y es verdad que estamos de lo más despistados. Lo comentaba yo con mi señor esposo ayer, volviendo de la compra. Lo bien que sabemos entender lo que les pasa a otros y qué poco de lo que nos pasa a nosotros mismos.
-"Se lo tiene bien merecido, si es que se ha tirado a matar. Estaba más claro que el agua. Tarde o temprano a Fulano le iban a echar del trabajo, y qué me dices de Mengana, que sin estar nunca en casa y sin saber de la misa la media, luego se queja de que por qué le han salido rana sus hijos. Si es que no los conoce, si no se ha preocupado".
-"Ya pero ni Fulano ni Mengana tenían ni idea de lo mal que lo estaban haciendo", le contesté yo sabiendo de sobra que los humanos, con el respaldo de nuestra ignorancia, al menos tenemos un poco de justificación.
-"Pues vamos, si Fulano no sabía que sin dar un palo al agua y llegando tarde todos los días. Si no tenía ni idea de que pasando marrones a los compañeros y estando malo un día sí y otro no, no le iban a echar, es que o bien es estúpido o bien se cree que lo somos los demás. Encima ahora, con los tiempos que corren que te echan porque sí. El era el primero de la fila, vamos".
-"Puede ser, pero, mira, yo creo que en el fondo es muy evidente lo que cada cual somos, sabemos o hacemos en esta vida. Muy evidente para todo el mundo, claro, excepto para nosotros mismos".
Nos quedamos callados los dos. Del silencio, partido tan sólo por el sonidito del Tamagochi nuevo de mi hijo, pitando porque necesitaba algo, surgió una reflexión que, de vez en cuando, nos atrevemos a hacer de nosotros mismos, una pregunta que no espera respuesta, un requerimiento al Universo sobre nuestra identidad perdida, vetada a nosotros mismos y tan evidente para los demás.
-"¿Qué imagen tendrán los demás de mi mismo?. Y sobre todo, ¿qué pensará de mi este que se sienta a mi lado en el coche, duerme en el otro lado de la cama y come mi comida todos los días?"- no pude evitar preguntarme, mirando de reojillo la hora, así como para disimular.
Es bien cierto que no sabemos nada de nosotros mismos. Y por tanto, tampoco sabemos lo que merecemos o no merecemos en esta vida. Lo que el Universo debería darnos o lo que nos atreveríamos a pedir, si supiéramos lo que realmente deseamos, queremos o necesitamos.
A menudo, cuando pasamos por una situación difícil o por un cambio de estos fundamental de vida, nos preguntamos qué hemos hecho nosotros para merecer eso. Obviando que a veces las cosas que nos pasan buenas pasan desapercibidas, sin pena ni gloria, sin que apenas les demos importancia.
Sin embargo, cuando muere alguien cercano, cuando se produce una injusticia. Cuando alguien querido pasa por un cáncer o por una enfermedad difícil, cuando alguien desaparece del escenario sin que entendamos por qué. Cuando una familia se queda sin nada, cuando una pareja se separa y empieza una guerra sin cuartel por tener la razón y no se atiende a razones ni siquiera por los hijos, uno no deja de preguntarse si de alguna manera el Universo no será un pedazo de capullo, que nos hace pasar por algo que no merecíamos para enseñarnos quién sabe qué.
¿Merecemos lo que tenemos cada uno de nosotros?. ¿Merecemos una crisis generalizada, la caída de la bolsa, de la economía mundial?. ¿Tan mal nos hemos portado, aprovechando lo que teníamos, repanchigados en nuestra ignorancia y en el bienestar que nos ofrecían, para ahora merecer la austeridad, el sometimiento, la vida que nos espera de impuestos, de recortes, de injusticias sociales y laborales?.
¿Merecemos pasar miedo, pasar necesitad, no saber si mañana viviremos en esta casa o debajo de un puente, si el coche aparcado es nuestro o del banco?. ¿Merecemos que las cosas no nos vayan bien?
Dicen los que saben de nosotros, los que están fuera de nuestra propia ignorancia. Es más, decimos nosotros mismos de los demás, que sí, que todo es merecido. Que todo lo que sembramos, luego lo recogemos, y que aquellos que se quejan, merecían lo que han tenido. Que por la manera de actuar y por cómo eran, se merecían la situación que ahora tienen.
Si lo tenemos tan claro para la vecina de al lado o para el que trabaja pegado a nosotros, ¿por qué somos incapaces de entenderlo de forma general?.
Es todo cosa del Universo, leo mucho en los libros de auto ayuda o me dicen los iniciados en menesteres que apenas puedo comprender . De Dios, decía mi abuela. Del demonio, corregía mi madre.
Yo no lo sé.
Sólo sé que a veces, algunas veces, el Universo nos sorprende. Nos mantiene en una situación terrible, de incertidumbre, de malestar, de indecisión, de no saber, y en el límite de la desesperación, del miedo, de la oscuridad más absoluta. Cuando ya creíamos que se iba a poner en entredicho nuestra valía, nuestra dignidad o nuestra manera de luchar, nos premia, nos da algo que ni siquiera nosotros creíamos merecer.
Casi siempre, el muy capullo, con perdón de los capullos de rosas de la vecina de enfrente, nos sorprende para mal, eso es bien cierto, y mucho más ahora, que parece que se ceba con los pobres, con los que no tienen, con los más desvalidos. Y otras, sin embargo, nos sorprende tan agradablemente, que no podemos sino aceptar sus designios.
Sin embargo, querido lector, en este mundo de ahora donde todo parecen malas noticias, que hay injusticias por doquier, uno no deja de preguntarse si merece de alguna manera que le salgan bien las cosas, que la fortuna nos sonría.
Uno no deja de preguntarse si lo que merecemos es esto, algo que, de momento, parece bueno, y por ende es para nosotros.
¿Qué cabe hacer ahora?.¿Estar agradecido?.
Pues al menos, al menos, gritarlo al mundo, agradecérselo al Universo, salir por las calles a lo Gene Kelly para cantar bajo la lluvia.
Hoy querido lector, debería cantar, bailar por las calles, gritar al mundo que a veces, aunque no entendamos nada, aunque no sepamos muy bien cómo reaccionar ante lo bueno, uno debería sonreír, confiar en la vida, en nosotros mismos y en ese maldito Universo que se empeña casi siempre en hacernos la puñeta.
Estamos vivos, estamos bien y en esta ocasión, no sé si tenemos lo que merecemos, pero sí que nos han pasado cosas buenas últimamente.
Sólo me cabe agradecer lo recibido y aceptarlo, pero sobre todo, sobre todo, estar muy feliz por ello.
Gracias, Querido Capullo.
lunes, 18 de junio de 2012
Creer...
Hoy, que he dormitado sentada, a medio camino entre la alergia y la preocupación por un futuro incierto de lo más cercano y aterrador, he visto recortada en mis imágenes, la silueta de un recuerdo, una señora un tanto singular.
No la recordaba siquiera y curiosamente, se me ha aparecido hoy en mis imágenes de duermevela. Era una mujer indómita, vieja, desaliñada y monjil que nos daba clase de ciencias en el colegio de monjas.
Es curioso, la gente más insospechada, la más extraña, es, sin que sepamos explicarnos muy bien por qué, la que luego más apreciamos, más recordamos, más forma parte de nuestra vida, de nuestra enseñanza. La que más nos hace pensar.
Emilia Pita se llamaba. Entrada en años, en rarezas y sobre todo en dioptrías, entraba la mujer en clase casi cada día para darnos Física y química. Y si bien puedo decir con acierto, que poca Física de ella aprendí, (pues luego nos costó Dios y ayuda entender los entresijos de tan difícil materia en la carrera) debo reconocer, con el paso del tiempo, que al menos, al menos, me enseñó tres cosas que me han servido en la vida tanto como para no poder dejar de reconocer que era una de esas profesoras que por enseñarnos algo, se convierte en Maestra.
Nos enseñó con un afán férreo y casi obstinado a hacer esquemas y guiones de las materias que estudiábamos. Y si bien no entendimos nunca de sus explicaciones qué narices era la fuerza y por qué había que multiplicar la masa por la aceleración, sí que aprendimos que como sintetizar lo leído después de subrayado y hacer un esquema, no hay manera de estudiar ni entender lo que quieres aprender.
Gracias a ella y a su enseñanza, siempre incluyo ese menester cada vez que me adentro en los entresijos de un nuevo alumno que no aprueba ni para atrás o que me dice que no sabe entender lo que ponen los libros, y gracias también a eso, han aprobado muchos de ellos y han aprendido algo, así que doy por buena simplemente esa enseñanza.
Pero lo que más recuerdo, señora mía, eran aquellas lecciones cargadas de filosofía y de saber de andar por casa, que decía ella misma, que si bien no incluían las fórmulas que en el libro venían en negrita, si que nos mantenían distraídas, atentas, incluso buscando en sus entresijos algo con lo que luego hablar en el recreo o reírnos después de clase.
-A ver, señorita Zamora, este guión está muy bien. Aprenda usted, señorita Soto, que al suyo le faltan algunos puntos. Quizá es que no ha entendido usted bien lo que es importante o no.
Tenía yo una alumna...
Empezaba a decir mientras todas sonreíamos, sabiendo de sobra la anécdota que nos iba a contar.
...Era una niña muy sabia. Decía que no entendía las sumas ni las restas y que por eso había desarrollado un truco. Decía que si no pasaba todo a naranjas, no entendía nada.
Una cosa era creerse que dos más dos son cuatro, y otra bien distinta era saber que si tienes en un cesto dos naranjas y pones otras dos, pues bien claro estaba que allí había realmente cuatro naranjas.
Y eso, queridas niñas es lo que hay que hacer en la vida. Cuando las cosas se pongan difíciles o no entendamos algo, "hay que pasar todo a naranjas".
Pasar todo a naranjas, pasar todo a naranjas. No tienes ni idea, querida Emilia, de la cantidad de veces que he pasado yo a naranjas los más variopintos asuntos y he tratado de comprender las situaciones más difíciles de la manera más simple.
Aquella mujer nos estaba hablando de la reducción a lo simple a lo concreto, a buscar en lo incomprensible algo donde agarrarnos, pasándolo a algo que realmente entendamos o sepamos comprender.
Vamos, que la Pita, que así la llamábamos, estaba dándonos una lección magistral sobre lo que supone para el cerebro el establecer vínculos con lo ya conocido para acercar lo nuevo a la distancia óptima y así establecer conexiones que nos ayuden a integrar el nuevo conocimiento.
Que era una Genia, vamos, o que había estudiado ya las teorías del Cognitivismo y las últimas tendencias del conocimiento, concluía esta mañana, haciéndome el té, y recordando aquella mujer tan especial que tanto nos dejó como legado.
Pero, si hay algo que recuerdo especialmente. Si una enseñanza me ha servido para la vida como ninguna, es la que he dejado para el final, que no por ser la más sencilla, es la que para mi constituye el secreto de la vida y lo más importante que un ser humano debería aprender.
Cuando nos explicaba algo muy difícil, o cuando alguna niña preguntaba, en el colmo del atrevimiento, pues allí no replicaba nadie, algo que no entendía y que resultaba muy complejo de explicar por medio de fórmulas o de razonamientos que ya en la carrera pretendían los sesudos catedráticos que aprendiéramos de memoria, se plantaba en jarras en medio de la pizarra y exclamaba:
-Ay señoritas mías, he ahí el quid de la cuestión.
Si bien es cierto que en la vida hay muchas cosas que el hombre se atreve o intenta explicar, con el tiempo yo he aprendido que todo es cuestión de fe. Y señoritas, yo tengo mucha fe.
No son sólo los artículos de fe de la iglesia los que yo intento aceptar como válidos, sino prácticamente todo en la vida.
Cuando me levanto de la cama y pulso el interruptor, tengo fe en que se encenderá la luz, y cuando no se enciende, tengo fe en que alguien sabrá arreglarlo, porque a mí se me escapa tanta complejidad.
Cuando como algo, tengo fe en que me sentará bien, y cuando me pongo mala, tengo fe en el médico, que sabrá como curarme sin que yo entienda bien cómo lo ha hecho.
Cuando voy por la calle, tengo fe en llegar a mi trabajo sin que ningún artefacto de esos, de los que ignoro totalmente su funcionamiento, me atropelle porque conduzca más rápido o el conductor se despiste.
Tengo fe en que cuando voy en avión el bicho ese de acero no se caerá, o cuando me monto en el metro, que me llevará hasta mi destino sin ningún problema.
Tengo fe en que mis pulmones seguirán respirando o que seguiré viva mañana sin que pueda entender el por qué, porque queridas niñas, sin fe, no se puede vivir en este planeta, suponiendo que de verdad, estemos viviendo en este planeta...
Recuerdo todavía las risas que nos echábamos todas recordando todas esas anécdotas, que por lo visto una de nosotras se encargó en escribir, para recordar y contabilizar lo que se repetía aquella señora, y sobre todo el tiempo tan precioso que perdíamos sin estudiar la dichosa y odiada Física, escuchando tan soberanas estupideces.
Sin embargo, si bien soy incapaz de recordar el Ciclo de Kreps o cómo se resolvían las integrales malditas, sobre todo cuando tenían logaritmos neperianos. Si bien no recuerdo yo el nombre del político que gobernaba en Alemania en la primera Guerra mundial o qué era el complemento del nombre. Si bien he olvidado la teoría de la relatividad de Einstein o qué demonios era la Entropía, nunca he podido olvidar las enseñanzas de la Pita.
Y después de mucha filosofía, después de estudiar mucho en los libros. Después de pasarme y echar una ojeada al mundo oriental y buscar una trascendencia más esencial en la interpretación de la realidad, he entendido que las enseñanzas de mi Maestra eran lo más acertado a lo que he estado nunca de la verdad.
Sólo nos queda, como decía Emilia Pita, una sola cosa a la que agarrarnos en los momentos de más incertidumbre o cuando nos paramos un segundo a pensar en qué tenemos a nuestro alrededor: la fe.
Sólo nos queda, amigos míos, creer en la vida, creer en nosotros mismos, creer que venimos a este mundo a aprender algo y que por eso existen desgracias, sinsabores, que por algo estamos aquí.
Sólo nos queda, agarrarnos a nuestras más firmes convicciones, equivocadas, seguramente, y seguir adelante.
Y mientras tanto, creer, creer...
A LA MEMORIA DE MI PROFESORA DE FÍSICA, EMILIA PITA.
No la recordaba siquiera y curiosamente, se me ha aparecido hoy en mis imágenes de duermevela. Era una mujer indómita, vieja, desaliñada y monjil que nos daba clase de ciencias en el colegio de monjas.
Es curioso, la gente más insospechada, la más extraña, es, sin que sepamos explicarnos muy bien por qué, la que luego más apreciamos, más recordamos, más forma parte de nuestra vida, de nuestra enseñanza. La que más nos hace pensar.
Emilia Pita se llamaba. Entrada en años, en rarezas y sobre todo en dioptrías, entraba la mujer en clase casi cada día para darnos Física y química. Y si bien puedo decir con acierto, que poca Física de ella aprendí, (pues luego nos costó Dios y ayuda entender los entresijos de tan difícil materia en la carrera) debo reconocer, con el paso del tiempo, que al menos, al menos, me enseñó tres cosas que me han servido en la vida tanto como para no poder dejar de reconocer que era una de esas profesoras que por enseñarnos algo, se convierte en Maestra.
Nos enseñó con un afán férreo y casi obstinado a hacer esquemas y guiones de las materias que estudiábamos. Y si bien no entendimos nunca de sus explicaciones qué narices era la fuerza y por qué había que multiplicar la masa por la aceleración, sí que aprendimos que como sintetizar lo leído después de subrayado y hacer un esquema, no hay manera de estudiar ni entender lo que quieres aprender.
Gracias a ella y a su enseñanza, siempre incluyo ese menester cada vez que me adentro en los entresijos de un nuevo alumno que no aprueba ni para atrás o que me dice que no sabe entender lo que ponen los libros, y gracias también a eso, han aprobado muchos de ellos y han aprendido algo, así que doy por buena simplemente esa enseñanza.
Pero lo que más recuerdo, señora mía, eran aquellas lecciones cargadas de filosofía y de saber de andar por casa, que decía ella misma, que si bien no incluían las fórmulas que en el libro venían en negrita, si que nos mantenían distraídas, atentas, incluso buscando en sus entresijos algo con lo que luego hablar en el recreo o reírnos después de clase.
-A ver, señorita Zamora, este guión está muy bien. Aprenda usted, señorita Soto, que al suyo le faltan algunos puntos. Quizá es que no ha entendido usted bien lo que es importante o no.
Tenía yo una alumna...
Empezaba a decir mientras todas sonreíamos, sabiendo de sobra la anécdota que nos iba a contar.
...Era una niña muy sabia. Decía que no entendía las sumas ni las restas y que por eso había desarrollado un truco. Decía que si no pasaba todo a naranjas, no entendía nada.
Una cosa era creerse que dos más dos son cuatro, y otra bien distinta era saber que si tienes en un cesto dos naranjas y pones otras dos, pues bien claro estaba que allí había realmente cuatro naranjas.
Y eso, queridas niñas es lo que hay que hacer en la vida. Cuando las cosas se pongan difíciles o no entendamos algo, "hay que pasar todo a naranjas".
Pasar todo a naranjas, pasar todo a naranjas. No tienes ni idea, querida Emilia, de la cantidad de veces que he pasado yo a naranjas los más variopintos asuntos y he tratado de comprender las situaciones más difíciles de la manera más simple.
Aquella mujer nos estaba hablando de la reducción a lo simple a lo concreto, a buscar en lo incomprensible algo donde agarrarnos, pasándolo a algo que realmente entendamos o sepamos comprender.
Vamos, que la Pita, que así la llamábamos, estaba dándonos una lección magistral sobre lo que supone para el cerebro el establecer vínculos con lo ya conocido para acercar lo nuevo a la distancia óptima y así establecer conexiones que nos ayuden a integrar el nuevo conocimiento.
Que era una Genia, vamos, o que había estudiado ya las teorías del Cognitivismo y las últimas tendencias del conocimiento, concluía esta mañana, haciéndome el té, y recordando aquella mujer tan especial que tanto nos dejó como legado.
Pero, si hay algo que recuerdo especialmente. Si una enseñanza me ha servido para la vida como ninguna, es la que he dejado para el final, que no por ser la más sencilla, es la que para mi constituye el secreto de la vida y lo más importante que un ser humano debería aprender.
Cuando nos explicaba algo muy difícil, o cuando alguna niña preguntaba, en el colmo del atrevimiento, pues allí no replicaba nadie, algo que no entendía y que resultaba muy complejo de explicar por medio de fórmulas o de razonamientos que ya en la carrera pretendían los sesudos catedráticos que aprendiéramos de memoria, se plantaba en jarras en medio de la pizarra y exclamaba:
-Ay señoritas mías, he ahí el quid de la cuestión.
Si bien es cierto que en la vida hay muchas cosas que el hombre se atreve o intenta explicar, con el tiempo yo he aprendido que todo es cuestión de fe. Y señoritas, yo tengo mucha fe.
No son sólo los artículos de fe de la iglesia los que yo intento aceptar como válidos, sino prácticamente todo en la vida.
Cuando me levanto de la cama y pulso el interruptor, tengo fe en que se encenderá la luz, y cuando no se enciende, tengo fe en que alguien sabrá arreglarlo, porque a mí se me escapa tanta complejidad.
Cuando como algo, tengo fe en que me sentará bien, y cuando me pongo mala, tengo fe en el médico, que sabrá como curarme sin que yo entienda bien cómo lo ha hecho.
Cuando voy por la calle, tengo fe en llegar a mi trabajo sin que ningún artefacto de esos, de los que ignoro totalmente su funcionamiento, me atropelle porque conduzca más rápido o el conductor se despiste.
Tengo fe en que cuando voy en avión el bicho ese de acero no se caerá, o cuando me monto en el metro, que me llevará hasta mi destino sin ningún problema.
Tengo fe en que mis pulmones seguirán respirando o que seguiré viva mañana sin que pueda entender el por qué, porque queridas niñas, sin fe, no se puede vivir en este planeta, suponiendo que de verdad, estemos viviendo en este planeta...
Recuerdo todavía las risas que nos echábamos todas recordando todas esas anécdotas, que por lo visto una de nosotras se encargó en escribir, para recordar y contabilizar lo que se repetía aquella señora, y sobre todo el tiempo tan precioso que perdíamos sin estudiar la dichosa y odiada Física, escuchando tan soberanas estupideces.
Sin embargo, si bien soy incapaz de recordar el Ciclo de Kreps o cómo se resolvían las integrales malditas, sobre todo cuando tenían logaritmos neperianos. Si bien no recuerdo yo el nombre del político que gobernaba en Alemania en la primera Guerra mundial o qué era el complemento del nombre. Si bien he olvidado la teoría de la relatividad de Einstein o qué demonios era la Entropía, nunca he podido olvidar las enseñanzas de la Pita.
Y después de mucha filosofía, después de estudiar mucho en los libros. Después de pasarme y echar una ojeada al mundo oriental y buscar una trascendencia más esencial en la interpretación de la realidad, he entendido que las enseñanzas de mi Maestra eran lo más acertado a lo que he estado nunca de la verdad.
Sólo nos queda, como decía Emilia Pita, una sola cosa a la que agarrarnos en los momentos de más incertidumbre o cuando nos paramos un segundo a pensar en qué tenemos a nuestro alrededor: la fe.
Sólo nos queda, amigos míos, creer en la vida, creer en nosotros mismos, creer que venimos a este mundo a aprender algo y que por eso existen desgracias, sinsabores, que por algo estamos aquí.
Sólo nos queda, agarrarnos a nuestras más firmes convicciones, equivocadas, seguramente, y seguir adelante.
Y mientras tanto, creer, creer...
A LA MEMORIA DE MI PROFESORA DE FÍSICA, EMILIA PITA.
martes, 22 de mayo de 2012
Viviendo la vida como es debido...
,He estrenado la primavera con un bote de colirio para los ojos y las pastillas olvidadas en el fondo del cajón.
El sol se ha escondido hoy tras las nubes negras que cobijan las casitas, encendidas a las siete de la mañana, preparando el desayuno en el microondas y la merienda del cole en las mochilas repletas de los niños, que han empezado a comprender que hay que darlo todo si quieren pasar un buen verano sin estudiar.
Internet no funcionaba tan pronto y tampoco la luz de las escaleras porque ayer se fastidió el interruptor, y he subido a tientas con el cola cao y las botas de Miguel, pues suelo vestirlo dormido y empujarle el dichoso vaso de leche cuando menos se lo espera.
Daniel ha abierto los ojitos nada más entrar a su cuarto, y con esa carita tan linda me ha dado los buenos días alargando sus bracitos para sacarlo de sus barrotes y echar a correr.
Como acostumbra, se ha lanzado a la cama de su hermano y con sus manitas le ha palmoteado la cara al otro, dormido profundamente y soñando con el submarino de construcciones que ayer le regalamos por su cumpleaños a Luca, porque ha comprendido que ya no puede vivir sin él.
Yo mientras él me convencía de la pertinencia del submarino, he comprendido, asomando la nariz a la puerta, que era Lunes, que hacía de nuevo frío y que la alergia iba a ser este año un poco más larga, pues el año pasado a estas alturas, todavía estaba por llegar.
Con profundo desánimo, he recogido las ciento un pelotas que estaban tiradas por el suelo, la ropa abandonada en el respaldo de las sillas, la cena sin fregar de ayer. He pensado que a veces todo es una pérdida de tiempo, que los días se hacen meses y los meses años cuando no das sentido a tu rutina o a tu quehacer.
Me quedaba mucha mañana por vivir y he de confesar que no me apetecía mucho...
Al pronto, ha sonado el teléfono y mi marido me ha informado que tenemos dos facturas este mes sin pagar y que amenazan con cortarnos la luz y el teléfono en los próximos días, como si me importara mucho, dado que sin cortarlo, no funciona el interrumpor ni el internet, por no contar que nos quedan aún diez días para llegar sin dinero a fin de mes.
Me he desplomado sobre las teclas del ordenador, que ha debido entender cuánto le necesitaba y se ha encendido, milagrosamente, ofreciéndome por regalo una ventanita coloreada en el centro de la pantalla. Era de una entrevista a uno de esos escritores que te ha llenado el alma hasta el borde en tu adolescencia, que ha continuado contigo cuando te has hecho mayor y que incluso ahora añoras volver a leer si tuvieras tiempo o si supieras dónde narices pusiste aquellos libros subrayados que te enseñaron tantas cosas, entre ellas, a intentar ser tú misma.
La he abierto...
Jose Luis Sampedro ha empezado a hablar cuando has pulsado la imagen y mi entorno se ha vuelto diferente, incluso he percibido, en el silencio roto por esa voz melodiosa, el consentimiento del Universo y su conformidad.
-¿Usted que ha sido catedrático de Universidad, subdirector de Banco, escritor afamado y sobre todo profesor, cómo se ve a sí mismo a sus 94 años?- le preguntaba para empezar la entrevista Iñaki Gabilondo.
Un hombre con barba, parecido a esos Gnomos que mi hijo colecciona en libros con portadas multicolor, ha contestado con una serenidad aplastante y una sinceridad arrolladora.
-Veo a un hombre que tenía que ganarse la vida con lo que mejor sabía hacer y que luego, cuando salía de ese trabajo, SUPO VIVIR COMO ERA DEBIDO.
La frase se me ha quedado colgando del alma como una piedra pesada que me ha llevado al mismo fondo del río de mi propia vida. Alguien que reconoce que ha sabido vivir como era debido, he pensado, sintiéndome obligada a parar el video para asimilar la frasecita de marras, que me ha empujado hasta mi blog, pues es pensamiento que debiera ser compartido, cotejado, al menos impresionado.
-¿He sabido vivir realmente?, me he preguntado mirando en un espejo mi vida pasada y la imagen presente reflejo de lo que he hecho o he dejado de hacer.¿ He hecho en cada momento lo que tenía que hacer, o al menos he intentado vivirla de acuerdo a mis pensamientos, a mi manera de pensar y a cómo quería vivirla?.
Seguramente, no...
Sin embargo, no tiene que ser todo tan difícil. No debe ser cuestión de cuántos títulos tengamos colgados en el salón, cuántos muebles llenen nuestra casa o de los aplausos que hayamos querido recibir. No creo que exista un Dios justiciero que nos pida, o nos exija, haber sido perfectos, exitosos, todos igual de genios o de artistas.
Debe ser una cuestión más íntima, que carezca de sentido para otros pero que nos satisfaga a nosotros. Sin estereotipos impuestos o lo que otros esperaban de nosotros mismos.
Claro que, para un consagrado catedrático de la lengua, un catedrático de economía y un hombre afamado por sus libros, es fácil decir lo que acabo de escuchar...
He seguido escuchando, realmente había convencimiento y serenidad en sus palabras.
Confieso que he vivido, nos decía Pablo Neruda. A lo que J. L. Sampedro añadía en su entrevista que se inclinaba a pensar que su vida era como un río que desembocará en el mar. Un día, decía tranquilamente, sin darme cuenta, me sentiré salado, mezclado, parte de un todo que antes intuía y donde ahora navego, porque habré dejado de ser río y estaré en el mar, y seguiré siendo yo...
También me he sentido obligada a parar el vídeo, era otra vez, demasiado para mi.
-¿He sido yo?, se pregunta mi alma, casi siempre atormentada, casi siempre atareada, casi siempre desperdiciada en otros quehaceres que no incluyen lo que sé hacer mejor.
He rebuscado en cajones perdidos en el fondo del armario, buscando algo de valor colgado de sus perchas, alguna joya heredada o un abrigo descolorido y polvoriento pero lleno hasta los bordes en sus bolsillos de algo que merezca la pena guardar.
He encontrado, sin embargo, muchas carpetas y cuadernos de cuadritos llenos de letras escritas con pluma, una caja de folletos de países lejanos, cerros de libros empolvados y un cajón de cartas de amor.
Porque, confieso, Señor Neruda, que como usted, he escrito, que he perdido más de media vida en escribir. He pasado miles de horas pensando en lo que siento, en lo que pienso y ordenando mis ideas con los dedos de mis manos apoyados sobre el ordenador.
-Te has dejado la otra media, querida, aprendiendo a saber de ti misma. Elaborando tu pensamiento, un pensamiento libre, sincero, alejado de lo impuesto, políticamente incorrecto, ateo o proclive a la herejía en un contexto más general.
-Y cuando ese pensamiento estaba completo,le he aclarado yo misma, me he empeñado en enseñar a la gente de mi alrededor a pensar por sí misma.
He dado muchas clases, he impartido mucho conocimiento. He sido sincera y entregada a mi profesión y a mi quehacer, eso es verdad. No me ha importado ser una kamicace de la enseñanza y me he lanzado por derroteros que no siempre me han llevado al éxito más rotundo, sino más bien a los límites de la sinrazón.
Pero, he visto esa mirada en muchos ojos. He visto esa llama prendida en las pupilas de quien pretende entender. He asentido con la cabeza a muchas sonrisas de quienes lanzaron al viento sus "gracias" sin hablar.
Por ellos, por salir al mundo sin disfraces, sin razonamientos concretos o ideologías que se abscriben a partidos o a religiones concretas. Por ir desnuda, reconociendo que no sabes nada y de lo que hablas, seguramente no será verdad, me ha merecido la pena perder mi tiempo, desperdiciar mi talento, dejar a un lado aquello que no quería hacer pero daba más dinero.
Quizá también por eso, tenga yo una hipoteca en lugar de una casa, o una ristra de deudas en lugar de una cuenta con muchos ceros en ING...
No todo lo hice tan bien, sin embargo, por eso y por tantos momentos que atesoro en el albúm de mis recuerdos. Por salir al mundo más allá de sus fronteras razonables y sin dinero en el bolsillo. Por lanzarme por caminos que ignoraba llevaran mucho más lejos de lo que yo alcanzaba a imaginar. Por todo ello, siento que he vivido.
Y he visto a un hombre mirarme desde lejos, mientras segaba su huerto y yo pasaba a toda velocidad en un Jeep, camino del desierto, para encontrarme con esas escaleras al cielo que siempre supe que tenía que ver por mí misma.
He hablado hasta las tantas con una mujer que prometida desde la más tierna infancia, había salido de su mundo de hombres y decisiones pactadas, llegándose hasta el mio, para sentarse en el mismo sillón que yo y contarme sus maravillas. He sabido que hay niñas que viviendo en una casa subterránea de paredes blancas y que duermen en el suelo, también sueñan con ser princesas Disney.
He visto un amanecer en el Desierto, sobre las aguas tranquilas de un mar desde la cubierta de un barco o el anochecer de los colosos de piedra en Abú Simbel. Me he bañado en muchos mares, he cruzado el horizonte de la vieja Europa en un pájaro de acero, más allá de la realidad.
He alquilado un piso en Londres y convivido con personas de otras culturas o nacionalidades. He salido de mi misma, de mi barrio, de mi país y de mi entorno y en lugar de perderme, me he encontrado a mi misma.
Sí, parece que así a grandes rasgos, algo he vivido...
Sin embargo, reconozco, escuchando los lloros de mi hijo arriba, mientras escribo como si se me escapara la vida por las rendijas, todo lo vivido, todo lo aprendido. Todo eso que leí y que me convirtió en heroína enamorada, en exploradora, en detective, en artista, en magnate o simplemente en escritora, no tiene comparación con el papel que desempeño ahora, que no es otro que el de madre.
Ningún paisaje en lontananza, ninguna torre inclinada o pirámide semienterrada tiene comparación con la imagen de mi hijo corriendo hacia mí cuando viene del colegio con su carpeta rota llena de dibujos. Nada de lo que creí sentir a través de mis personajes de cuento, es comparable a lo que siento al mirar a través de los barrotes, la sonrisa de la carita dormida y confiada de Danito. Ningún amor que inventé en mis libros, tiene comparación con esa emoción vivida cada vez que veo a mi marido abrir la puerta de la cancela y dejar caer su cuerpo cansado sobre el sillón.
Nada tiene sentido sin alguien, que antes de acostarse, te mira a los ojos y te pide que le dejes ver el mismo paisaje. El mismo que sabe que lo que pasa por tu mente, es lo que más le gustaría llegar a tener, y que por mucho dinero que atesore en sus bolsillos, no podrá tenerlo jamás.
Paradójica mente, así terminaba la entrevista mi Gnomo favorito. "Y después de todo lo aprendido, nada tiene sentido sino el amor".
Yo le doy la razón, no hay nada sobre la faz de la tierra tan valioso como un beso, ni tan eterno como ese amor que te inflama el alma y que llena tus aguas de esperanza, cariño y sobre todo amor a la vida.
Y cuando desemboquemos en el mar, querido Maestro, seremos seres amorosos, seremos parte del todo, seremos, simplemente, lo que hemos sido siempre: amor.
jueves, 3 de mayo de 2012
Un parpadeo en el tiempo
Un parpadeo en el tiempo, doce hojas en el calendario, una agenda completa y otra a medio llenar, una caja de ropita demasiado pequeña, una cunita plegable, junto con un trasto de cochecito que ya no sirve, en el fondo del garaje y una carpeta con fotos que se llama Daniel en el ordenador.
Una sonrisa con seis dientes, unos calcetines de rayas de colores que se deslizan por el suelo del salón a toda velocidad. Unos ojitos sorprendidos mirando por los ventanales del salón, el viento que no cesa de mover el árbol de la puerta. Esos balbuceos que todo lo llenan, cuando el silencio parece romperse, para tratar de traducir en palabras, los grititos que salen desde los barrotes de una cuna de madera.
Un parpadeo en el tiempo y sin embargo, hace un año ya.
No recordamos ya las tardes sin Danito corriendo por casa, ni los deberes sin unas manitas que quieren coger el lápiz de su hermano. No recordamos la mesa sin la trona en una esquina, ni el cuarto de los niños sin el cambiador, la ropita diminuta en el armario o las mañanas sin que una vocecilla nos despierte a todos porque ya es de día.
No recordamos cómo éramos antes sin ese diminuto personaje que llena ahora nuestras vidas.
Miguel no sabe ni se acuerda de cuando no tenía hermano y volvía a casa y no había nadie esperándole. Papá no puede prescindir de las noches sin los bracitos de Daniel alrededor de su cuello, buscando con su cabeza un hueco para quedarse dormido.
Yo, apenas puedo pensar o imaginar cómo era yo misma sin este bebé maravilloso llenando mis días, acompañando mis sueños por la noche o dando un sentido a la palabra felicidad cada vez que lo miro a la cara y descubro en sus rasgos, en sus movimientos o en su ir aprendiendo de la vida, un trocito de cada uno de nosotros, reflejado en el espejo de su alma pequeña, perfecta, sencilla y fuerte.
No lo recuerdo y sin embargo ha pasado un parpadeo en el tiempo...
Es curioso cómo cambia todo y olvidamos lo que pasó antes, añadiendo a nuestra rutina, a nuestra vida y a nuestro ir andando por este camino que hemos ido planeando y ha salido como menos nos imaginábamos, las nuevas premisas que nos ofrece la realidad.
Gracias a que las cosas siempre pueden cambiar y siempre nos enseñan algo de la vida.
Suerte, además, que esos cambios, no siempre son a peor y que cuando son buenos, nos ofrecen nuevos horizontes
hacia la felicidad...
lunes, 5 de marzo de 2012
El tiempo dilatado. Crónica de un acompañante...
Hoy no voy a hacer una entrada ni graciosa, ni ocurrente, ni siquiera bonita.
He vivido una de esas experiencias que se cuenta mil veces a los familiares o amigos, pero jamás entrando en detalles. Quizá porque todos hemos estado alguna vez acompañando a un familiar enfermo o hemos sido nosotros mismos enfermos.
En esos casos, no hacen falta explicaciones o detalles, pues todos sabemos lo que es y no necesitamos que nadie nos lo recuerde. Sin embargo, como la vida ha vuelto a su curso y en nuestras cabezas hemos decidido seguir adelante y no recordar, yo he pensado que igual no es tan mala idea reflexionar o hacer lo que todo escritor pretende, reproducir lo irreproducible...
Ramón, en los huesos y con el pijama medio abierto, se levantaba a trompicones para ir de nuevo al baño. Su hijo, Ventura, con cara sonriente y con ojeras, le agarraba del brazo, donde tenía puesta la vía y le ayudaba a empujar el suero de más de tres litros que colgaba del pie de tres patas.
Con el rostro cansado, sobre todo Ramón, nos saludaron al entrar en la habitación.
-¡Hombre, otro compañero!, le dijo Ventura a su padre.¡ No te quejarás, que así tienes compañía. Aquí cuando se va uno, enseguida te ponen otro amigo para que no te aburras!.
Saludamos secamente, atentos a la celadora de pelo rojo, que aparcaba la silla de ruedas al pie de la cama.
-Salga usted un momento, por favor, que le vemos en el escaner y luego vemos cómo actuar al respecto, me dijo un médico con traje verde y un bote de gel en la mano.
Salí al pasillo casi a trompicones, pues los demás estaban también invitados a salir. Me fui, dejando a mi marido encaramándose a la cama y a Ramón saliendo del baño.
Entré entonces en el universo del pasillo, donde los familiares, las enfermeras y los carritos con la cena, circulaban en todas direcciones sin interferir unos con otros.
Me aparté, nerviosa, pues aún no dominaba yo el tráfico o las reglas del juego.
Una enfermera, con cara de pocos amigos y mirando al techo, juraba en arameo porque Julián habia querido levantarse otra vez.
-¡Como no se esté quieto, le traigo las correas, así que usted verá!, le decía gritando a su mujer, que casi con lágrimas en los ojos, imploraba a la enfermera cruel que no volviera a atar a su marido a la cama, que luego tenía todos los brazos llenos de llagas y gritaba aún más.
La nieta de Ramón, se sintió en la necesidad de aclararme quién era Julián y por qué gritaba día sí, día también, para que lo sacaran de aquél infierno.
-Y tu marido, qué le ocurre. ¿Lo sabe ya? - me preguntó después, bajando la voz, como si el diagnóstico de mi marido fuera alto secreto.
En sus palabras pude adivinar que casi todos los diagnósticos, los de verdad, eran alto secreto entre aquellas paredes. Que la mayoría de los enfermos ignoraban total o parcialmente el diagnóstico de su enfermedad y que gracias a eso seguían las instrucciones que las enfermeras y los médicos les daban día y noche...
...excepto casos como el de Julián, que de pueblo, con muchos años y la cabeza casi perdida, tenía la lucidez suficiente, como para pedir a gritos que lo sacaran de ahí y le dejaran morir en su propia cama.
-Sí, sí, lo sabe. Como para no saberlo. Ha sufrido un cólico nefrítico, dije simplemente, antes de que un señor de gafas me empujara porque iba de espaldas, camino de la puerta.
Después de disculparse, se presentó, y en animada charla, la nieta de Ramón y él estuvieron bromeando durante un buen rato.
Bromas a mi entender de lo más macabras y de mal gusto, aunque supuse, con acierto, que aquella era la manera de liberar un poco tensiones, en un ambiente de hipocresía, de falsedad y sobre todo de mucho dolor.
En un segundo, me convencí de que, lo que pasaba en los pasillos y dentro de las habitaciones, constituía un universo paralelo en el que cada cual cumplía su papel.
Más allá del marco de la puerta, de las palabras de aliento, las obviedades, las sonrisas y quitar importancia a la enfermedad o al estado de tu propio pariente, las personas se adentraban en un río donde desnudaban su alma a los demás.
La tensión, el miedo, el cansancio y hasta el aburrimiento salían a borbotones por sus bocas, sin hacer distinción a conocidos o desconocidos, dando rienda suelta a una verdad tan dolorosa como insoportable. Temida y añorada a la vez, por el cansancio acumulado, las noches sin dormir, el tiempo dilatado en mil segundos que no parecía pasar por las dichosas manecillas de un reloj, que en lo alto del punto donde se reunían las enfermeras, parecía oxidado, perezoso, incapaz de moverse o hacer ruido, en un contexto donde el tiempo, hacía confundir todo momento vivido.
Confundir todo tiempo vivido, pensé mientras me contaban a dos bandas las enfermedades de su abuelo y su padre mis dos interlocutores, incapaces de escuchar al otro o de preguntar, aunque solo fuera por cortesía, de dónde había salido yo. Incapaces de saber ellos mismos, si deseaban algo más que salir de allí y dar por terminado un infierno que desde luego se saldaría con la muerte de sus familiares, al otro lado de la puerta, en el otro universo paralelo.
Me sentí identificada con su sentir en lo más íntimo. Me acordé de otro hospital parecido en otro tiempo, cuando yo era otro yo. Recordé el olor a medicamento, las caras de las enfermeras, la desesperanza de aquellos que ignoran lo que de verdad les está pasando en sus adentros. Recordé el tiempo dilatado, las horas que no pasan, el dolor que no cesa, el malestar que hace confundir los sentimientos de aquellos que acompañan al enfermo y culpan a la maldita enfermedad de todos sus males, de ese tiempo perdido y obligado, que nos empuja a reflexionar sobre nosotros mismos y el tiempo que nos queda.
El tiempo que nos queda para quedar ingresados, para ocupar una cama del universo paralelo de los médicos, de las mentiras, de los acompañantes que te animan a seguir o te regañan por quejarte tanto...
...¿cuánto tiempo me queda?, piensas mirando el reloj oxidado en el pasillo de los acompañantes.
El ambiente deprimente, la angustia y el miedo a que tu marido tenga algo más grave que un simple cólico nefrítico que se ha complicado y quieren saber cuánto, no te deja ver que ha habido un alta esta noche al final del pasillo.
-Es raro, pues el alta la suelen dar por las mañanas, cuando pasan los médicos, me dice el señor de gafas que me ha contado la vida y milagros de su padre y que sigue bromeando con la nieta de Ramón.
Igual es alguien que no está tan grave y que le dan la condicional, pienso, convencida de que salir de esa habitación es casi tan importante como salir de la cárcel y tener una oportunidad para hacer las cosas un poco mejor, en el tiempo que te queda.
Sigo pensando en el tiempo que te queda. Demasiado poco si recuerdas que ayer fue el día en que mi hijo de seis años vino al mundo. Y demasiado, sin embargo, si lo mides por el reloj del pasillo del hospital, en el que parece que no pasan las horas por la noche, cuando en el sillón de acompañante o en la mismísima cama de enfermo, no parece llegar nunca el alba. No llega la hora de la pastilla para el dolor o la dichosa enfermera que ha dicho que vendría luego con otro calmante y no viene. No llega nunca la hora de las visitas, ni el médico que pasa todos los días pero tarda una eternidad en decirnos algo, el resultado de las pruebas, el diagnóstico o cuándo nos da el alta.
Al menos en el Hospital el tiempo se dilata, no pasa, parece detenido, saco de conclusión positiva a mi espera eterna al otro lado de la puerta, de un diagnóstico que nos ofrezca otra oportunidad.
El doctor sale con evasivas y nos deja como estamos. Mañana harán más pruebas y si todo va bien no hay por qué preocuparse.
Me pregunto todavía con una sonrisa colgada de mi rostro descompuesto, qué será si las pruebas no salen bien.
Tiempo dilatado, como en el cadalso, concluyo convencida de lo que sentirá un condenado a muerte que por fín ha descubierto la manera de detener el tiempo y no sabe muy bien si ha sido buena idea.
Quizá entre estas paredes encontremos la fórmula de la inmortalidad, o al menos la sensación de que nada es tan eterno como la espera, como la enfermedad y el miedo que nos atenaza en la nada, en ese espacio transparente e incomódo que es el espejo donde nos miramos, adivinando con certeza absoluta,que somos nosotros mismos y que lo que ocurra, no siempre depende de lo que deseemos, busquemos o nos merezcamos...
...y que pase lo que pase, no habrá a quien reclamar.
He vivido una de esas experiencias que se cuenta mil veces a los familiares o amigos, pero jamás entrando en detalles. Quizá porque todos hemos estado alguna vez acompañando a un familiar enfermo o hemos sido nosotros mismos enfermos.
En esos casos, no hacen falta explicaciones o detalles, pues todos sabemos lo que es y no necesitamos que nadie nos lo recuerde. Sin embargo, como la vida ha vuelto a su curso y en nuestras cabezas hemos decidido seguir adelante y no recordar, yo he pensado que igual no es tan mala idea reflexionar o hacer lo que todo escritor pretende, reproducir lo irreproducible...
Ramón, en los huesos y con el pijama medio abierto, se levantaba a trompicones para ir de nuevo al baño. Su hijo, Ventura, con cara sonriente y con ojeras, le agarraba del brazo, donde tenía puesta la vía y le ayudaba a empujar el suero de más de tres litros que colgaba del pie de tres patas.
Con el rostro cansado, sobre todo Ramón, nos saludaron al entrar en la habitación.
-¡Hombre, otro compañero!, le dijo Ventura a su padre.¡ No te quejarás, que así tienes compañía. Aquí cuando se va uno, enseguida te ponen otro amigo para que no te aburras!.
Saludamos secamente, atentos a la celadora de pelo rojo, que aparcaba la silla de ruedas al pie de la cama.
-Salga usted un momento, por favor, que le vemos en el escaner y luego vemos cómo actuar al respecto, me dijo un médico con traje verde y un bote de gel en la mano.
Salí al pasillo casi a trompicones, pues los demás estaban también invitados a salir. Me fui, dejando a mi marido encaramándose a la cama y a Ramón saliendo del baño.
Entré entonces en el universo del pasillo, donde los familiares, las enfermeras y los carritos con la cena, circulaban en todas direcciones sin interferir unos con otros.
Me aparté, nerviosa, pues aún no dominaba yo el tráfico o las reglas del juego.
Una enfermera, con cara de pocos amigos y mirando al techo, juraba en arameo porque Julián habia querido levantarse otra vez.
-¡Como no se esté quieto, le traigo las correas, así que usted verá!, le decía gritando a su mujer, que casi con lágrimas en los ojos, imploraba a la enfermera cruel que no volviera a atar a su marido a la cama, que luego tenía todos los brazos llenos de llagas y gritaba aún más.
La nieta de Ramón, se sintió en la necesidad de aclararme quién era Julián y por qué gritaba día sí, día también, para que lo sacaran de aquél infierno.
-Y tu marido, qué le ocurre. ¿Lo sabe ya? - me preguntó después, bajando la voz, como si el diagnóstico de mi marido fuera alto secreto.
En sus palabras pude adivinar que casi todos los diagnósticos, los de verdad, eran alto secreto entre aquellas paredes. Que la mayoría de los enfermos ignoraban total o parcialmente el diagnóstico de su enfermedad y que gracias a eso seguían las instrucciones que las enfermeras y los médicos les daban día y noche...
...excepto casos como el de Julián, que de pueblo, con muchos años y la cabeza casi perdida, tenía la lucidez suficiente, como para pedir a gritos que lo sacaran de ahí y le dejaran morir en su propia cama.
-Sí, sí, lo sabe. Como para no saberlo. Ha sufrido un cólico nefrítico, dije simplemente, antes de que un señor de gafas me empujara porque iba de espaldas, camino de la puerta.
Después de disculparse, se presentó, y en animada charla, la nieta de Ramón y él estuvieron bromeando durante un buen rato.
Bromas a mi entender de lo más macabras y de mal gusto, aunque supuse, con acierto, que aquella era la manera de liberar un poco tensiones, en un ambiente de hipocresía, de falsedad y sobre todo de mucho dolor.
En un segundo, me convencí de que, lo que pasaba en los pasillos y dentro de las habitaciones, constituía un universo paralelo en el que cada cual cumplía su papel.
Más allá del marco de la puerta, de las palabras de aliento, las obviedades, las sonrisas y quitar importancia a la enfermedad o al estado de tu propio pariente, las personas se adentraban en un río donde desnudaban su alma a los demás.
La tensión, el miedo, el cansancio y hasta el aburrimiento salían a borbotones por sus bocas, sin hacer distinción a conocidos o desconocidos, dando rienda suelta a una verdad tan dolorosa como insoportable. Temida y añorada a la vez, por el cansancio acumulado, las noches sin dormir, el tiempo dilatado en mil segundos que no parecía pasar por las dichosas manecillas de un reloj, que en lo alto del punto donde se reunían las enfermeras, parecía oxidado, perezoso, incapaz de moverse o hacer ruido, en un contexto donde el tiempo, hacía confundir todo momento vivido.
Confundir todo tiempo vivido, pensé mientras me contaban a dos bandas las enfermedades de su abuelo y su padre mis dos interlocutores, incapaces de escuchar al otro o de preguntar, aunque solo fuera por cortesía, de dónde había salido yo. Incapaces de saber ellos mismos, si deseaban algo más que salir de allí y dar por terminado un infierno que desde luego se saldaría con la muerte de sus familiares, al otro lado de la puerta, en el otro universo paralelo.
Me sentí identificada con su sentir en lo más íntimo. Me acordé de otro hospital parecido en otro tiempo, cuando yo era otro yo. Recordé el olor a medicamento, las caras de las enfermeras, la desesperanza de aquellos que ignoran lo que de verdad les está pasando en sus adentros. Recordé el tiempo dilatado, las horas que no pasan, el dolor que no cesa, el malestar que hace confundir los sentimientos de aquellos que acompañan al enfermo y culpan a la maldita enfermedad de todos sus males, de ese tiempo perdido y obligado, que nos empuja a reflexionar sobre nosotros mismos y el tiempo que nos queda.
El tiempo que nos queda para quedar ingresados, para ocupar una cama del universo paralelo de los médicos, de las mentiras, de los acompañantes que te animan a seguir o te regañan por quejarte tanto...
...¿cuánto tiempo me queda?, piensas mirando el reloj oxidado en el pasillo de los acompañantes.
El ambiente deprimente, la angustia y el miedo a que tu marido tenga algo más grave que un simple cólico nefrítico que se ha complicado y quieren saber cuánto, no te deja ver que ha habido un alta esta noche al final del pasillo.
-Es raro, pues el alta la suelen dar por las mañanas, cuando pasan los médicos, me dice el señor de gafas que me ha contado la vida y milagros de su padre y que sigue bromeando con la nieta de Ramón.
Igual es alguien que no está tan grave y que le dan la condicional, pienso, convencida de que salir de esa habitación es casi tan importante como salir de la cárcel y tener una oportunidad para hacer las cosas un poco mejor, en el tiempo que te queda.
Sigo pensando en el tiempo que te queda. Demasiado poco si recuerdas que ayer fue el día en que mi hijo de seis años vino al mundo. Y demasiado, sin embargo, si lo mides por el reloj del pasillo del hospital, en el que parece que no pasan las horas por la noche, cuando en el sillón de acompañante o en la mismísima cama de enfermo, no parece llegar nunca el alba. No llega la hora de la pastilla para el dolor o la dichosa enfermera que ha dicho que vendría luego con otro calmante y no viene. No llega nunca la hora de las visitas, ni el médico que pasa todos los días pero tarda una eternidad en decirnos algo, el resultado de las pruebas, el diagnóstico o cuándo nos da el alta.
Al menos en el Hospital el tiempo se dilata, no pasa, parece detenido, saco de conclusión positiva a mi espera eterna al otro lado de la puerta, de un diagnóstico que nos ofrezca otra oportunidad.
El doctor sale con evasivas y nos deja como estamos. Mañana harán más pruebas y si todo va bien no hay por qué preocuparse.
Me pregunto todavía con una sonrisa colgada de mi rostro descompuesto, qué será si las pruebas no salen bien.
Tiempo dilatado, como en el cadalso, concluyo convencida de lo que sentirá un condenado a muerte que por fín ha descubierto la manera de detener el tiempo y no sabe muy bien si ha sido buena idea.
Quizá entre estas paredes encontremos la fórmula de la inmortalidad, o al menos la sensación de que nada es tan eterno como la espera, como la enfermedad y el miedo que nos atenaza en la nada, en ese espacio transparente e incomódo que es el espejo donde nos miramos, adivinando con certeza absoluta,que somos nosotros mismos y que lo que ocurra, no siempre depende de lo que deseemos, busquemos o nos merezcamos...
...y que pase lo que pase, no habrá a quien reclamar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
HOLA A TODOS, CUARENTONES Y DEMÁS ANIMALES...
QUERIDOS CIBERNAUTAS.
CONFIESO QUE ME HE LANZADO SIEMPRE A LAS MÁS TREPIDANTES AVENTURAS. HOY EMPIEZO OTRA, QUE PARA MÍ ES DE LO MÁS INTERESANTE Y ARRIESGADA: ESCRIBIR MIS IMPRESIONES Y MI VIDA POR INTERNET.
¿YO?. YO, QUE SOY CARNE DE DIARIOS ESCRITOS A PLUMA Y RATÓN DE BIBLIOTECA. YO, QUE ANTES DE BUSCAR UN DATO EN EL GOOGLE, SOY CAPAZ DE REVOLVER LA CASA ENTERA PARA ENCONTRARLO EN MIS LIBROS...
SIN EMBARGO, AHORA QUE ESTOY YA EN EDAD DE MADURAR, AHORA QUE HAY QUE IR CON LOS TIEMPOS Y QUE PARECE INEVITABLE EL DECLIVE, BUSCO UNA MANERA DE ENTENDER LA REALIDAD, UNA ALTERNATIVA A DEJARSE LLEVAR POR LO INEVITABLE.
PUEDE PARECER FRÍVOLO O IRREVERENTE, PERO CON MIS CUARENTA AÑOS, ME GUSTARÍA PENSAR QUE AÚN PUEDO APRENDER ALGO DE LA AVENTURA DE VIVIR.
COMO OS DIGO, DISPUESTA A LOS CUARENTA Y A LOS QUE ME ECHEN...
CONFIESO QUE ME HE LANZADO SIEMPRE A LAS MÁS TREPIDANTES AVENTURAS. HOY EMPIEZO OTRA, QUE PARA MÍ ES DE LO MÁS INTERESANTE Y ARRIESGADA: ESCRIBIR MIS IMPRESIONES Y MI VIDA POR INTERNET.
¿YO?. YO, QUE SOY CARNE DE DIARIOS ESCRITOS A PLUMA Y RATÓN DE BIBLIOTECA. YO, QUE ANTES DE BUSCAR UN DATO EN EL GOOGLE, SOY CAPAZ DE REVOLVER LA CASA ENTERA PARA ENCONTRARLO EN MIS LIBROS...
SIN EMBARGO, AHORA QUE ESTOY YA EN EDAD DE MADURAR, AHORA QUE HAY QUE IR CON LOS TIEMPOS Y QUE PARECE INEVITABLE EL DECLIVE, BUSCO UNA MANERA DE ENTENDER LA REALIDAD, UNA ALTERNATIVA A DEJARSE LLEVAR POR LO INEVITABLE.
PUEDE PARECER FRÍVOLO O IRREVERENTE, PERO CON MIS CUARENTA AÑOS, ME GUSTARÍA PENSAR QUE AÚN PUEDO APRENDER ALGO DE LA AVENTURA DE VIVIR.
COMO OS DIGO, DISPUESTA A LOS CUARENTA Y A LOS QUE ME ECHEN...


